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Por una educación para la democracia |
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Una educación democrática requiere de una práctica diaria que involucre cinco pilares fundamentales en busca de un mismo objetivo: maestros, alumnos, padres de familia, autoridades y sociedad en general
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Ignacio Hurtado Gómez |
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El 16 de junio de 1946, el general francés Charles de Gaulle, en su discurso en Bayeaux (Normandía), recordaba: «(...) los griegos en los tiempos antiguos solían pregun-
tar al sabio Solón: ¿Cuál es la mejor constitución?, a lo que él solía contestar: Decidme primero para qué pueblo y para qué época».
En una plática sostenida hace tiempo, comentábamos y reconocíamos con un amigo que tal pareciera que los cambios democráticos en México no han logrado traspasar ciertos rasgos autoritarios en ciertos niveles de nuestra vida social y política. En una segunda conversación con otro amigo, él destacaba que dichos cambios iban de la mano de una revolución social, callada y lenta, en ocasiones imperceptible, pero incuestionable y fundamental para los nuevos tiempos que respiramos. En ambos casos, coincidíamos sobre la importancia de la educación como un factor fundamental para la consolidación de nuestras nuevas prácticas democráticas.
Ciertamente no podemos negar la trascendencia de los avances democráticos que hemos vivido particularmente en el ámbito político, y en los que varios reconocen el fin de la transición mexicana -afirmación a la cual me resisto-, sin embargo, también lo es que subsiste una cuestión de toral importancia y para lo cual deberíamos preguntarnos si como sociedad ¿estamos educados para la nueva democracia mexicana?
Hay que recordar que en la antigüedad, filósofos como Sócrates y Platón se mostraban hasta cierto punto en contra del régimen democrático construido en la polis ateniense. La razón fundamental radicaba en el hecho de que, para ellos, el pueblo no era lo suficientemente virtuoso y sabio como para dejar en sus manos la toma de decisiones fundamentales, por lo que un pueblo voluble, apasionado, manejable e irreflexivo era un peligro para la democracia, pues ciertamente la mayoría no siempre tiene la razón; igualmente sostenían que el patrón axiológico de los ciudadanos era obtenido a través de la educación y el conocimiento, y por ello propugnan por una educación a cargo del Estado con una fuerte carga moral.
En este contexto, sin lugar a dudas podemos sostener que la educación y la democracia más allá de dos conceptos, son dos formas de vida que necesariamente se implican una de la otra, pero que en nuestro entorno socio-político y cultural muy difícilmente han logrado caminar juntos, y es que tal pareciera que mientras la democracia pausadamente se va abriendo camino en los últimos tiempos, la educación continúa aletargada, ratificando con el paso del tiempo y con la preservación de sus paradigmas convencionales aquella tesis de que ésta por sí misma constituye también un medio de control social por excelencia, y así lo entendía Benito Juárez y José Martí: «Un pueblo sin educación es más fácilmente manejable».
Un esquema de educación tradicional, vertical y autoritario, en donde no son motivadas capacidades cívicas como la participación, la reflexión y la crítica como condiciones necesarias para el conocimiento y para propiciar una posible reorganización de la vida social partiendo de nuevas posiciones, era sin duda, el más favorable para regímenes igualmente autoritarios y verticales fundados en la homogeneidad ideológica como los que en ciertos momentos históricos llegamos a vivir; sin embargo, esos esquemas deben declinar ante los cambios democráticos, y no existe razón válida que nos obligue a mantener paradigmas educativos en los que la pasividad y las conductas acríticas e irreflexivas sean la constante.
Ciertamente, no nos atrevemos a sostener que estas prácticas sean una realidad en todos los ámbitos educativos formales e informales, pero tampoco se puede rechazar que aún existen enormes rezagos en la materia. Creer que los cambios de conciencia social hacia nuevos tiempos democráticos se obtienen a través de reformas educativas por decreto, es permanecer en el error.
Una educación democrática requiere de una práctica diaria que involucre cinco pilares fundamentales en busca de un mismo objetivo: maestros, alumnos, padres de familia, autoridades y sociedad en general; elementos dispares que aún no logran coincidir en un territorio común que nos permita hablar plenamente de una educación para la democracia.
Y es que, al discutir de educación, no podemos limitarnos solamente a aquella que se obtiene en los espacios escolarizados, sino también de la que trasciende las aulas y se gesta igualmente en la misma familia, en los grupos sociales y en los ámbitos laborales y profesionales. Una educación que por sí misma, sus contenidos y procedimientos venga a trastocar violentamente la tesis del control social, y en su caso, sostenga vehemente la idea de constituirse como una herramienta fundamental para la gestación del cambio social.
Se trata pues, de una democracia y una educación que nos susciten convicciones sociales; que nos motiven actitudes participativas, críticas y reflexivas; que nos despierten y cultiven la libertad de conciencia y el sentido de pertenencia frente a la vida social y política del entorno que nos es propio.
El escenario social en lo general no es difícil de describir, una sociedad educada principalmente a través de los medios de comunicación y lastimada hasta el cansancio con los escándalos políticos; una sociedad donde el acceso a la educación sigue siendo un derecho de buena voluntad para miles de ciudadanos; una sociedad donde las cuestiones educativas formales permanecen secuestradas por los intereses sindicales, entre tantos otros aspectos, sin duda conllevan a la desafección hacia lo político y lo social.
Bien lo dice el pensador alemán Herman Heller: «La constante de los problemas políticos es la naturaleza humana», preocupémonos pues por educar esa naturaleza y pensemos en una educación para la democracia, y así con el sabio Solón, estemos en condiciones de hablar de una educación acorde a las nuevas condiciones democráticas del pueblo mexicano y que sea el valuarte social para la formación de los ciudadanos de nuestro presente y para el futuro.
ihurtadomx@hotmail.com.
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