Miércoles 22 Octubre de 2014
 
MORELIA
Plan de San Luis y revolución en México
El sistema de partidos políticos, denostado por pugnas entre sí y al interior de los mismos, está agotado en México desde el siglo XIX
Eduardo Garibay Mares
Viernes 13 de Octubre de 2006 • Enviar nota    • Imprimir

Fue en octubre que en San Antonio, Texas, ciudad estadounidense a donde huyó, el coahuilense Francisco I. Madero publicó el Plan de San Luis Poto-
sí, el 25 de octubre de 1910, por él hecho y suscrito el día 5 anterior en la capital del estado potosino, para convocar a todos los mexicanos a tomar las armas contra la dictadura de Porfirio Díaz, oaxaqueño reelecto por octava vez para el nuevo periodo presidencial 1810-1814, que el 1 de diciembre habría de iniciar.
Así las cosas, viene al caso documentar que la descomposición política acompaña a la corruptible y tramposa democracia, desde que en Grecia fue instaurada por las élites atenienses para su beneficio, hacia el año 510 aC, y que fue también por eso que Porfirio Díaz acusó al reelecto presidente Benito Juárez mediante el Plan de La Noria, en octubre de 1871, de corrupto y fraudulento en elecciones presidenciales, e igual se sublevó contra el presidente Sebastián Lerdo de Tejada con el Plan de Tuxtepec, en 1876, luego de lo cual Díaz logró hacerse del poder presidencial, al que arribó sustentado en el lema «No reelección».
Por eso este trabajo hecho a favor de la población del país tiene por objeto la enmienda a fondo del Estado mexicano, para erradicar la descomposición del régimen político que lo acompaña desde el siglo XIX, y que hoy asuela al país con otra crisis de partidos políticos cómplices de acciones al margen de la ley, que llevan a la ingobernabilidad, dado que no escarmientan con la enseñanza histórica los poderosos, quienes desde respectivos cargos públicos y/o partidistas de que se sirven, convulsionan al país por la violencia desatada en torno al proceso electoral de este 2006, dejando ver lo poco que les importa que los llamados a la insurgencia impliquen derramar sangre y sacrificar vidas entre mexicanos, puesto que en su pugna por arrebatarse el poder, arrastran a grandes grupos de población a confrontaciones, sólo útiles para el arribo de respectivas élites a cargos de gobierno y siempre a costa de sectores mayoritarios de población marginados, o de plano en pobreza extrema, a los que mesiánicos líderes demagógico-democráticos, que es lo mismo, émulos de los decimonónicos, siempre aluden y esperanzan con promesas de igualdad, equidad y mejores niveles de bienestar social.
Plan de San Luis
En once puntos de su plan Madero propuso: uno, declarar nula la elección de presidente, magistrados, diputados y senadores; dos, desconocer al gobierno en turno y a toda autoridad cuyo poder debiese dimanar del voto popular, ya que éstas, además de no haber sido electas, habían «perdido los pocos títulos que podían tener de legalidad, cometiendo y apoyando, con los elementos que el pueblo puso a su disposición para la defensa de sus intereses, el fraude electoral más escandaloso que registra la historia de México».
También, en tanto se hiciesen respectivas reformas y para evitar trastornos inherentes al cauce revolucionario: tres, reconocer vigentes leyes promulgadas por Díaz, excepto fallos de tribunales, decretos de cuentas sancionadas, y manejos de fondos, en todos los ramos; advirtiendo que al triunfo de la revolución se respetarían compromisos con gobiernos y corporaciones extranjeras, contraídos antes del 20 de noviembre, se formarían comisiones para dictaminar «responsabilidades en que hayan incurrido funcionarios de la federación, estados y municipios», y se revisarían abusos en torno a la ley de terrenos baldíos, hechos por acuerdos de la Secretaría de Fomento y los tribunales, por despojos a pequeños propietarios, en su mayoría indígenas, y a fin de restituirles sus terrenos y exigir les pagasen indemnización por daños sufridos; y cuatro, declarar Ley Suprema de la República el principio de No Reelección, junto a la Constitución.
Cinco, asumirse él como presidente provisional, facultado para hacer la guerra al gobierno usurpador de Díaz, agregando que tan pronto como la capital de la República y más de la mitad de los estados estuviesen en poder de las fuerzas del pueblo, se convocaría a elecciones generales extraordinarias para un mes después, y se entregaría el poder al que resultase electo presidente, al conocerse el resultado; seis, dar cuenta el presidente provisional, al Congreso de la Unión, del uso de facultades conferidas por este plan; siete, tomar las armas el 20 de noviembre, para arrojar del poder a las autoridades en turno; ocho, obligar por la fuerza de las armas, a las autoridades opuestas a respetar la voluntad popular, subrayando tanto la observancia rigurosa de las leyes de guerra, como la prohibición de «no usar balas explosivas ni fusilar a los prisioneros» y «el deber de todo mexicano de respetar a los extranjeros en sus personas e intereses».
Nueve, apresar a las autoridades opuestas, para juzgarlas al término de la revolución, y reconocer como autoridad legítima al jefe de armas, que podría delegar funciones en otro ciudadano, a quien confirmaría o removería en su cargo el gobierno provisional, también facultado para liberar a todo preso político; diez, nombrar el presidente, en cada estado ocupado, al gobernador provisional, que convocaría a elecciones para gobernador constitucional pronto, y a juicio del presidente, excepto en donde dos años antes se hubiese cambiado «democráticamente» de gobierno, ya que ahí se consideraría gobernador provisional al que, electo por el pueblo, se adhiriese a este plan; todo eso salvo cuando: primero, el presidente no nombrase gobernador; y segundo, el nombramiento no llegase a su destino o el «agraciado» no aceptase, casos en que los jefes de armas de la entidad nombrarían al gobernador, al que ratificaría el presidente; y once, disponer la nueva autoridad de los fondos administrativos de oficinas públicas; y contratar, para gastos de guerra, préstamos voluntarios o forzosos, esto último, se advertía, sólo con ciudadanos o instituciones nacionales.
Conclusiones
Visto está que el sistema de partidos políticos, denostado por pugnas entre sí y al interior de los mismos, está agotado en México desde el siglo XIX, cual se muestra desde Porfirio Díaz hasta Vicente Fox, actual presidente, dado que tal sistema es engendro de la corruptible democracia y ésta conlleva al oportunista arrebato de cotos, entre los grupos en el poder, que es de donde irrumpen facciones con capacidad para conspirar y efectuar movilizaciones sociales de descontento, en contra del gobierno establecido, ya que son los grupos privilegiados los que arman las revoluciones, nunca gente del pueblo, que es el que paga, con sangre y vida, la inconmensurable ambición de los poderosos por permanecer en mandos gubernamentales, o arribar a ellos, igual que ha ocurrido y cual hoy se vive, para perjuicio de generaciones actuales y futuras. Ni más ni menos.

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