Lunes 1 Septiembre de 2014
 
Festividades cívicas
Alejandro Mercado Villalobos
Domingo 10 de Febrero de 2008 • Enviar nota    • Imprimir

Hace días escuché, en televisión local, una crítica periodística a los eventos que se realizan en torno al calendario cívico que año con año se realiza en Morelia. El tenor de la nota decía que se gastaba mucho en dichos eventos, y sí, se requiere de invitaciones, lona impresa con motivo de cada evento, edecanes, bebidas, movimiento de banda de música y de guerra, escolta y otros detalles que parecen insignificantes pero que cuestan al erario en cuanto a las necesidades de operación.

También se hizo el señalamiento a que no asistían todos los invitados, entre ellos el propio gobernador, a los actos cívicos, y que muchas veces se tomó en ejemplo el acto conmemorativo a la muerte de Mariano Matamoros, eran enviados personajes a manera de representación, lo que denotaba falta de seriedad frente a los gastos que eran más bien onerosos.

Pues bien, creo que la mención periodística tuvo origen en destacar las faltas de asistencia de funcionarios de alto nivel que fueron invitados al evento señalado, sin embargo, se cometió el error de extender la crítica a la génesis de los eventos cívicos, relacionando el gasto que reviste la organización de un acto cívico a la importancia cualitativa de una fecha del calendario, eso, permítame, no es justificable.

El origen de la celebración cívica nació con la Independencia de México, es pues, una tradición republicana elevar la conciencia nacional y el amor patrio mexicano, recordando a los hombres y mujeres que con su ejemplo de vida y principios sociales lograron el futuro que ahora vivimos.

Para no entrar en detalles, debo decir a usted que en Michoacán, el ceremonial se organizó durante los primeros años de independencia, centrando el festejo al 16 de septiembre como fecha máxima cívica nacional.

El festejo se organizó de acuerdo a la aparición de elementos patrios, cuando se tuvo himno nacional, que por cierto fue mandado componer por convocatoria extendida por Antonio López de Santa Anna, el festejo tuvo otra connotación, ya que se hacían los honores a la bandera y se entonaba la canción de los mexicanos, cuyo carácter bélico hacía resonar los corazones en torno a una figura común, la nación.

Hasta antes de la invasión francesa y el imperio de Maximiliano (1862-1867), el ceremonial patrio incluía el citado 16 de septiembre y el 8 de mayo, por el natalicio de don Miguel Hidalgo y Costilla, y a una fecha local de relevancia nacional el día 30 de septiembre, que solemnizaba al héroe histórico más grande que tiene Michoacán hasta hoy, a don José María Morelos y Pavón.

Luego, al promulgarse la Constitución Federal de 1857, se incluyó el 5 de febrero como fecha solemne, y después, el 5 de mayo por el triunfo mexicano en la batalla de Puebla, y en la época de don Porfirio Díaz se comenzó a celebrar también el 2 de abril, por al triunfo definitivo de los mexicanos frente a los franceses, esto en 1867; para entonces, el oaxaqueño había dispuesto que desde la noche del 15 de septiembre se comenzara a celebrar la fiesta grande de México.

Este breve calendario, que no incluye más que las fechas más relevantes, basta para dar cuenta de la vasta e interesante historia de México, que ha sido mantenida hasta el día de hoy gracias a los actos conmemorativos que redescubren cada año el nacionalismo que todos compartimos, no de forma inconciente.

Durante el siglo XX hubo también puntos de importancia, que se han incluido en el calendario. De todas, sin embargo, figura como fecha grande el 5 de febrero, por la promulgación de la Constitución que nos rige. Otras fechas se incluyeron, como el natalicio o muerte de personajes relevantes, como Benito Juárez o Lázaro Cárdenas, por mencionar algunos, que han permitido llegar a nuestros días con una vasta lista de fechas relevantes.

Puede resultar oneroso el calendario de suspensiones, sí, y puede resultar oneroso el gasto que se hace en fechas relevantes, puede ser, sin embargo, haciendo comparación a la importancia que reviste recordar nuestro nacionalismo, y reencontrar nuestras raíces en cada acto festivo, el gasto aparece superfluo.

Es cierto que deben observarse los detalles que se han criticado, como que los invitados no asistan y envíen representantes, aunque esa parte es también común en función a las responsabilidades de los altos funcionarios, no obstante, el festejo cívico debe continuar realizándose, porque en su génesis descansa parte del núcleo de nuestra identidad.

Déjeme decirle que los actos cívicos, desde el siglo XIX, han sido escenario de discursos memorables, como no recordar aquel de Melchor Ocampo el 16 de septiembre de 1852, cuando pronunció las magnánimas palabras: «Es hablándonos, y no matándonos como habremos de entendernos».

Así, la celebración cívica evoca sentimientos nacionalistas, ideas republicanas, unión, fraternidad e identidad. Si se ve de esta manera, el gasto será pequeño, y los méritos enormes.

Quizás el problema al que nos enfrentamos tenga que ver más con la pérdida de costumbre, y la falta de enseñanza a las nuevas generaciones. En una época de postmodernidad, donde la tecnología es el punto central de nuestras vidas, resulta complicado explicar a un joven respecto a los hechos de armas que forjaron la patria, es cada vez mas difícil hacer perenne en la juventud que un discurso puede cambiar los destinos de un país, incluso, salvar una vida, ejemplo de esto es la alocución que Guillermo Prieto pronunció ante los sublevados que pretendían acabar con la vida de Benito Juárez apenas iniciada la guerra de los tres años, aquel discurso, elocuente hasta el exceso, conmovió a los presentes al grado de las lágrimas.

En fin, la fiesta cívica es indispensable en la vida de México. No podemos pensar nuestra sociedad sin los actos en torno a nuestras figuras históricas y hechos de relevancia, el problema es, quizás, que se han hecho tediosos y aburridos, aquí lo que falta, entre otras cosas, son discursantes atrevidos, que denoten la valentía en el discurso al señalar las faltas sociales, quitando el temor de la censura al discurso, ejemplos hay muchos, sólo hay que revisar la prensa añeja, que ha resguardado en sus páginas amarillentas, los maravillosos discursos de nuestros ancestros recientes.

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