Opinión

MORELIA
Fanatismo, el caso mexicano
El fanatismo es un ahorro en el ejercicio de razonar. Propone una solución rápida y elimina la incertidumbre al cien por ciento
Alejandro Vázquez Cárdenas Miércoles 28 de Mayo de 2008
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Una consulta al diccionario nos informa que «fanático» es aquella persona que defiende ciegamente una determinada causa, la misma abraza con celo
apasionado; esta causa puede ser una determinada posición política, religiosa, deportiva, etcétera. La clave está en la palabra «ciegamente», lo cual nos remite a su sentido figurado; alguien con la razón ofuscada.
El fanatismo es, básicamente, un ahorro en el ejercicio de razonar. Una persona que se cuestiona, que experimenta dudas ante una situación determinada tiene la necesidad de pensar, buscar distintas posibilidades, estudiarlas, calcular los factores que pueden intervenir, mirar el problema desde distintos puntos de vista. El fanatismo ahorra todo esto. Propone una solución rápida y elimina la incertidumbre al 100 por ciento. El fanatismo propone un enemigo fácilmente identificable (los judíos, la Iglesia, la derecha, la izquierda, el espurio, etcétera). Como consecuencia produce un registro de unidad y de coherencia que refuerza el mecanismo, el fanático se siente seguro y su seguridad refuerza el fanatismo. Su certeza le libera del temor y esa liberación refuerza su fanatismo.
El fanático en política defiende a ultranza sus opiniones y se enfrenta violentamente a las otras. Suele ser intolerante y obcecado. Ciertamente se supone que todos consideramos a nuestras ideas como las mejores, pero de allí al fanatismo hay una buena distancia. La incapacidad para escuchar o de plano tolerar a quien piense diferente ya indica un problema. El fanático no soporta que lo contradigan, se pone tenso, se excita y se enfurece contra el que opina diferente. No soporta los argumentos del otro porque lo obligan a cuestionar sus creencias.
Pero tampoco debemos creer que los fanáticos nunca reflexionan. Sí lo hacen, dentro de sus limitaciones, hasta llegar a un convencimiento absoluto y ahí se estacionan para no cambiar jamás.
Muchos pueden parecer tranquilos, incluso buenas personas. La imagen del fanático crispado, con los brazos en alto, en pleno delirio y vociferando en un mitin «democrático» o en apoyo al «legítimo» es engañosa. El fanatismo es compatible con una apariencia tranquila y presenta, no pocas veces, convincentes señales de «moderación». No necesita ser siempre un personaje irritable o agresivo. Su sintonía con la ideología del líder es tanta que le basta como canal de expresión de sus sentimientos y aspiraciones. El fanático piensa y siente como el líder indica. Todo lo que se salga de esa horma está mal.
Un personaje le da sentido al fanatismo: El caudillo, individuo que exige una subordinación total del pensamiento individual a su «causa» que en realidad no es otra que la satisfacción de su patológico ego, enmascarado bajo la promesa de justicia social y poder para el pueblo y sus seguidores. La historia está llena de estos nocivos personajes, tan antiguos como Pisístrato en Atenas pasando por Robespierre, Saint Just y Marat en la Francia revolucionaria, hasta llegar a los más emblemáticos de todos, el Führer Adolfo Hitler y el «padrecito» Stalin. Aunque no debemos olvidar a otros siniestros personajes como David Koresh (Waco, Texas) y el reverendo Jim Jones (Guyana) que si bien son menos conocidos también tuvieron su cauda de fanáticos que abrazaron su causa hasta la muerte. En México tenemos uno, vigente y muy activo, personaje que, junto con los anteriores, comparte las características descritas por Vallejo-Nájera: Un «delirio crónico, sistematizado, irrebatible a la argumentación lógica y que se relaciona con las vivencias del sujeto, conservando éste íntegra su inteligencia, memoria, lucidez de la conciencia, siempre y cuando su aplicación no afecte al tema del delirio».
No faltará quien cavile y se asombre de que en nuestros tiempos, cuando tenemos rápido acceso a una mayor información, de mejor calidad, y sobre todo contrastable, aún puedan existir individuos capaces de rendirse intelectualmente ante un fanático mesías. La respuesta es altamente compleja, y tiene que ver con lo cómodo que resulta que otros piensen por uno, con la controvertida sentencia «infancia es destino», con la pésima educación mexicana que da como resultado una sociedad inculta, saturada por la telebasura e intoxicada por publicaciones «objetivas» facciosas, con una clase política ignorante y corrupta, funcionarios sin preparación, injusticia e impunidad del 95 por ciento, jueces venales, comerciantes inescrupulosos etcétera. Todo esto genera un muy justificado malestar social que un «iluminado» demagogo fácilmente puede capitalizar.
Un dato interesante sobre el peligro que representa un solo fanático: El 28 de junio de 1914 fue asesinado en Sarajevo el archiduque de Austria, Francisco Fernando, por un fanático nacionalista serbio, Gavrilo Princip, individuo intoxicado por el hipernacionalismo de su grupo. Ese asesinato desencadenó la Primera Guerra Mundial. El costo en vidas fue millonario, amén de que sentó las bases para la Segunda Guerra Mundial.
Mal asunto el fanatismo. Y más malo promoverlo.