Jueves 24 Julio de 2014
  REPERCUSIONES
MORELIA
La excomunión y el aborto
Con el tema del aborto la Iglesia Católica mostró una actitud arcaica que hizo recordar la asumida con Miguel Hidalgo y Costilla
Samuel Maldonado B.
Martes 15 de Mayo de 2007 • Enviar nota    • Imprimir

Por efecto del decreto que promulgara el jefe del Gobierno del Distrito Federal, Marcelo Ebrard, relacionado con la iniciativa de Ley para Despenali-
zar el Aborto en la capital del país, las autoridades católicas mexicanas consideraron se había ganado la excomunión. Pero no solamente éstas se ocuparon de Ebrard, sino también lo hizo Ratzinger, quien en sus años mozos, indican fuentes bien informadas, perteneció a las juventudes hitleristas.
Benedicto XVI, Papa de Roma, desde el avión que lo conducía en su primer viaje a «nuestra América» ratificó la decisión ordenada en México por el cardenal Norberto Rivera, aun cuando el segundo como el primero hayan sido desmentidos por sus respectivos voceros. Por «natura» las iglesias y los hombres se desdicen con frecuencia desde el mismo principio de su existencia.
Desde la misma llegada de los españoles conquistadores e inmediato a la instalación de la Inquisición, la excomunión fue utilizada por el clero para implantar el terror y el asesinato, y ahora con el decreto de despenalización del aborto, la vuelven a utilizar como arma política, argumentando, con una mentira enorme, que se está contra la vida, «cuando lo que está en litigio no es si el aborto es malo o es bueno, sino si debe ser penalizado por el poder estatal» (Luis Villoro).
Los jerarcas católicos en el país, en su postura en que con la despenalización se atenta contra la vida, nos hacen imaginar cuántas medias vidas se pierden cuando un espermatozoide por voluntad o deseo humano se pierde en el vacío o en el aire y no fecunda un óvulo.
Por esa actitud arcaica del clero católico, recordamos que quien fue merecedor de gran castigo como respuesta a tan perversa conducta lo fue el ilustre don Miguel Hidalgo y Costilla, el Padre de la Patria, por un decreto promulgado por el Ebrard de la época, Manuel Abad y Queipo, quien fuera nombrado obispo por la regencia, sin que nunca fuera ratificado por el Ratzinger de ese entonces, sólo por ser hijo natural y que como consecuencia de un pecado que no era de él, estaba impedido para ser sacerdote y obispo, según las leyes que regían al clero en aquellos días de la Santa Inquisición.
Parte del decreto expedido por don Manuel Abad y Queipo, dice así:
Por autoridad del Dios Omnipotente, El Padre, El Hijo y El Espíritu Santo y de los santos cánones, y de las virtudes celestiales, ángeles, arcángeles, tronos, dominaciones, papas, querubines y serafines: de todos los santos inocentes, quienes a la vista del Santo Cordero se encuentran dignos de cantar la nueva canción, y de los santos mártires y santos confesores, y de las santas vírgenes, y de los santos, juntamente con todos los santos y electos de Dios: Sea condenado Miguel Hidalgo y Costilla, ex cura del pueblo de Dolores.
Lo excomulgamos y anatemizamos, y de los umbrales de la Iglesia del todo poderoso Dios, lo secuestramos para que pueda ser atormentado eternamente por indecibles sufrimientos, justamente con Dathán y Habirán y todos aquellos que le dicen al señor Dios: ¡Vete de nosotros, porque no queremos ninguno de tus caminos! Y así como el fuego es extinguido por el agua, que se aparte de él la luz por siempre jamás. Que el Hijo, quien sufrió por nosotros, lo maldiga.
Que el Espíritu Santo, que nos fue dado a nosotros en el bautismo, lo maldiga. Que la Santa Cruz a la cual Cristo, por nuestra salvación, ascendió victorioso sobre sus enemigos, lo maldiga. Que la santa y eterna Madre de Dios, lo maldiga. Que San Miguel, el abogado de los santos, lo maldiga. Que todos los ángeles, los principados y arcángeles, los principados y las potestades y todos los ejércitos celestiales, lo maldigan».
El decreto es muy largo y contiene una serie de blasfemias y majaderías, que hoy día llaman a risa, pero que terminó trágicamente, pues Hidalgo, después de ser tomado preso en Chihuahua se le siguió el proceso degradatorio, que se llevó a cabo el 29 de julio de 1811 en una de las salas del Hospital Real de Chihuahua. Allí le rasparon la piel de la cabeza, pues había sido consagrado como cristiano y sacerdote, con el santo crisma; le arrancaron la yema de los pulgares e índices de las manos, que habían sido consagradas el día de la ordenación. Después lo entregaron al gobierno español para que lo fusilaran, sin ninguna de las prerrogativas y beneficios eclesiásticos.
¡Nada cristiano era el clero de ese entonces! En otro párrafo del decreto del obispo de Michoacán, se lee: Sea condenado en su boca, en su pecho y en su corazón y en todas las vísceras de su cuerpo. Que sea condenado en sus venas y en sus muslos, en sus caderas, en sus rodillas, en sus piernas, pies y en las uñas de sus pies. Que sea maldito en todas las junturas y articulaciones de su cuerpo, desde arriba de su cabeza hasta la planta de su pie; que no haya nada bueno en él. Que el hijo del Dios viviente, con toda la gloria de su majestad, lo maldiga. Y que el cielo, con todos los poderes que en él se mueven, se levante contra él.
Solamente algún drogado de los que ahora abundan, puede estar contra la vida. Hoy, por las condiciones tan riesgosas que vivimos, todos tenemos que respetar las divergencias de otros y si hay católicas que deseen ajustarse a los preceptos de su Iglesia, que lo hagan con plena libertad; si en cambio, hay quienes tengan por asuntos personales que tomar la dolorosa decisión de abortar, respetémosla. El aborto no debe ser cuestión de asuntos para buscar votos ni para llevar agua a su molino, como lo está haciendo el Partido Acción Nacional.
Que no se equivoquen: «El respeto al derecho ajeno es la paz» y todos los mexicanos lo exigimos.

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