Miércoles 1 Octubre de 2014
 
El reloj de La Compañía, los tiempos, la leyenda
Teresa Rivera
Domingo 17 de Mayo de 2009 • Enviar nota    • Imprimir

Pátzcuaro, Michoacán .- En el templo de La Compañía, considerado la primera Catedral de Michoacán, en lo más alto de la única torre con que cuenta se encuentra un antiguo reloj que no sólo marcaba la hora hasta hace algunos años, sino que tiene toda una historia y leyenda que viene desde el otro lado del mundo…

De acuerdo al libro Leyendas de Pátzcuaro, del autor Enrique Soto González, cronista de la ciudad, se establece que allá en una rica región de cierta provincia de España, en una lujosa y señorial mansión, vivía el duque don Manuel de Ávila, uno de los grandes de España, a quien su majestad Felipe II había enaltecido añadiendo a sus feudos, de por sí crecidos, otras muchas tierras que hacían de aquellos contornos uno de los más deleitosos rincones de la provincia de Castilla.

Dice Soto González en su libro que el duque De Ávila era uno de los más leales a Felipe II, quien como a él, el rey favoreció con títulos y tierras a otros protegidos, provocando en el duque De Ávila envidias y traición, primero secretamente y después murmurando en contra de todas las disposiciones reales.

De esta manera la envidia y recelo se convirtieron en furia por dejar de recibir tanta riqueza y poder. No faltó quien comunicara lo anterior al rey, que su antes muy leal siervo había traicionado la confianza puesta en él, por lo que Felipe II mandó encarcelar al duque De Ávila confinándolo a un calabozo hasta que se le formó causa, resultando culpable de alta traición y condenado a la pena máxima, sentencia que debería consumarse en la plaza del lugar al dar las doce campanadas del día siguiente por la noche.

La leyenda establece que al otro día ya estaban preparados todos para la ejecución del duque De Ávila y al llegar la hora señalada únicamente sonaron once campanadas, por lo que el reo fue devuelto a prisión.

Al día siguiente repitieron los preparativos, pero como el obstinado reloj también tocó en once ocasiones la campana se pospuso de nuevo la ejecución; pero la noche siguiente sucedió lo mismo y la gente consternada se preguntaba el significado de aquella señal y el final de tan inesperado suceso.

Al llegar la noticia al rey, quiso cerciorarse personalmente y escuchó la noche del siguiente día que el reloj sólo tocaba once veces la campana en lugar de doce, y ante esto decidió el monarca otorgar el indulto al envidiosos duque De Ávila, conmutando la pena capital, pero obligándolo al destierro.

El rey Felipe II pensando que había algo que escapaba del poder humano para que el reo no muriese, ordenó que el reloj fuese retirado del lugar y enviado a la Nueva España para que el virrey a su vez lo entregara en alguna nueva ciudad.

De esta manera ese reloj llegó a Pátzcuaro y se le colocó en la torre de la iglesia Catedral de Michoacán, hoy templo de La Compañía, quedando bajo la custodia de los jesuitas y después a cargo del Ayuntamiento.

Tiempo después el duque De Ávila llegó a México y como había visto de tan cerca la muerte prometió revestir aquel reloj de oro y plata y colocarlo en un digno marco de cantera. Pero quiso el destino que pasara algún tiempo antes de que supiera el duque el destino de aquella máquina y cuando lo supo se dirigió a Pátzcuaro, donde fue asaltado y encadenado para robarle sus bienes.

Cuentan que en un momento de distracción de sus captores el duque De Ávila trató de huir y fue a caer en un río que pasaba por el lugar, muriendo ahogado al sonar precisamente las doce campanadas de la medianoche y así quedó incumplida la promesa que le hiciera al reloj que le salvó la vida.

Esta leyenda coincide con la que contaban antiguos moradores de la ciudad, que establecían que al dar las doce campanadas aparecía un hombre sujeto con cadenas que recorría las calles y se precipitaba luego al río subterráneo, uno de esos que abundan en esta pródiga tierra.

Cabe señalar que este reloj hace apenas unos pocos años aún marcaba la hora a los habitantes de Pátzcuaro, pero dejó de hacerlo y ahora sin explicación alguna, ninguna autoridad hace algo por regresarle su bello sonido a las campanas que cada quince minutos sonaban.





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