Miércoles 30 Julio de 2014
 
MORELIA
Benito Juárez y la educación
Ariosto Aguilar Mandujano
Sábado 24 de Junio de 2006 • Enviar nota    • Imprimir

Al penetrar en la capital de México, el presidente de la República había logrado vencer para siempre el poder imperial y consolidar las instituciones de la
Reforma.
El orador Antonio Martínez de Castro, del Ayuntamiento de la Ciudad de México, dio la bienvenida al presidente Benito Juárez. Martínez de Castro elogió la entereza con que el primer magistrado de la República había combatido contra la intervención extranjera. Agregó que para lograr la consolidación de la paz era preciso que renaciera la confianza y la seguridad perdida y que hubiera una verdadera reconciliación entre los mexicanos.
Juárez contestó sin frases ampulosas que no haría sentir el terror a los vencidos. Al asegurarse la independencia de México, era necesario luchar para conservar la paz, pero para obtener este propósito se necesitaba el concurso del país entero.
En su manifiesto dirigido a la nación, el presidente de la República dijo que se había luchado contra la invasión extranjera para defender los derechos, la independencia y las instituciones políticas de México. En lo sucesivo, sólo una labor de cooperación entre pueblo y gobierno podría conducir al buen éxito. No ofrecía acciones demagógicas; hablaba de hacer entrar al país en los cauces del orden y del respeto a la ley.
Las frases de Juárez eran insuficientes para calmar los ánimos, había cierta inquietud en las conciencias. Muchos liberales veían con rencor a los vencidos, y los conservadores temían los excesos de los republicanos.
Con motivo de la celebración del 16 de septiembre, don Gabino Barreda pronunciaba un discurso que tuvo hondas repercusiones. La pieza oratoria, a juicio de los moderados, daba la impresión de haber sido elaborada en los propios campos de batalla, donde percibían connotaciones agresivas.
Barreda juzgaba la realidad mexicana inspirado por el pensamiento de Augusto Comte. Decía que el partido progresista después de muchos obstáculos había obtenido un espléndido triunfo. Veía en el régimen colonial un sistema enemigo de toda libertad. Barreda encontraba una fórmula para exponer la destrucción intelectual del antiguo régimen con la piqueta demoledora de las viejas estructuras. Gracias al avance de las ideas modernas se había logrado una emancipación científica, religiosa y política.
Don Gabino mencionaba que todo podía lograrse en virtud de una ley de evolución: «¡No se regenera un país ni se cambian radicalmente sus instituciones y sus hábitos, en el espacio de dos lustros! ¡No se acierta al primer golpe con las verdaderas necesidades de una nación que, en medio de la insurrección, no había aprendido sino a pelear y que antes de ella sólo sabía resignarse! ¡No se apagan ni enfrían luego que tocan tierra, las ardientes lavas del volcán que acaba de estallar!
«Tenemos esas leyes de Reforma que nos han puesto en el camino de la civilización, más adelante que ningún otro pueblo. Tenemos una Constitución que ha sido el faro luminoso al que, en medio de este tempestuoso mar de la invasión, se han vuelto todas las miradas y ha servido a la vez de consuelo y de guía a todos los patriotas que luchaban aislados y sin otro centro hacia el cual pudiesen gravitar sus esfuerzos».
Barreda terminó su discurso declarando que en lo sucesivo nada se resolvería por la vía revolucionaria, todo por la ruta de la legalidad, por la senda de la Constitución. La divisa de los mexicanos sería libertad, orden y progreso; la libertad como medio; el orden como base y el progreso como fin.
Barreda sabía que la concordia entre los hombres es un signo de civilización. La guerra es a veces más necesaria que la paz, pero no se puede vivir en estado de lucha militar permanente. Fue una intuición feliz de don Gabino comprender que México gozaría de un remanso de paz, bajo el cual podría florecer la cultura, una cultura al servicio de la colectividad.
No podía escapar a la perspicacia política de Juárez la importancia que podría tener Barreda como auxiliar en la obra de reconstrucción nacional que se proyectaba.
Era indudable que no bastaba haber vencido al imperio, era preciso organizar la victoria. Ahí aparece la intuición profunda del primer magistrado de la República al comprender que era urgente entre otras cosas estructurar la educación pública. Muchos centros docentes habían sido suprimidos, otros seguían la actividad rutinaria sin rumbo. Se considera que fue un acierto del gobierno de Juárez haber designado a Barreda para confiarle la difícil tarea de organizar la escuela preparatoria.
No es necesario insistir en que don Gabino Barreda examinó el fenómeno mexicano, sus cuestiones culturales y sus necesidades educativas a través de la estructura y de las concepciones del positivismo. Barreda estaba profundamente impresionado por las tesis de Augusto Comte, de suerte que hizo de su clasificación científica un plan didáctico.
Don Gabino Barreda había nacido en Puebla en el año de 1818, emprendió estudios de Derecho, los que abandonó por la poderosa atracción hacia el cultivo de las ciencias. Visitó Francia cuando este país era uno de los focos más luminosos de cultura de su siglo. Se puso en contacto con Augusto Comte y siguió alguno de sus cursos. Cuando Juárez se fijó en Barreda para confiarle una tarea que cumpliría con creces, el fundador de la Preparatoria era una figura intelectual de primer orden.
Para Comte, creador de la Philosophie Positive, la ciencia sólo era respetable si estaba al servicio del mejoramiento humano. Soñó con crear una sociedad organizada sobre bases y leyes tan sólidas y tan firmes como las de las ciencias exactas.
Para el buen logro de sus propósitos, el fundador de la Preparatoria, está profundamente persuadido de que la ignorancia es la más poderosa rémora que detiene a nuestro país en el camino de su engrandecimiento. De allí la necesidad de formar una escuela típicamente «preparatoria», que no fuese exclusivamente un puente hacia las profesiones, sino que sirviera para preparar hombres, darle a la juventud la base intelectual necesaria para hacerla más apta en la lucha por la vida. Se da en los primeros años cierto tipo de actividades que resultan de gran utilidad práctica aun para aquellos alumnos que no pudiesen por cualquier motivo terminar la carrera.
Cuando Barreda dejó la dirección de la escuela por él fundada, para partir a Berlín como representante de México, quedaba en pie un centro de cultura que fue capaz durante muchas décadas de resistir el embate de sus enconados adversarios.

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