Escenarios

Centro Cultural UNAM Morelia
Presentan resultados del proyecto dancístico “Primer Movimiento”
Omar Arriaga Garcés Viernes 21 de Abril de 2017
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Morelia, Michoacán.- Así como en febrero se desarrolló “Primer movimiento, prácticas sobre el cuidado y la percepción”, proyecto dancístico de Tania Solomonoff y de Eve Bonneau, así se entregaron resultados este 19 de abril en el Centro Cultural UNAM Morelia: sin esquemas preconcebidos.

La sensación del cuerpo como un peso, como una textura, como una forma, surgía.
La sensación del cuerpo como un peso, como una textura, como una forma, surgía.
(Foto: Especial)


David Gutiérrez Castañeda, bailarín, catedrático y organizador del evento, comentó a Cambio de Michoacán el 22 de enero pasado, que Primer movimiento se focalizaría “en un trabajo más somático, sensible: distanciarnos de esta noción de la danza como un evento espectacular que sucede en un teatro donde el espectador está sentado en una silla y ve a los bailarines.

“Este proyecto cambia completamente esa concepción, es un trabajo mucho más de presencia, del trabajo de las sensaciones, de estudio de la arquitectura de la ciudad; es por eso que no es tanto una obra fija sino abierta, que se va indagando y construyendo según las coordenadas que Eve y Tania encuentren en su residencia en Morelia”.

Dicha residencia de creación tuvo lugar del 2 al 11 de febrero, 3 y 4 de ese mes se realizó un taller abierto al público, el día 8 (también en febrero) hubo una mesa de diálogo y ya en marzo, en el Laboratorio Arte Alameda -de la Ciudad de México- Primer movimiento se efectuó por tres jornadas, luego de que las ejecutantes acudieran al Nevado de Toluca a hacer una investigación en campo, actividades todas cuyos resultados presentaron Tania Solomonoff y David Gutiérrez este miércoles 19 de abril.

“No queríamos presentar una charla o decirles qué fue lo que hicimos, sino invitarlos a ustedes a reaccionar a la presentación; aquí están los materiales fotográficos y textuales que surgieron en la etapa de investigación de Primer movimiento.

“En esta computadora está el material que trabajamos con aquellos que tomaron el taller, en ésa los materiales en video a partir de la residencia de noviembre de 2016 en Bruselas; y se proyectarán los registros de los días dos y tres de las acciones que Eve y Tania construyeron en el Laboratorio Arte Alameda; quisiéramos que se dieran el tiempo de ver dar los materiales”, dijo Gutiérrez Castañeda.

Tania Solomonoff explicó que fue en mayo de 2014 cuando en un festival de performance conoció a Eve Bonneau en Europa, gracias a lo cual hizo una residencia en noviembre de 2016 en la capital de Bélgica, lo que fue el arranque de lo que sería Primer movimiento, cuyas distintas etapas -apuntó- fueron “muy importantes” para alimentar lo que se proyectaría: “Ahondaremos en ello”, externó, y pidió a los más de 25 asistentes volcarse en los distintos materiales y compartirlos, “para que pregunten lo que quieran con una mirada crítica”.

Luego, invitó a la concurrencia a olvidarse de las sillas y ponerse de pie para mirar.

El ritual de la mirada



En una computadora la experimentación corporal tomaba cuerpo, pero la imagen estaba quieta; en otra, los cuerpos ya se encontraban, bailaban, se entrelazaban, se desunían. “Memoria afectiva de los espacios”, alcanzaba a leerse, y la sensación del cuerpo como un peso, como una textura, como una forma, surgía.

Ya no es pantalla, está frente a los ojos. Entonces es ya fuego líquido la carne, que de pronto chisporrotea, respira, se apaga, vuelve a ondear y se desvanece para convertirse en otro elemento, roca que se anima, piedra que casi es piel, piel que se vuelve alma y luz obscura y fantasma y apariencia.

