Municipios

Huetamo
Andrés Galván, músico de la vieja guardia
Ángel Ramírez Ortuño Jueves 12 de Abril de 2018
A- A A+

Explica sus excepcionales virtudes con el hecho de que desde niño fue influenciado por el Diablo y los chaneques.
Explica sus excepcionales virtudes con el hecho de que desde niño fue influenciado por el Diablo y los chaneques.
(Foto: Ángel Ramírez Ortuño)

Huetamo, Mich.- Se llama Andrés Galván Cruz y nació un día 10 de noviembre de 1937 en El Espíritu Santo, localidad del municipio de Huetamo, por lo que anda por los 81 años de edad, y quien en inesperada entrevista, parco en el hablar y con su mirada escondida detrás de gruesas gafas negras, explica de forma solemne que sus inicios musicales fueron los diablos, es decir, los chaneques, dado que siendo niño su padre lo dejaba al cuidado de una vieja casona al pie de una barranca, y con frecuencia escuchaba a lo lejos dulces tonadas de violín, de guitarra y de tamborita, de tal forma que su curiosidad lo llevó a tratarlos y aprender de ellos virtudes musicales que enseguida aprovechó.

“Fui un niño muy pobre y castigado por el destino ya que tenía una madrasta que no me quería, sin embargo cada vez que tenía tiempo agarraba una cubeta y la convertía en tamborita, después conseguí una vieja guitarra y también la dominé, hasta contar con un violín y sentirme ya con ganas de ganar centavos, pero como en mi rancho del Espíritu no había ambiente, subí por Santa Elena y Tecario hasta llegar a los minerales de Baztán del Cobre, donde gente que tomaba licores en una cantina me vieron la guitarra y me pidieron que les tocara unas canciones, pero tanto les gustó mi música que toqué toda la noche y cobraba un peso por cada canción, gusto, son o corrido.

“Aquella experiencia me abrió los ojos y desde entonces supe que la música sería mi oficio de por vida, y regresé a mi casa entre regaños de la madrasta, pero cuando aventé sobre la cama de otate el huaricho de billetes de a peso que llevaba, mi trato y mi vida cambió, y desde entonces fui bien tratado, por lo que busqué irme a tocar a Huetamo, solo o con los músicos de Los Mecos de Capeo, y con Los Tecuchitos del inolvidable maestro violinista don Juanito, y no nos cansábamos de tocar ‘El gusto federal’, ‘La tortolita’, el son de ‘Pedro Pineda’, ‘El maracumbé’, en fin, las canciones de moda que se escuchaban a lo largo del Río Balsas.

“Tuve la oportunidad de tocar con los mejores músicos de mi tiempo, con don Juan Reynoso, con Rafael Ramírez, Cástulo Benítez y Evaristo Galarza, anduve de la seca a la Meca, tuve cinco mujeres, con una de ellas tuve 17 hijos, y con otra dos, pero todos murieron, los dos hijos y la mujer, y siempre he vivido apartado, solo, así es mi gusto, pero siempre en espera de una tocada, de que me llamen para tocarle a un parvulito, a un difunto, a la fiestas de las pastoras, ya que también toco minuetos, música sacra y de fandango, para los músicos buenos no hay pretextos, y si hay que amanecerse, ni modo, el que paga manda”.

Señala que alguna vez grabó de manera profesional, que para eso fue hasta la Ciudad de México, pero que al final los robaron, no les dieron ni un disco y eso lo hizo perder la confianza en los empresarios; sin embargo, señala que con el violín en la mano nunca le falta trabajo, pero sí quien lo acompañe, “me falta un guitarrero, y aunque ya tengo 81 años sigo con muchas ganas de seguir viviendo, de enseñar a muchachos nuevos los secretos” que resguarda desde niño, en los tiempos en que se sintió encantado por los chaneques del Río Chiquito, y no sabe si en realidad influyó el Diablo o no, pero entre más viejo está, mejor ejecuta los instrumentos, y dice que a las pruebas se remite.