Miércoles 30 Julio de 2014
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MORELIA
Los toritos de petate, una tradición que perdura
Aunque actualmente tiene elementos nuevos, aún se mantiene vigente
Heriberto Cortés Vélez
Jueves 15 de Febrero de 2007 • Enviar nota    • Imprimir

«Apenas amanecía y ya se oían a lo lejos las bandas, los sones, y ya sabía uno que iba a haber toros y golpes, que andaba suelto el diablo porque era el carnaval», recuerda don Isaías Salmerón, uno de los más viejos hacedores de toritos de petate de Tarímbaro, quien vino a vivir a Morelia «porque mis hijos me trajeron», dice.

Y los ojos se le hunden al acordarse para empezar a contarnos cómo era antes la fiesta de los toritos de petate, cómo eran antes los toros, los bailadores, la cerveza y la fiesta al norte de Morelia; es como si viera a ninguna parte, como si de pronto se le llovieran los recuerdos sobre los ojos y nos describe aquellos tiempos, con tristeza.

«Ya no es como era antes», apunta como frase medular, «ora es puro cholillo, puro mariguano, ora los toros parecen arbolitos de Navidad, puras escarchas y papeles de aluminio. No, antes no; el orgullo de los toros eran los cuernos y los bailadores, que todos estuvieran bien vestidos, que bailaran bonito, los pinches toros ya los hacen tan pesados que ni bailarlos pueden, antes hasta el polvo levantaban al zapatear».

Él aprendió la tradición de sus padres y de sus abuelos, «desde que estaba chamaquito, tenía como cuatro años cuando hicimos un torito con los demás chiquillos del barrio, y ya nos sentíamos grandes y lo bailábamos y todo, pero nadie nos hacía caso, tampoco nos importaba», dice riendo.

En entrevista con este medio, Isaías Salmerón, un octogenario cuyo padre fue «alzado» en la Revolución Mexicana, recuerda que «en Tarímbaro antes era de otro modo, los toros eran de petate, por lo menos la canasta, que le decía uno, encima de la canasta y de las jaras que hacían el armazón se ponía la cabeza del toro, con unos cuernototes. Cada barrio guardaba los cuernos más grandes de los toros que se iban matando en el año.

«Se pulían los cuernos y se hacía la cabecita del toro de madera tallada, ora creo que las hacen de cartón, ya al último se les ponían unos adornitos, moños, espejos, papel de china, sobre todo, pero nomás pa’ que se vieran más bonitos, porque aquellos toros no eran bonitos, eran feos, bravos, de eso se trataba. El mejor barrio era el que traía el toro más bravo, el más bailador y el que jalara más gente del pueblo».

Dice tener 82 años, vive en la colonia Obrera desde hace más de quince años, durante los cuales ha visto palidecer la tradición, «por los norteños, sí, ellos son los que vinieron a descomponer todo, llegan con sus camionetas, con hartos billetes, pagan ellos solos las bandas, pero quieren que las bandas nomás les toque a ellos.

¿Qué son los toritos de petate?

Una comparsa, una obra de teatro, una danza tradicional, una forma de converger con el carnaval, una artesanía, una tradición en sí misma y muchas otras definiciones se le podrían dar a los toritos de petate.

Pero para Miguel Villa, elaborador de toritos y seguidor de la tradición, «esto no es otra cosa que el carnaval michoacano, así como está el de Brasil que es muy famoso, el de Mazatlán, el de Florida, el de Chile, los guatemaltecos que también hacen fiesta, ésta es la tradición michoacana, es la forma como celebramos nosotros antes del miércoles de ceniza».

Y es que para él todo este fenómeno cultural tiene un vínculo muy estrecho con los rituales católicos, vínculo que, dice, «ya nadie recuerda, ya nadie practica».

«La idea central es que el martes de carnaval el diablo está suelto, es un día antes de que Jesús entrara al desierto durante 40 días para ayunar y orar, los mismos 40 días que dura la cuaresma.

«Entonces el carnaval es la fiesta de la carne, de la lujuria, y el toro es el símbolo que representa esto, al demonio, al pecado, y un día antes del miércoles de ceniza el diablo pone todas las tentaciones posibles, porque ya en la cuaresma, se supone que todos los católicos deberíamos estar en oración, en ayuno, pero eso realmente nunca pasa.

«Se supone que el miércoles todos los que andábamos en los toritos, bien borrachos, deberíamos estar tomando ceniza, en la iglesia, pero la realidad es que seguimos bien borrachos con todo y toros», comenta riendo Miguel Villa, quien actualmente vive en la colonia Las Flores.

Disfraz de carnaval

Aunque el torito es la parte fundamental de la tradición, alrededor de éste, otros personajes también toman parte de la fiesta, de la comparsa y de la danza.

