Viernes 1 Agosto de 2014
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MORELIA
Fray Jacobo, padre fundador de Michoacán
Al renunciar a los privilegios de la corona, Fray Jacobo también rechazó y condenó la intolerancia que promovieron los choques fratricidas entre luteranos, calvinistas, cristianos y católicos que depuraban con sangre sus fanatismos
Antonio Tenorio Adame
Martes 26 de Febrero de 2008 • Enviar nota    • Imprimir

En Tarecuato y Tzintzuntzan la permanencia de las cosas vivieron la actualidad con la visita de la reina de Dinamarca, Margrethe II; el presidente de México, Felipe Calderón, y el gobernador de Michoacán, Leonel Godoy.

La ceremonia oficial pretendió honrar a Fray Jacobo, proveniente de Dacia, al norte del Danubio, quien al emigrar en 1531 al nuevo mundo se convirtió en uno de los padres fundadores de Michoacán. Él dio igualdad a los indígenas como personas.

La ilustre visitante puso de relieve los orígenes de Fray Jacobo, distinguido miembro de la Casa Real danesa, resaltó sus sentimientos humanísticos y sus profundas convicciones de quien fuera su antecesor familiar.

La figura del fraile franciscano fue recordada sólo en uno de sus múltiples y variados perfiles de grandeza humana al tratar como hijos de Dios a los indios. Eduardo Ruiz dice en su crónica: «Era tal el cariño que el apóstol profesaba a los indios que, contra la opinión de otros de los misioneros de la orden, administró a los neófitos el pan de la Eucaristía, considerándolos dignos de ese precioso manjar de los cristianos».

Consecuentemente fue el primero en establecer el principio de igualdad entre indios y europeos. ¿La democracia encamina al cielo?

¿La reina debió pedir perdón?

Estos son tiempos de la memoria centenaria de la patria, donde para recuperar sus orígenes y avatares que la hacen presente, se requiere precisar hechos que le dieron sustancia. No es extraño entonces, preguntarse las causas que obligaron la llegada del fraile franciscano.

La reina no se atrevió a hablar de las causas que llevaron o contribuyeron a emigrar de Europa a América. Considero quizás recuperó su memoria en sentimientos encontrados que la hubieran llevado a pedir perdón ante la intolerancia y persecución religiosa que motivó a Fray Jacobo venir a esta tierras.

El miembro de la realeza de Dinamarca llegó a las latitudes del imperio purépecha en circunstancias del odio religioso que promovieron las consecuencias de las guerras de Reforma en Europa.

El cronista uruapense, Eduardo Ruiz, cuenta: «Lucho en vano contra las doctrinas protestantes de Lutero, pero su ortodoxia le atrajo las persecuciones de un poderoso obispo partidario de las nuevas ideas, lo que determinó a muestro fraile a pasar a la América, en donde conocer las mies estaba virgen y donde sería eficaz la propaganda católica. Llegó primero a España y con la autorización de Carlos V emprendió su viaje al nuevo continente».

Al renunciar a los privilegios de la corona, Fray Jacobo también rechazó y condenó la intolerancia que promovieron los choques fratricidas entre luteranos, calvinistas, cristianos y católicos que depuraban con sangre sus fanatismos.

Es posible ubicar a Fray Jacobo en la línea de pensamiento y acción de la gran figura de Erasmo de Rótterdam, quien siendo uno de los más grandes humanistas de la Europa de entonces se negó a enjuiciar, como en consecuencia, tampoco se alió a ninguno de los dos bandos que reconocían su grandeza.

De igual modo el fraile michoacano danés fue de grandeza superior a través de la humildad con la que se apartó sin amarguras del confort de su vida en la Corte, a la vez que no aceptó aliarse al bando triunfante que impuso desde entonces como religión de Estado a la Iglesia.

La crónica de Eduardo Ruiz es abundante en los hechos conocidos como milagros del santo Jacobo, quien se caracterizó por un amor sin límites a los indígenas de la región.

En una y otra ocasión mostró prodigios que asombraron a los naturales de la región, recorría con pies descalzos largas distancias presurosamente, se decía y se dice aún en la Sierra de Michoacán que «más que andar en la tierra volaba por los aires» al recorrer el extenso territorio que administraba.

La obra y el discurso político

Acontecía a menudo que los indios de un pueblo iban a invitarlo par que los visitase: caminaba él a pie y descalzo, y ellos a caballo corrían a galope, sin poder darle alcance, llegando al lugar mucho tiempo después que el santo, «cuyo crédito (agrega el cronista padre La Rea) se levantaba como la espuma, pues que más parecía ave del aire que hombre de la tierra».

Así también, los frailes de la cofradía establecieron para los indios escuelas de primeras letras y de oficios, los congregaron en academias de música y de canto; les trazaban poblaciones y les enseñaban a construir mejores chozas que las que antes habitaban, y llevados de su celo apostólico recibían en sus brazos a los recién nacidos para enseñarles el camino de la vida, y confortaban y llenaban de esperanza a los moribundos.

Se cuenta que grande, viejo y achacoso se retiró a su convento de Tarecuato, donde una noche 21 de septiembre de 1558, durante el sueño tuvo una revelación «vio con los ojos de su imaginación el convento de Yuste en España, penetró en el claustro, observó la agitación que reinaba entre los frailes jerónimos y obedeciendo a una fuerza misteriosa se introdujo a una humilde celda en que agonizaba un hombre, a quien los monjes miraban con respeto. El moribundo entregó su alma al Señor a las 2:00 de la mañana, hora en que el venerable Fray Jacobo volvió en sí de su éxtasis, y ya no pudo conciliar el sueño en lo restante de la noche.

En la mañana mandó erigir un túmulo en la iglesia de Tarecuato y celebró una misa de Réquiem con la solemnidad que era posible en aquel pueblo de indios. Los religiosos, admirados, le preguntaban la causa, y dijo que en aquella noche, a la hora indicada, había muerto el emperador Carlos V, lo cual se confirmó algunos meses después que vino la flota trayendo la noticia y mandando hacer los funerales».

Si la síntesis de la historia es el presente, es entonces cuando lo circunstancial sucumbe. Así los efímeros pronunciamientos políticos diplomáticos de autoridades mexicanas y danesas se diluyeron ante la tumba de Fray Jacobo. Lo esencial de su amor a lo humano permanece.

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