Facebook Tania Solomonoff
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(Foto: Especial)


El público mira azorado, atento, con rostro inquisidor, con ojos ebrios y asombrados, por la cercanía de los sexos, por esos dos cuerpos danzantes y jóvenes que ya están de nuevo agitándose y caen, y ruedan, y se erigen estatuas efímeras, fotografía en movimiento, cuadro viviente, sonrisa hecha piel, jugueteo y goce intratable.

Se los observa como niños que contemplaran por vez primera una flor, un cometa, un animal herido; el cuerpo lanza estertores, gime, se lamenta con tonos que no parecen humanos. Es otra su dimensión; una dimensión escondida aunque siempre estuvo aquí. Lo más antiguo: la desnudez del cuerpo.

La voz se levanta, los cuerpos como dos especímenes cargados de tensión luchan ahora. La quietud es sólo una pausa para continuar la respiración. Inhalación, exhalación. El ritual continúa. Los gritos de una invocación a una divinidad invisible que con su mano de niebla intervenga en el juego.

Dos oquedades, dos rotundidades, dos esclavos de Miguel Ángel que hubieran cobrado vida de pronto. Las voces se funden en un solo grito. La ceremonia se interrumpe.
En la grabación del día tres es todo obscuridad. Hay una cámara para grabar sin luz. No es la sabana de África en la noche, con gacelas a las que buscan las hienas y los leones; no es una cinta de terror, alguien que de pronto despierta y se eleva del piso pero nadie hay a su lado, no, no es una aparición de ultratumba. Las personas vienen y van.

Es el otro, el desconocido, cuyo nombre no se sabe, el que está a nuestro lado y nos busca, siguiéndonos, intuyendo nuestra respiración, palpando, abriéndonos y acercándonos, hasta que la luz se enciende y otro azoro aparece, pero esta vez es la ternura en los ojos.

El canto se eleva, empieza como una sílaba, como agua que mana sin detenerse, y que sigue fluyendo aun cuando el silencio se hace; ha invadido el silencio o, mejor dicho, nos damos cuenta que el silencio está hecho de ellas, pero entonces la luz es aguda y la sílaba es más fuerte, y los cuerpos se vuelven también un aterido movimiento.

Se imponen los cuerpos, imponen el acto de mirar, se desdoblan y por algún motivo su conversación es conocida y maravillosa a un tiempo. “El rito es nada más mirarlo”, ha dicho ya alguien. Sobre el tablado alguien grita, alguien más responde e incluso un gato pasa por la pantalla cuando las pieles se reencuentran y se tocan.

¿Son agresivos los cuerpos? No, son poderosos. ¿Somos nosotros quienes no sabemos mirar? No, es que la mirada se colma y es poseída y las ranuras del alma son invadidas. Nos vemos expuestos y enfrentados a nosotros mismos. ¿Soy yo quien siente esto, esos pensamientos son míos?

El cuerpo corre hacia atrás, trata de evitar la muerte, de engañarla, de hacerle ver que no podrá destruir un cuerpo eterno, aunque éste sucumba; de cualquier modo la eternidad ha sido tocada.

Vuelve el cuerpo a quedarse quieto, retorna a su inmovilidad y tras unas leves contorsiones en el piso, hiberna de nuevo; se repliega sobre sí, regresa a la matriz de la animación, ahí donde se gestan todos los lenguajes, antes de que haya vuelo. Parece que el final es el principio.

Pero vuelve a agitarse. El cuerpo -ahora me doy cuenta- es como los volcanes naciendo que pintó Atl, es como la enredadera o el bosque de milenios que creciera de golpe ante nuestros ojos, es como la colisión de dos estrellas que se hallan sobre el negro de la noche.

¿Todas estas posibilidades cabían en el cuerpo? ¿De qué está hecho el cuerpo, qué elemento es el cuerpo? ¿Quién es este cuerpo que me mira con su desnudez, que palidece y me devuelve mi tamaño? No soy ni más pequeño de lo que es alguien, no soy más grande de lo que la inmensidad de ese cuerpo revela. En eso estoy cuando la imagen se difumina y la pantalla se apaga. Tania Solomonoff y David Gutiérrez prenden la luz.