Don Isaías Salmerón nos contó que la idea «se trataba antes» de presentar una farsa teatral en la que participaran todos los barrios del pueblo, cada uno con su propia representación y en una aparente competencia».

Sin embargo, el historiador José Emmanuel Talavera señala al respecto que no existe un patrón estándar de esta tradición, ya que en algunos lugares existen unos personajes y en otro sitio pueden no existir, sin que se altere la festividad.

«En Queréndaro, por ejemplo, los toros tienen la costumbre de visitar antes a la Virgen de Guadalupe; en algunas poblaciones aledañas a Zinapécuaro no existe el apache, pero casi todos los historiadores coinciden en que el apache es un personaje de reciente aparición».

Se reconocen entonces como principales personajes al caporal, quien hace de torero, está vestido de ranchero sencillo y torea con gabán; su mujer, la maringuía, generalmente vestida de rojo, es interpretada por un hombre, lo cual genera todo tipo de bromas, groserías y peleas.

Dice don Isaías Salmerón que «entrados los moquetazos las maringuías son las que más le atoran, tienen que ser buenas para los golpes, porque siempre se les dejan ir a ellos, o a ellas, como les quieran decir».

El caballito representa al picador, es el encargado de cansar al toro, de bajarle la bravura y de quitarlo de entre la gente; este personaje se viste con una cabeza de caballo hecha de cartón, mientras que el apache, con maquillaje negro y penacho de plumas de guajolote y vestido de rojo, es el responsable de ahuyentar a los niños, o «al menos esa era su función antes, ora ya ni miedo le tienen los mocosos», dice don Isaías.

Pero uno de los personajes que pocos historiadores recuerdan y que ha sido una constante a lo largo de los años, es la cerveza, ya que sin esta bebida no hay carnaval, según coincidieron en apuntarlo todos los entrevistados.

Las amenazas

Según el historiador José Emmanuel Talavera, los riesgos para esta tradición van más allá de norteños, pandillas, instituciones culturales y turistas, ya que «una tradición tiene que evolucionar sola y la están maniatando, quieren preservarla y al hacerlo están rompiendo con la evolución cultural de un pueblo».

Autor de libros e investigaciones como La fiesta en Michoacán: compendio de rituales y tradiciones (1993), o Santos patronos y fiestas patronales (1997), publicados por la Universidad Michoacana, José Emmanuel Talavera dice conocer «de lejos las tradiciones de los toritos de petate, pero conozco muy de cerca los riesgos que corren, porque no sólo son ellos, también son las bandas tradicionales, las danzas, las festividades de cada pueblo».

El primer riesgo para esta tradición es «que lo hayan hecho festival, ahí ya lo institucionalizaron, le pusieron nombre y apellido; ahora esta tradición se llama: Toritos de petate, y se apellida Bienvenido Turista», dice en broma el investigador.

«Otro gran riesgo es que esta tradición inevitablemente tienen que tomarla en sus manos los jóvenes, los ancianos por más que quieran no pueden hacer nada y los jóvenes en estos momentos están muy influenciados por las bandas norteñas, por la televisión, por los jaripeos, por las novedades tecnológicas, y contrasta mucho con el afán de preservar de las instituciones, de mantener lo antiguo, lo tradicional.

«Entonces lo que está pasando es que los hacedores de la tradición están dejando, por un lado, que ésta se pierda, y por otro, impulsando grandes cambios en ella, como los materiales que utilizan, la música con la que bailan los toros, las vestimentas que se ponen.

«Pero al mismo tiempo las instituciones están diciendo que no, que así no es, que hay que preservar lo antiguo, el petate tradicional, las bandas de viento, todo eso», opinó el historiador.

Sin embargo señaló que las instituciones están en un doble juego que implica una contradicción, por un lado alientan la preservación de los toritos tradicionales y por otro alientan al turismo a ser partícipe de la tradición, lo cual «necesariamente está provocando la pérdida de todo aquello que constituía a la tradición como tal».

Ejemplos de esto pueden verse, según dijo José Emmanuel Talavera, en que «ahora los apaches y las maringuías, (personajes de la comparsa), van vestidos con pantalones de cholos, con lentes negros, tatuados; muchas veces las bandas ya ni sones tocan, la gente les pide la última canción de moda de El Recodo, o cosas por el estilo».

Respecto a la adjudicación de las pandillas conocidas como cholos, dentro de esta tradición, el investigador señaló que fue un fenómeno que se dio a la par, dado que grupos sociales rurales llegaron a la periferia de Morelia, trayendo esta tradición consigo, y precisamente los hijos jóvenes de estos grupos sociales se convirtieron en cholos, por la migración a Estados Unidos y otros factores; «pero fueron ellos mismos los que después heredaron la tradición de los toritos de petate».

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