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Ocho meses como prisioneros de guerra en Huetamo y Zirándaro
Ángel Ramírez Ortuño Miércoles 18 de Abril de 2018
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Huetamo, Michoacán.- Luego de echar un vistazo a la obra Historia de la Guerra de Intervención Francesa en Michoacán, que escribiera Eduardo Ruiz, encontramos entre sus páginas interesantes detalles de acontecimientos ocurridos en aquel año de 1865 en la remota y empolvada Villa de Huetamo, tal como sucede con la detención del coronel Nicolás Romero, El León de las Montañas, el 30 de enero, su traslado y cautiverio a Huetamo, donde estuvo prisionero hasta el mes de marzo, y su traslado final a la Ciudad de México, donde fue fusilado el 18 de marzo, y apenas unos días después, desde Tacámbaro llegaron hasta Huetamo 200 prisioneros belgas y franceses el día 13 de abril, señala la citada obra.

Un total de 200 soldados belgas y franceses fueron capturados durante la Guerra de Intervención
Un total de 200 soldados belgas y franceses fueron capturados durante la Guerra de Intervención
(Foto: Ángel Ramírez Ortuño)

El traslado desde Tacámbaro a Huetamo a caminatas forzadas desde un paraíso de tierra fría hasta la extremosa zona de Tierra Caliente fue todo un acontecimiento para los invasores prisioneros, y su penosa y complicada estancia en territorios de Huetamo y Zirándaro fue de ocho meses, tiempo en que tuvieron que recurrir a mil peripecias para sobrevivir, dado que las arcas del coronel Leonardo Valdés estaban vacías, y dado que tenían la ciudad por cárcel, recurrieron a sus derechos desde Huetamo por medio de cartas para exigir al gobierno del presidente Juárez un trato justo y adecuado a lo que representaban como prisioneros de guerra en México.

Jocoso resulta el capítulo de lo que ocurrió en aquella marcha, y que relata el cronista galo Loomans, ya que al término de la primera jornada del traslado, en el camino “no se encontró una vaca ni un buey. Villagómez dispuso que se repartieran entre los belgas unos cerdos que había en un chiquero. Los belgas se vieron en la dura necesidad de freír la carne y de cenar carnitas y chicharrones, y hasta después de estar hartos se acordaron que aquel día era… ¡Viernes Santo! Pero el cielo los castigó. Imagínense ustedes que, buscando un lugar limpio para tumbarse y dormir, fueron a dar a un paraje donde había varios montículos de arena… ¡aquellos montículos eran hormigueros de chancharras”.

Ya instalados los prisioneros belgas en Huetamo, bajo la protección de Leonardo Valdés, éste dispuso que se encargara de atender la salud de los extranjeros heridos al médico local, Leónides Gaona, a quien Loomans describió así: “Era un bravo hombre de carácter afable, leal y humanitario aquel modesto doctor indio: no se contentaba con ejercer su oficio, sino que cuando el administrador de Rentas no nos daba a los belgas nuestro haber y quería fusilarnos en masa, intervenía enérgico y ganaba su causa. Dicho empleado de Rentas era un gran borracho, obeso y con el vientre abultado; al mismo tiempo que amenazaba a los prisioneros con la gran hecatombe, les hacía caricias en el hombro y les repartía el dinero”.

El dinero que se les repartía era de un real (doce y medio centavos) diario a cada uno de los prisioneros, además de su ración de carne, y señalaban a Leónides Gaona como un médico patriota, valiente y humilde en la extensión de la palabra, mientras que el administrador de Rentas, que era Rafael Cosío, después de embriagarse le daba por convertirse en un tigre… con corazón de paloma, todo ello ocurría en aquel mes de abril de 1865, en tiempos en que la prisión era la plaza principal de Huetamo, y por alojamiento los portales abiertos al tránsito público y solamente eran vigilados por unos cuantos pintos de calzón blanco, camisa de fuera y machete colgando de la cintura.