Opinión

MORELIA
Intelectuales «legítimos»
No existen criterios absolutamente objetivos para identificar como intelectual a nadie. Se trata de una palabra cuyo significado está inevitablemente matizado por percepciones sociales
Alejandro Vázquez Cárdenas Miércoles 9 de Abril de 2008
A- A A+

Iniciemos con la definición de «intelectual». El Diccionario de la Real Academia Española, en su vigésima segunda edición, nos informa que intelectual viene del latín inte-
llectualis y que es un adjetivo con tres acepciones: «perteneciente o relativo al entendimiento», «espiritual, incorporal» y «dedicado preferentemente al cultivo de las ciencias y las letras».
Pero eso es muy simplista, en realidad el término «intelectual» tiene una connotación social de prestigio. Se supone que esa actividad dedicada al pensamiento tiene una dimensión y una repercusión públicas que se consideran valiosas. El problema es que en muchas ocasiones la aplicación del término depende del grado de afinidad ideológica, política, etcétera, que tenga quien lo aplica con respecto de la persona que se esté considerando.
No existen criterios absolutamente objetivos para identificar como intelectual a nadie. Se trata de una palabra cuyo significado está inevitablemente matizado por percepciones sociales, lo que la convierte definitivamente en imprecisa.
Ciertamente los intelectuales son una expresión de su tiempo, un producto de la sociedad en que viven. Sabemos que siempre ha existido en cada época un grupo de personajes que tienen poder ideológico en contraposición con el poder político, meramente temporal. Invariablemente han sido incluidos dentro de una especie de «élite», con frecuencia artificiales ya que supuestamente cumplen una función social relacionada con la producción y administración de la cultura, y el saber de una sociedad. También, supuestamente, tienen una educación amplia, aunque no necesariamente formal y utilizan como herramientas fundamentales el raciocinio y la inteligencia.
Podemos concluir que no existe un criterio uniforme para definir con exactitud quién es y quién no es un «intelectual». Lo que para un grupo respetable de ciudadanos es un arquetipo de intelectual, para otro grupo de ciudadanos, igual de respetable, es simplemente un hábil charlatán. La escritora que para muchos es una maravilla literaria, para otros es simplemente una mediocre pergeñadora de historietas, con buenos contactos políticos
Lo anterior viene a colación por una de las últimas vaciladas del señor López Obrador y su comité de salvación pública, (véase Revolución Francesa), cuando, a consecuencia de algún corto circuito neuronal que sufrió al insolarse en el Zócalo, se le ocurrió nombrar a un comité de intelectuales para la defensa del petróleo. Este variopinto «comité», que debemos suponer integrado exclusivamente por «intelectuales legítimos», cuenta, entre otros individuos, con la infaltable Elena Poniatowska, Margo Glanz, Ida Rodríguez Prampolini, Laura Esquivel, José Emilio Pacheco, Sergio Pitol, Enrique González Pedrero, Carlos Monsiváis, Fernando del Paso, Lorenzo Meyer, Hugo Gutiérrez Vega, José María Pérez Gay, Arnaldo Córdova, Rolando Cordera, Héctor Vasconcelos, David Ibarra, Luis Javier Garrido, Carlos Pellicer López, Enrique Semo y varios más. Muy completo, sólo faltó Noroña.
Indudablemente para muchos de ellos el saberse calificados como «intelectuales» por él «legítimo» debe ser motivo de orgullo, faltaba más. Sólo que analizando la lista encontramos personajes como Enrique González Pedrero, Luis Javier Garrido, Arnaldo Córdova, Laura Esquivel, Carlos Payan y otros que sólo estirando al máximo el concepto de «intelectual» podemos intentar aceptarlos, y eso con reservas.
El objetivo de este comité es deliberadamente impreciso, y su primera declaración oficial, hace unos días, no puede presumir precisamente de sentido común y congruencia.
Pero, ¿para qué le sirven al «mesías» estos hipotéticos «intelectuales», de discutible autoridad por estar notoriamente al servicio del gobierno legítimo? Pues resulta que muchos gobiernos y prácticamente todos lo dictadores y caudillos, sean de izquierda o de derecha, sienten la necesidad de arroparse en el prestigio de los intelectuales, lo cual logran con cierta facilidad, pues no resulta difícil comprar a muchos de estos individuos, todos tienen un precio, todos tienen un ego inmenso y eso los pierde. Pero veamos algo interesante, ¿podemos nosotros, los pobres mortales, confiar en los «intelectuales»?, ¿será que equivocan a veces? Contundentemente podemos afirmar que sí. Y vaya que bastante. Unos cuantos ejemplos: Carl G Jung, uno de los padres de la psiquiatría, era admirador y seguidor de Adolfo Hitler. Decía que «Hitler es el altavoz que amplifica el murmullo inaudible del alma alemana». De paso admitió también sus simpatías hacia Mussolini. Werner Karl Heisenberg, Premio Nobel como creador de la física cuántica y del Principio de Incertidumbre, fue un nazi absolutamente convencido. Knut Hamsun, Premio Nobel de Literatura, fue admirador hasta el fin de su vida de Hitler, nunca se arrepintió. Si no es suficiente menciono otros de similar calibre, todos fervientes defensores de la doctrina nazi: Celine, D’anunnzio, Heidegger, Ezra Pound. Todos, absolutamente todos, son personalidades de primerísima línea, no gente de medio pelo como los «intelectuales» nominados por el «legítimo», varios de ellos ya muy dañados por el implacable paso de los años.
Quizá lo más coherente y descriptivo sobre el hacer y el pensar de un intelectual lo menciona Savater en el siguiente texto: «Cuando se me pregunta qué es un intelectual sólo se me ocurre una respuesta: considero intelectual a todo aquel que trata a los demás como si fueran intelectuales o para que lleguen a serlo. Será así intelectual el que aspira a hacerle pensar. Y quienes sólo deslumbran no merecen ese nombre, por muchos títulos académicos que posean...».
Fue lo más sensato que encontré.
drvazquez4810@yahoo.com