Miércoles 26 Noviembre de 2014
 
Altares de Dolores
Cambio de Michoacán
Domingo 16 de Marzo de 2008 • Enviar nota    • Imprimir

«El gran dolor de la Virgen

es rueda muy caminada;

es un rito muy antiguo

que se repite en el alma».

Romance del Viernes de Dolores,

Jalisco



Dentro de las festividades Marianas celebradas por la Iglesia en México, arraigó de manera especial la dedicada a la Virgen María en su advocación como

Nuestra Señora de los Dolores, que se celebra cada año en el sexto viernes de Cuaresma, mediante el montaje de altares que tienen como objetivo «distraer el dolor de la Virgen, por saber la temprana muerte de su hijo».

Todos los objetos que aparecen en el altar representan elementos de la naturaleza que se conjugan para tratar de aminorar el sufrimiento de María ante la irremediable pérdida del amado hijo: aguas de colores, que son las lágrimas por ella vertidas; frutas, flores y semillas germinadas, productos de la madre tierra, y que representan, éstas últimas, el nacimiento de una nueva vida después de la muerte; banderillas doradas colocadas sobre naranjas, corredizos y cortinas de papel picado que revolotean al soplo del viento; velas y veladoras que mantienen vivo el fuego de la esperanza.

En el centro del altar, la presencia de la Virgen María, madre de Jesús, simboliza la fuerza creadora de la naturaleza, que se encarga de fecundar las semillas de nuestros actos cotidianos, en un ciclo continuo y perpetuo. Y tradicionalmente, se consideran siete los dolores que padeció la madre de Jesús, simbolizados en las siete espadas que atraviesan su corazón.

«El Altar de Dolores es un cargamento de aromas, de colores y sabores ácidos de entusiasmo, animación, espiritualidad y fe. Todo lo que hay en el altar se hace porción del dolor de la Virgen y el dolor se mira, se respira, se siente, se encarna, se materializa, se debe, se come. El papel picado es pared morada de dolor que ha crecido, es muro de palomas en cruz con ausencia de nido, es el alma de la Virgen desgarrada por la tragedia que se ensaña. Un Altar de Dolores es vino hecho a base de muchas embriagueces, o es, como la gente dice desde hace tiempo: «incendio», incendio en el corazón de una granada, toda oración y fiesta. El Altar de Dolores es un poema sin palabras, fabricado tan sólo de carne palpitante de las metáforas, hecho con versos de flores aromadas, rimado con toronjas y naranjas y acentuado con el canto lastimero de palomas habaneras…», describe el maestro Ramón Mata Torres en sus reseñas de altares en Jalisco.

Tratar de consolar a la Virgen agasajándola, es característica de esta festividad. En muchos lugares de provincia, hasta hace pocos años, durante los Viernes de Dolores, cualquier visitante podía entrar libremente a las casas donde hubiera un altar, pues las puertas estaban siempre abiertas para quien quisiera admirar el montaje dedicado a la Dolorosa. Los anfitriones obsequiaban a conocidos y extraños con «lágrimas de la Virgen», que eran sabrosas aguas frescas de limón, de chía, de menta, de jamaica o de horchata. Y es que las lágrimas, que para algunos son amargas o saladas, no pueden ser desagradables tratándose de la madre de Cristo, tienen que ser dulces. Cuando las personas llegaban a algún altar y tomaban agua fresca, decían que «ya había llorado la Virgen».

Los orígenes de estos altares que son muestra del sincretismo religioso popular, se remontan al siglo XVI y se atribuye a los franciscanos su implementación en tierras americanas y posteriormente en las diferentes provincias. Las cofradías desempeñaron un papel importante en la difusión de esta devoción Mariana que llegó a ser muy popular durante la Colonia. Precisamente el Viernes de Dolores se iniciaban las conmemoraciones de Semana Santa.

Las familias acomodadas instalaban su altar luciendo sus mejores manteles, de lino o encaje; las personas humildes suplían los calados y las blondas con el famoso «papel picado» de china de colores azul, morado y blanco. Con los manteles, que fueran de papel o de tela, se recubrían las mesas o tablas escalonadas que servían de basamento para los adornos: esferas o bolas de cristal de colores, o bien esferas azogadas (de mercurio) de tonalidades moradas, doradas y plateadas; en las casas más modestas se colocaban, en lugar de las esferas, relucientes naranjas, que convertían el altar en una fiesta de gran colorido.

Pero había más: era necesario que la Virgen escuchara sonidos agradables, y el ingenio popular lo consiguió clavando en las naranjas pequeñas banderitas de «hojas de oro volador», de finísimo papel, que se pegaban a popotes de trigo. Luego, el altar se llenaba de luces: velas en ostentosos candelabros de plata o de bronce, o bien humildes veladoras en vasitos de vidrio de colores. El calor de las llamas hacía que el oro volador y el papel crujieran y se movieran produciendo destellos suaves y tenues murmullos semejantes al leve crepitar de la leña.

Los días de cuaresma que culminan con la crucifixión para los cristianos es el fin y al mismo tiempo el principio del ciclo de la vida, por ello, el símbolo de ese estado de ánimo lo constituyen las diferentes semillas que previamente se ponen a germinar en la oscuridad: chía, trigo, alpiste. Al brotar en lo oscuro, crecen amarillentas, casi transparentes y el significado de ello es el deseo de guardar en un espacio cerrado y pequeño (se siembran en cazuelitas, botes o pequeñas macetas) el alma, para mantenerla libre de toda contaminación. Al contacto con la luz, estos pálidos brotes van adquiriendo suaves tonalidades verdes.

La licenciada Helia García Pérez, entusiasta promotora de cultura oriunda de Guadalajara, Jalisco menciona en sus investigaciones que «desde el jueves, un día antes de esta fiesta de Dolores, pasaban los arrieros con sus cargas de ramas de pino para venderlas en el Mercado Alcalde, ya que dicho árbol servía para adornar los «incendios», mismos que recibían su nombre del derroche de luces que se hacía en los Altares de Dolores y que los hacía verse de lejos… Andaban los hombres a caballo; charros y no charros, por Venustiano Carranza, del Teatro Degollado al Jardín Botánico y se detenían en la casa de Toña, inquilina de don Boni Serra, porque allí se instalaba un altar con insignias vivas… En Mezquitán mucha gente hacía su altar y en algunas partes había chirimía. En Etzatlán, los «incendios» más visitados eran los del barrio de El Guayabito, famosos por sus aguas frescas; los de La Alegría, por la fantasía del arreglo y los de la Cajita de Agua, por la profusión de flores y exquisitos elotes que se vendían en la plazoleta».

En Pátzcuaro, yo recuerdo aún el altar que arreglaba con esmero don Jesús Ponce, allá por la calle de Ramos, enmarcado por malvones, geranios y azaleas que él mismo cultivaba. Tampoco olvido los dulces de azúcar con sabor a frutas con los que Lolita Barrera de Arriaga, nuestra vecina de la calle Ahumada, compartía sus onomásticos. Y las charlas con mi abuelita paterna, describiendo las visitas que se hacían a todas quienes llevaban el nombre de Dolores y que colocaban un pequeño altar en las salas de sus hogares y recibían a sus invitados con capirotada, aguas frescas o ponche.

Desde el año 1993, el Museo de Artes e Industrias Populares ha incorporado este montaje anual en sus instalaciones y con ello ha venido contribuyendo en la recuperación de esta tradición en el lugar. Les invitamos a visitarlo, la entrada es gratuita para todo público.

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