Opinión

MORELIA
Terror y miedo
Carlos Enrique Tapia Domingo 20 de Abril de 2008
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Ante el fracaso, la estupidez y la absoluta falta de inteligencia para conducir una nación, impulsar un debate civilizado,
abrirse a las opiniones y democratización de una sociedad crecientemente activa y politizada, los fascistas y derechistas mexicanos, entre quienes hay que contar a panistas, priístas, yunques, católicos, empresarios, medios y jilguerillos al servicio del calderonato, se prefiere aterrorizar y amedrentar a los mexicanos organizados.
Los «opinólogos», en radio, prensa impresa, televisión, que vomitan exabruptos, siembran terror, miedo y odio, en contra de AMLO y el movimiento ciudadano que se opone a la entrega sin más del petróleo a privilegiados de éste y otros países, muestran fehacientemente sus abusos a la libertad de expresión y al derecho a la información al querer hacer pasar como tales sus desaguisados.
Acusar de autoritario, dictador, enajenado a AMLO, los pone en el plano de la estupidez humana, del abuso del poder, pues demuestran su negativa sin argumentos a debatir, discutir. Enseñan su enfermiza abyección al calderonato y su interesada transmutación en sostenedores de los aparatos ideológicos del Estado, desde donde se niega cualquier cuestionamiento a discursos, acciones y políticas autoritarias, mentirosas y abusivas.
La entrega del petróleo a nativos y extranjeros privilegiados requiere, le guste o entienda o no el señor Calderón, un debate, el cual no puede ser encapsulado en cuestiones presuntamente «técnicas». No puede eludirse lo «político», porque es un elemento crucial para definir el destino de un bien nacional, como lo marca la Constitución de 1917.
El abuso antidemocrático, carente de argumentos, de la «opinión» en radio, prensa escrita, televisión, que tiene como único referente a AMLO, ignora deliberada y vergonzosamente la discusión central: el petróleo, su posible reforma y destino. Insultan a la inteligencia humana los adjetivos y calificativos que hacen pasar como «opiniones públicas», cuando en realidad son parte de su compulsiva obsesión por un personaje político que está marcando con mucho el rumbo del país.
Que quede claro: No soy perredista, tampoco «amloista»; me ubico en esa franja de la sociedad mexicana que pugna por cambios reales, no simulaciones corruptas como las impulsadas por PAN y PRI.