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| MORELIA
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La capacidad productiva de los homínidos |
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Ariosto Aguilar Mandujano |
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El homínido manejado como el hombre contemporáneo aún dependía de la caza y la recolección, nació filogenéticamente entre 35 mil y 40 mil años an- tes del presente, durante la cuarta glaciación, según la cronología tradicional de lo geólogos. Se encontraba ya en todos los continentes cuando finalizó la última glaciación, hace más o menos diez mil años. Los arqueólogos y los historiadores han reconocido ciertas líneas de separación en la capacidad productiva, determinada por la materia prima utilizada en el instrumental de trabajo, admitiéndose que a una edad inicial de piedra siguió una edad de los metales, en la que aún no encontramos. Se consideran dentro de la edad de piedra tres etapas: una inicial (el Paleolítico), una intermedia (el Mesolítico) y una final (el Neolítico). En el Paleolítico, de muchos milenios, el hombre estaba organizado en microgrupos de cazadores-recolectores-pescadores, con desplazamientos permanentes o en cortos intervalos. El Neolítico se ubica al finalizar la última glaciación, con el rasgo fundamental que se inicia la agricultura hace aproximadamente diez mil años o más en una región denominada Creciente Fértil. El Creciente Fértil constituye un semiarco que cubre parte de los territorios que hoy corresponden a Jordania, Israel, Turquía asiática, Siria, Irán e Iraq. Se encontraban en esa región, en estado natural, ciertas especies vegetales y animales que son domesticadas por el hombre y se establece lo que hoy conocemos como agricultura y ganadería. Al término de la última glaciación ascendió el nivel de los ríos y los mares, apareció el clima templado en los valles fluviales con largos veranos cálidos. Las comunidades agrícolas son sedentarias y, en la medida en que el crecimiento vegetativo y la capacidad productiva aumentan lentamente, nace el núcleo urbano que conlleva una diversificación de las funciones económicas. El uso del hierro se inicia en un territorio que corresponde a la parte asiática de Turquía, entre 1450 a 1200 antes de Cristo. Se trata de una región ubicada dentro del Creciente Fértil, vasta zona de yacimientos polimetálicos donde se inicia también la expansión por el mundo del cobre y el bronce. El metal otorga una base tecnológica solamente aprovechable cuando la comunidad humana ha logrado diversificar su alimentación con un excedente alimentario; lo que le permite iniciar la especialización productiva y crear el mundo urbano. La agricultura y el tratamiento de los metales se van expandiendo a lo largo de un perímetro delimitado por fuertes barreras naturales. El territorio continuo abarca Asia, Europa y la costa norte de África. Las barreras naturales que lo limitan son los océanos y el desierto de Sahara. La economía del Paleolítico es extractiva, formada por la caza menor, la recolección de frutos, plantas y raíces, así como una artesanía apenas incipiente para asegurar algunos rudimentos de vestimenta e instrumental. Lo diferencial de Homo Sapiens fue su aptitud para inventar, dentro del complejo extractivo, posibilidades tecnológicas nuevas y para ingresar en horizontes culturales más complejos por su mayor inteligencia. La microcomunidad tipo del Paleolítico, que se desplazaba con frecuencia por ser contemporánea de las últimas glaciaciones, debió soportar condiciones ambientales muy hostiles. Los demógrafos estiman que la microcomunidad tipo incluía un máximo de 50 a 150 individuos, con promedio de vida alrededor de los 25 años. Los restos fósiles del Paleolítico superior europeo indican que un tercio de la población moría antes de los 20 años y sólo un diez por ciento superaba los 40 años. La comunidad extractiva no pudo haber subsistido mucho tiempo más de un nivel mínimo sin la capacidad de agregar observaciones y experiencias importantes en su acervo como grupo, y sin alguna forma de trasmitir el conocimiento de los adultos a los niños. El ascenso cultural fue lento y a intervalos interrumpidos con grandes retrocesos. En el caso del arte, el descubrimiento de lo bello en el mundo de las formas, los colores y los contenidos incluye importante elementos de racionalidad. El hombre no ha podido trazar una barrera entre emoción estética e idea, la idea lleva su dosis de emoción y la emoción genera ideas. Lo interesante es investigar cuándo la emoción estética comenzó a dejar huellas en elementos materiales; por ejemplo, hubo una gran polémica cuando se quiso interpretar los dibujos de la caverna de Altamira descubierta en Santander, España, en 1868. Es indudable que las pinturas de Altamira, como la de la caverna de Lascaux, en el sureste de Francia y descubierta en 1940, son creaciones artísticas en una etapa ya bastante avanzada. Crear arte es un ejercicio de racionalidad, una forma de actuar en el grupo humano, lo cual no atenta contra su contenido emocional. Un acto complejo de creación cultural es la creación de la idea religiosa, porque requiere de un esfuerzo de abstracción y síntesis, debió tener necesariamente una gestación muy prolongada. El contenido de la idea religiosa pudo aparecer en la imaginación humana mucho después de que ésta tratara de reconstruir cadenas causales elementales y de comprender el sentido de ciertas relaciones entre individuos. Esta hipótesis es la que podríamos plantearnos para el caso de los artistas de las cavernas, aunque no dibujaron motivos religiosos poseían la aptitud cultural de concebir la divinidad y su relación con ella, porque ya estaban familiarizados con el tipo de problemas que fueron empujando al hombre hacia ese camino interpretativo.
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