Sábado 31 Julio de 2010
 
MORELIA
La década perdida
Siendo presidente de la República, Salinas destituyó a 17 gobernadores, sembró armas y un cadáver en el domicilio del líder petrolero Joaquín Hernández Galicia, e instrumentó un gran fraude electoral en Michoacán
Arturo Herrera Cornejo
Jueves 15 de Mayo de 2008 • Enviar nota    • Imprimir
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Carlos Salinas de Gortari volvió a desatar tempestades con la aparición de su libro La década perdida. 1995-2006. Neoliberalismo y populismo en México. Su

nueva obra lleva como mensaje central que él no tiene responsabilidad en lo que le ocurrió al país a partir de 1995; México se estancó y en muchos aspectos retrocedió. Si hubo devaluación y crisis, éstas fueron -según Salinas- producto de la impericia de quien lo sucedió, Ernesto Zedillo Ponce de León, a cuyo régimen señala como el primer gobierno neoliberal.

Para Salinas lo ocurrido a fines de 1994 con el llamado «error de diciembre», era sólo un problema pero se convirtió en la peor crisis que ha padecido el país desde la Revolución de 1910. Reprocha a Zedillo que se haya negado a ratificar temporalmente al «talentoso secretario de Hacienda saliente» (Pedro Aspe), de dar de baja a la mayor parte del equipo financiero del gobierno, de duplicar la emisión de tesobonos al sacar al mercado quince mil millones de dólares de esos instrumentos en sus primeros 30 días de gobierno y de haber dado información privilegiada a un reducido grupo de empresarios sobre la inminente devaluación, lo que derivó en el saqueo de las reservas del Banco de México.

Salinas hace duros cargos contra Zedillo, lo acusa de haber cedido soberanía al asumir compromisos con el gobierno de Estados Unidos a cambio de paliar la crisis que torpemente desató, lo que elevó las tasas de interés de manera inusitada y llevó a la quiebra a miles de familias y negocios a principios de 1996. Error tras error, el gobierno asumió los pasivos de los bancos que también habían quebrado al no poder cumplir con sus pagos los deudores. Señala que el gobierno zedillista cometió en 1998 otras dos acciones que resultaron perjudiciales para el país: convertir en deuda pública los pasivos del Fobaproa, con lo que duplicó la deuda nacional; y entregar los bancos a extranjeros, con lo que México perdió el control de su sistema de pagos y canceló la capacidad para tomar decisiones soberanas a favor del desarrollo nacional.

El ex presidente sugiere que en el tránsito político del último gobierno priísta, el de Zedillo, al primer gobierno panista, el de Fox, hubo un pacto para no hacer olas y ocultar los graves problemas de la economía nacional: una deuda pública más que duplicada; un sistema de pensiones colapsado; la principal fuente de recursos del gobierno federal, Petróleos Mexicanos, quebrada y con las reservas probadas del hidrocarburo a punto de agotarse. Enfatiza que México volvió al estancamiento económico que azotó a la economía y que enmarcó a la década perdida del neoliberalismo. Se cumplió un diseño político cuyo resultado fue mantener estancado a México.

A Vicente Fox lo acusa de ser responsable del deterioro de la imagen de México, de haber mantenido una política exterior desastrosa; de haber votado en la ONU a favor de la ocupación militar de Iraq; de haber multiplicado el número de pobres; de una actuación débil que permitió que los índices de inseguridad pública se elevaran.

En el libro también se ocupa de defender a su familia; según el ex presidente, su hermano Raúl Salinas fue víctima, se vengaron con él; la fortuna depositada en Suiza es resultado de un fondo de inversión. Que el gobierno de aquel país haya relacionado ese dinero con el narcotráfico fue producto de las ansias de figurar políticamente de Del Ponte y Roschacher. El asesinato de su hermano Enrique obedeció a una extorsión. La conversación entre Adriana y Raúl sobre la partida secreta de la presidencia no existe.

Hay en La década perdida un odio profundo hacia Andrés Manuel López Obrador. Para Salinas, no hubo sino obras suntuarias en el Distrito Federal; el transporte público fue abandonado; pinta un metro en el que los pasajeros tienen que cerrar las puertas de los desvencijados vagones con las manos; el metrobús destruyó una reserva ecológica, ¡en la Avenida Insurgentes!

Así, Salinas pinta a López Obrador, a quien se refiere constantemente como el «jefe máximo de gobierno» como un peligro para México y émulo de Benito Mussolini.

Se contradice, por un lado expresa que López Obrador perdió la elección presidencial por sus propios errores, pero en otra parte de su libro señala que el Programa Oportunidades y el Seguro Popular fueron manejados electoralmente a favor del candidato del PAN, controlando las credenciales electorales. Expresa en la página 51 de su libro, que poco antes del proceso electoral el latinobarómetro midió que únicamente el 22 por ciento de los mexicanos consideraban que las elecciones eran limpias y 55 por ciento afirmaba que sabía de intentos de soborno por el voto. Sin embargo, una vez pasadas las elecciones, señala en la página 407, el 74 por ciento de la población aprobó la decisión del Tribunal Electoral que validó el triunfo de Calderón.

Siendo presidente de la República, Salinas destituyó a 17 gobernadores, sembró armas y un cadáver en el domicilio del líder petrolero Joaquín Hernández Galicia, e instrumentó un gran fraude electoral en Michoacán que impidió que Cristóbal Arias fuera el primer gobernador de izquierda en el país.

Salinas se queja amargamente en la parte final de su libro del trato que recibió, de acabar como «chivo expiatorio», de ser el sacrificado y el objeto de todos los odios. Cosas de la vida, alguna vez le dijo a José Ramón López Portillo, ya siendo secretario de Programación y Presupuesto del gobierno de Miguel de la Madrid; «Estimamos mucho a tu padre, pero para estabilizar al país vamos a tener que fregarlo». Y José López Portillo fue denostado como luego lo fue Salinas de Gortari.





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