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Los narcodólares en la economía mexicana |
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La magnitud que las narcodivisas han alcanzado tiene diversas implicaciones que ponen en duda la viabilidad de la tan publicitada lucha contra el narcotráfico y la delincuencia organizada
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Eduardo Nava Hernández |
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Según las estimaciones dadas a conocer esta semana por la consultora Mancera, Ernst and Young, en el año recién terminado podrían haberse duplica- do con respecto del año anterior las operaciones financieras en México relacionadas con el lavado de dinero. Entre enero y noviembre de 2006 los «reportes preocupantes» de la Unidad de Inteligencia Financiera de la Secretaría de Hacienda (que investiga los movimientos operados en la banca e instituciones financiera en general y que podrían estar asociados a las actividades de la delincuencia) llegaron a 188, más del doble de los que se registraron en el mismo lapso de 2005. Este incremento en el registro de las operaciones que presumiblemente podrían derivar de un manejo delictivo de fondos en las instituciones financieras puede deberse o bien a una mayor eficacia de las autoridades hacendarias en la detección de operaciones sospechosas o a un incremento sustancial en el número de operaciones efectuadas con dinero proveniente de actividades ilícitas. Las estimaciones de la misma empresa de análisis económico, apoyadas en datos de la ONU, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) y el Fondo Monetario Internacional (FMI) ubican los montos de lavado de dinero en México en la astronómica cifra de 24 mil millones de dólares anuales. Esa cantidad es superior a las remesas de los trabajadores mexicanos en el extranjero, que en 2006 alcanzaron la cifra récord de 21 mil 295 millones de dólares según el más reciente reporte del Banco de México, y es equivalente al valor de las exportaciones de petróleo crudo, productos petrolíferos, petroquímicos y gas natural, de enero a julio de 2006, durante la etapa de precios altos y por tanto de captación mayor de la renta petrolera (boletín de Pemex, 27 de agosto de 2006). De ser ciertas tales estimaciones, los ingresos de divisas de la economía mexicana -de por sí distorsionados por la excesiva gravitación que en ella tienen el petróleo y los envíos de los trabajadores en el extranjero- estarían dependiendo de manera importante de la actividades ilícitas, destacadamente del narcotráfico como la más lucrativa de ellas. Los narcodólares, así, han pasado a ubicarse entre las tres fuentes de ingresos más importantes para nuestro país, por encima de los ingresos por exportaciones de productos manufacturados, minerales o agrícolas y del turismo. La magnitud que las narcodivisas han alcanzado tiene diversas implicaciones que ponen en duda la viabilidad de la tan publicitada lucha contra el narcotráfico y la delincuencia organizada. En primer lugar, así como hay regiones que han pasado a depender económicamente de las remesas de los trabajadores en el extranjero, es evidente que hay otras -y se tienen bien identificadas- cuya economía depende ya, en primer lugar, de la narcoproducción; y la ofensiva contra ésta que el gobierno federal pudiera lleva adelante, sin impulsar alternativas de producción como lo hace, desde luego las afectaría gravemente en sus estrategias de sobrevivencia. La postura gubernamental es la de darle al problema de la narcoproducción y el narcotráfico un enfoque sólo policiaco, destruyendo plantíos que volverán a ser sembrados una vez que se retiren las fuerzas represivas o se desplazarán a puntos más inaccesibles, y deteniendo a operadores menores que pronto serán sustituidos en las cadenas de distribución. Pero más importante aún es que esos 24 mil millones de dólares penetran en los circuitos de la economía mexicana a través de las instituciones financieras, como la banca comercial y la bolsa de valores, desde donde se distribuyen a todo el aparato circulatorio del capital mezclándose, confundiéndose y fortaleciendo con prodigalidad al sistema productivo y crediticio en su conjunto. El narcotráfico es, en la era de la globalización, una de las ramas más lucrativas para el capital internacionalizado. Lejos de ser un fenómeno marginal, aunque presente las características de la clandestinidad, ha ido penetrando en los poros del cuerpo económico en todos sus niveles, e imbricándose con cada vez más sectores y ramas económicos. Y regiones como Michoacán, con zonas de alta marginalidad y expulsoras de mano de obra, se encuentran también extremadamente predispuestas a la acción de ese tipo de capital, con todos sus efectos de disolución sobre las formas tradicionales de organización y producción comunitaria. Y no es que el combate a la narcoeconomía -y no meramente al narcotráfico, como comúnmente se lo entiende-, con todos sus efectos de violencia irrestricta, no tenga que darse, sino que aquél tiene que asumir una forma integral, recomponiendo productivamente por abajo las regiones en las que hoy ha penetrado y de las que se ha posesionado, y detectando por arriba los canales por los que se inyecta y penetra en los circuitos financieros y de la economía en general. Mientras que en las zonas de producción y tráfico se despliegan efectistamente los cuerpos policiacos, aparentemente más para combatir las derivaciones más agudas de violencia asociadas al trasiego de narcóticos, pocas veces se actúa contra los agentes financieros que manejan los cuantiosos capitales invertidos en la rama de los estupefacientes y que probablemente operan intercalados en otras ramas. Pero más aún, la erradicación de la narcoeconomía a escala local es impensable sin la creación de las alternativas productivas que permitan superar la pobreza y la falta de oportunidades. Antes que las drogas, han sido los efectos del desarrollo capitalista, con la desigualdad y marginación que le son inherentes, los que han generado las situaciones de desmembramiento social propicias tanto al fenómeno migratorio como al predominio de la delincuencia organizada. |
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