Morelia, Michoacán.- De esas otras facetas públicas de doctos personajes que post mortem se pasan por alto para no ensombrecer el brillo de acartonados homenajes de rigor u opacar la proporción de la imagen erigida, se habló en lo concerniente a la figura de Carlos Fuentes, que se rindió en el Teatro Ocampo de Morelia la noche del martes.
Como introducción a su intervención, el escritor Sergio J. Monreal opinó que en los eventos de homenaje, por respeto al autor y sobre todo a los asistentes, quienes disertan o lo organizan deben asumir la responsabilidad de no convertir tales actos en “ritos huecos, en formas de cortesía banales que dejan tan intacto al hipotético homenajeado como a los que estuvimos aquí, porque entonces venimos en masa a una serie de eventos por todo el país o incluso allende las fronteras, a repetir un montón de lugares comunes, de rituales idénticos de los que uno sale con la sensación de que hubiera dado igual hacerlos o no, asistir o no asistir”.
Si algún valor tienen los homenajeados, agregó, “no se merecen eso y, por supuesto y antes que eso, nosotros mismos no merecemos esa falta de respeto” y luego de la tardía invitación que aludió, recibió del Departamento de Literatura y Fomento a la Lectura de la Secretaría de Cultura de Michoacán (Secum) para ser parte del homenaje, comentó, se puso a pensar de qué forma podía generar eco la relación de carácter personal y literario que ha mantenido con el autor en cuestión:
“La primer cosa que voy a decir a lo mejor suena muy fuerte, pero es mi conclusión fundamental, considero que Carlos Fuentes -junto con otros escritores, sobre todo con Octavio Paz-, es a la literatura mexicana lo mismo que el PRI, es ni más ni menos que la revolución institucionalizada”.
Para desarrollar lo antes dicho, expuso que el gran evento histórico del siglo XX en el país, la Revolución Mexicana, con sus luces y sombras reinventó a una nación e imaginó órdenes nuevos y trató de implementarlos dando como resultado “la contradictoria y fundamental, pero de ninguna manera impoluta y perfecta, Constitución Mexicana”.
La intensa lucha de regeneración de la nación –agregó-, consolidó un orden institucional con todo lo que de positivo y negativo tiene y, más allá de la euforia neoliberal actual que condena su existencia y promueve la privatización de ese orden, México -dijo- no sería el mismo sin el andamiaje institucional, sin negar por ello lo que de nocivo y nefasto tiene ahora para los ciudadanos.
La Revolución se institucionalizó y, retomó, “es lo que hicieron a la poesía Octavio Paz y a la novela Carlos Fuentes”, ambos reinventan “la manera de soñar el mundo desde México y articularlo a través de la palabra” junto, definió, con la brillante generación de escritores de su tiempo pero siendo ellos “los epicentros más distintivos y característicos”.
Esos autores a quienes correspondió “la dimensión de ese sueño posible”, también correspondió decidir por cuenta propia institucionalizar dichas condiciones y, sería irresponsable borrarlo, ironizó, sólo porque estamos celebrando su fiesta de cumpleaños:
“Carlos Fuentes es uno de los más grandes novelistas de la historia de este país, de la misma manera en que Octavio Paz es uno de los más grandes poetas pero, hay que decir junto con eso, que son dos de los más grandes caciques culturales que ha habido en la historia de este país” y, si bien alguien podría opinar que ello no se refleja en su obra, manifestó que en el caso específico de Fuentes existe una diferencia entre el escritor de los años 50 y el de sus últimos años:
“No es que el Carlos Fuentes de las primeras obras sea mejor escritor que el de las últimas, es probable que el segundo sea infinitamente superior a aquel joven que se destapó de manera deslumbrante en los años 50; la diferencia, es que el de la década de los 50 es más que un escritor, es una gente de una revolución de conciencia espiritual de lo mexicano”.
Eso que Carlos Fuentes fue capaz de hacer, añadió, a través de La región más transparente (1958), de Aura (1962) y La muerte de Artemio Cruz (1962), no fue ya capaz de hacerlo y, aún cuando de mayor lucidez intelectual posterior, sus intuiciones no le alcanzaron para producir una novela del tamaño, la magnitud, la trascendencia y el alcance de la primera en este párrafo en mención, anotó:
“Daría la sensación que el novelista sufrió una suerte de estancamiento no literario sino espiritual y eso, me parece clave para entender la figura de Carlos Fuentes, quien formó parte de un momento de la historia de México donde había cosas que estaba permitido decir y cosas que no y él, decidió jugar en la cancha donde, si querías figurar, escribir y destacar, tenías que asumir como un acto de voluntad callarte ciertas cosas” y, en contraparte, dijo, estaban o los perseguidos o los escritores ninguneados.
Temas, los anteriores que, puntualizó, “son de pertinencia nacional pero no en términos de la agenda política o literaria sino en términos de quiénes queremos ser en las próximas décadas y quiénes hemos sido” y eventos, como el homenaje programado en el Teatro Ocampo, concluyó, deberían perseguir el plantear “nudos de problematización” que “no nos corresponde a quienes nos dedicamos de forma profesional a la literatura responder, ya que si la obra motivo de homenaje tiene la trascendencia que intuimos, nos atañen íntima y personalmente como mexicanos, como seres humanos e individuos en el espacio más íntimo y más personal que podamos concebir”.
El escritor Sergio J. Monreal opinó que en los eventos de homenaje, por respeto al autor y sobre todo a los asistentes, quienes disertan o lo organizan deben asumir la responsabilidad de no convertir tales actos en “ritos huecos. (2012-07-26)