Opinión

MORELIA
«El Estado soy yo»
Se confirma, ya sin duda, que el que mueve los hilos del grupo de legisladores lacayos no es otro que Andrés Manuel López Obrador
Alejandro Vázquez Cárdenas Miércoles 30 de Abril de 2008
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Con esta frase «el Estado soy yo», el rey Luis XIV de Francia (1638-1715) puso punto final a cualquier discusión sobre los intereses y el destino de su país. El
también llamado Rey Sol, máximo representante del llamado «absolutismo» gobernó prácticamente sin contrapesos durante su dilatado reinado, su voluntad era ley y contra su voluntad nada se debía hacer.
A la muerte de su preceptor, el cardenal Mazarino, Luis XIV decidió ejercer personalmente el poder. Su concepto de una monarquía de «derecho divino» le convertía en un auténtico lugarteniente de Dios en la Tierra, y en encarnación viva de todo el reino. Dueño de un poder absoluto, su persona y su voluntad tenían un carácter sagrado e inviolable, se esforzó por controlar todas las actividades de gobierno, desde la regulación de la etiqueta cortesana hasta las reformas económicas o las disputas teológicas.
La historia tiende a repetirse, aunque la segunda vez como farsa, como lo apreciamos en la grabación dada a conocer recientemente por diversos medios, donde se escucha el ríspido alegato entre López Obrador y Carlos Navarrete, diálogo que muestra la verdadera naturaleza del Mesías. Por cierto, la grabación es producto de la acuciosidad de reporteros y no de filtraciones del CISEN como mendazmente insistían los súbditos de López. El atropellado diálogo confirma lo que desde hace tiempo se ha señalado en los medios no subordinados a la voluntad del Peje; las palabras no dan lugar a otras interpretaciones, no contento de calificar como «vacilada» la necesaria discusión sobre el futuro de Pemex, un demenciado López afirma: «Este movimiento lo desencadené yo y los diputados y senadores deben estar atentos a lo que el movimiento resuelva». Y con el mismo tono enérgico, anunció que haría modificaciones al documento de anteproyecto del debate firmado por Graco Ramírez, lo que desencadenó el enojo de Navarrete, el cual responde: «A ver, para que nos quede bien claro, Andrés Manuel, ¿entonces el movimiento eres tú?» «Sí, soy yo», gritó el Mesías en medio del cobarde silencio de los coordinadores parlamentarios de Convergencia, Dante Delgado y Alejandro Chanona; del PT, Ricardo Cantú y Alejandro González Yáñez; del líder de ese partido, Alberto Anaya, así como del coordinador de los diputados del PRD, Javier González Garza.
Hay que agradecerle al Mesías el haberse despojado de todo barniz de democracia; después de este diálogo es imposible adjudicarle el más remoto interés por la misma. Pero la tragedia no para ahí, el actual PRD ha derivado en burda copia del viejo PRI y sus legisladores han escenificado, sin la menor autocrítica, la ridícula farsa de un secuestro del Congreso, mostrando su sometimiento a un líder ambicioso, protagonista de ese otro megar idículo que es el autonombrarse (y creerse) presidente legítimo.
Los actuales «legisladores» del PRD son un rebaño idéntico al existente en los tiempos de Gustavo Díaz Ordaz, Luis Echeverría, José López Portillo, Miguel de la Madrid y Carlos Salinas. No hay ninguna diferencia con ellos. En un gran salto al pasado ahora tenemos legisladores que, como borregos sin cerebro, cumplen todo sin cuestionar. Si se les ordena desconocer el proceso electoral, lo desconocen, aunque ellos mismos sean producto de ese proceso, secuestrar al Congreso lo secuestran, violentar la legalidad y la violentan, hacer el ridículo disfrazados de «petroleros» y lo hacen y finalmente se les ordena mentir y mienten.
¿Cómo se llegó a esto? Entre otras muchas razones hay que tomar en cuenta el origen de sus militantes y legisladores, una buena parte de ellos procede de medios económicos y culturales bajos, algunos con profundos y al parecer insuperables resentimientos sociales y muchos otros notoriamente proclives al dinero fácil y rápido. Son escaladores oportunistas «trepadores sociales» y el partido les ha dado la posibilidad de salir rápidamente de sus problemas económicos. ¿Ejemplos?, muchos, cuestión de abrir los ojos y hacer un poco de memoria. Por dinero y poder bailarán al ritmo que les toquen, se disfrazarán de lo que sea y sin perder la sonrisa soportarán la humillación que sea.
El círculo se ha cerrado, el PRD ha sido colonizado por la escoria política, la basura que nadie aceptaba ha encontrado cobijo y protección bajo el manto del Mesías. La reciente renuncia de una de sus escasas figuras rescatables, Rosa Albina Garavito, abandonando el partido por vergüenza y dignidad, muestra el tamaño del desastre perredista.
Se confirma, ya sin duda, que el que mueve los hilos del grupo de legisladores lacayos no es otro que AMLO. Esto a nadie sorprende, sólo pone en evidencia el pequeño tamaño de los legisladores del FAP.
Add. Diccionario político mexicano. Lacayo: adj. Servil, bajo, rastrero, dícese de los legisladores del FAP (Fractura Amplia Progresiva).