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Pátzcuaro
Pátzcuaro: tradición, cultura e historia
Armando Martínez Domingo 15 de Abril de 2018
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Lago de Pátzcuaro.
Lago de Pátzcuaro.
(Foto: Armando Martínez)

Pátzcuaro, Mich.- Existe una leyenda del nacimiento o formación del Lago de Pátzcuaro, así como existen muchas más de diversas partes del municipio y sus alrededores; como se sabe, Pátzcuaro es tradición, cultura, historia, arquitectura y gastronomía entre otros muchos atributos y en esta ocasión se dará a conocer sobre la formación del nuestro lago, hace ya cientos o quizás miles de años, de acuerdo a “espacio de Arpón Files” y que señala:

Eran aquellos días que se pierden en la bruma de los tiempos, cuando tuvo lugar un hecho que la leyenda ha guardado en el recuerdo de los nativos, quienes celosos de que no se pierda la memoria de lo ocurrido, la han venido transmitiendo de padres a hijos, de generación en generación, a través de los siglos, para que las gentes de estos reinos sepan cómo se desarrolló tan singular suceso, que dio origen a un grandioso donativo de los manes tutelares de la raza purépecha para los hijos de esta tierra Xharatana y de Curicaveri.

Sucedió, pues, que en este bello país moraban en la espesura de los montes los primeros habitantes de la comarca. Eran dueños de cuanto les rodeaba: la fértil tierra les proporcionaba el diario sustento con el purú y el tziri, el tejocote, la xhengua, el exquisito guaraz y otro muchos frutos que endulzaban con la sabrosa tecua de las laboriosas abejas. Los tupidos pinares les daban seguro abrigo y los frecuentes y limpios arroyuelos que brotaban de las profundas entrañas de la tierra, les calmaban su sed y les bañaban sus cuerpos. Nada turbaba aquella vida placida que la madre Cuerápperi reservaba para ellos, y solo para ellos, porque eran los guacúsecha, los hijos de aquella feliz pareja que tucup-acha había puesto en un edén con el encargo de poblar el mundo y con la promesa de que su descendencia sería tan numerosa como las arenas del desierto y como las estrellas que tachonan el azul de Aguandaro.

Y así, un día, aquella vida feliz fue interrumpida por un fenómeno que antes no había aparecido ni volvió a aparecer jamás, pues consistió en que la atmósfera empezó a calentarse gradualmente hasta hacerse insoportable y mortífera, y, como consecuencia de ellos, los campos se agotaron, se secaron las fuentes, y los animales silvestres emprendieron la huida hacia el norte y los hombres ante el temor de sucumbir, se vieron obligados a seguirlos, y en aquella precipitada fuga la única idea que los dominaba a todos era la de huir y solo huir de aquel fenómeno que para todos ellos significaba la muerte. Mas en medio de aquella confusión, repentinamente se dejó oír un ruido fragoroso que venía de lo alto y viese descender una enorme bola centelleante y terrífica, y los hombres al verla sobre sus cabezas, redoblaron su huida empavorecidos, aullaron de terror y se echaron boca abajo sobre la ardiente tierra como tratando de hundirse en ella, implorando la piedad de los dioses, y los animales en veloz estampida siempre hacia el norte, solo trataban de escapar sin hacerse daño unos a los otros.

Pocos momentos duro aquel espectáculo aterrador, pues el enorme bólido – que no pudo ser otra cosa – pronto toco tierra con un estallido ensordecedor que retumbo a muchas leguas a la redonda, lanzando un fulgor brillantísimo y cegador; la tierra se sacudió como convulsionada por un tremendo cataclismo y los montes se tambalearon como si les faltara el equilibrio para sostenerse sobre sus bases, y entonces sucedió lo increíble: los mismo montes abrieron sus entrañas, como consecuencia del sacudimiento, y de sus vientres brotaron caudalosos torrentes, como impulsados por fuerzas gigantescas y por espacio de muchos días fluyeron sin cesar, hasta formar el más bello de los lagos: EL LAGO DE PATZCUARO.

Y cuando los hombres se repusieron del susto y cuando estuvieron seguros de que había pasado el peligro, regresaron a sus hogares y quedaron maravillados al contemplar el hermoso lago que se presentaba ante sus ojos pero al mismo tiempo se entristecieron al ver sus tierras cubiertas por las cristalinas aguas, y entonces clamaron a los dioses preguntando como iban a vivir sin los frutos de la tierra, y los dioses les contestaron:

Y en efecto, en aquellas limpias y cristalinas aguas había abundancia de suculentos peces, como el úrapiti, el charari, la acúmara y el thirhus. Y el lugar donde cayó aquella enorme bola de fuego fue llamado por los nativos: HUECORIO (lugar de la caída) y ahí fundaron con el tiempo un risueño pueblecito, que así también se llama. Y la enorme roca que descendió de los alto, flamígera y fragorosa, aun le nombran: LA HUECORENCHA (lo que cayo).