Opinión

MORELIA
Eutanasia o el derecho a morir con dignidad
El tema de la eutanasia es apasionante y debe abordarse con detenimiento, seriedad y sobre todo, conocimiento de lo que se discute. Para oír tonterías ya hay bastantes espacios radiofónicos y televisivos
Alejandro Vázquez Cárdenas Miércoles 27 de Febrero de 2008
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Tema tan viejo como la humanidad, pero reactivado a partir de la segunda mitad del siglo XX, el asunto de la eutanasia o muerte asistida ha sido tema re-
currente en infinidad de congresos, mesas redondas, simposios, foros y sobre todo en densos y sesudos ensayos escritos por expertos y otros no tan expertos de las áreas de la medicina, leyes, sociología, religión, etcétera.
Literalmente eutanasia significa «buena muerte», pero quizá sea eso el único detalle en el que todos estén de acuerdo. El tema es conflictivo como pocos, y por su amplitud se presta para que cada persona exponga, con mayor, menor o nulo sustento, su personal opinión. El problema, como siempre, no es el sostener opiniones antagónicas, sino que el opinante sepa de qué está hablando.
Todas las personas que opinan son muy respetables, pero por elemental sentido común no todas las opiniones son respetables. Ejemplo sencillo: si pedimos datos sobre la primera ley de la termodinámica a un tablajero, su opinión no puede ser tomada con seriedad, igual si a un acomodador de autos le pedimos su opinión sobre el uso de ventiladores volumétricos en el síndrome de insuficiencia respiratoria progresiva, su opinión no será respetable. Lo que es respetable es la persona, no lo que dice.
Partiendo de la base de que vivimos en un Estado laico, donde la Iglesia, cualquiera que ésta sea, católica, presbiteriana, anglicana, testigos de Jehová, etcétera no tienen injerencia de los aspectos legales de la República, salvo por el voto individual de cada uno de sus miembros. Aceptando también que existe una gran cantidad de ciudadanos agnósticos y otros definitivamente ateos, a los cuales poco o nada les interesa la opinión de cualquier ministro del rito que sea y recordando también, para tranquilidad de conciencia de los aceptantes del rito católico, que el mismo Papa Pío XII autorizó la desconexión de un ventilador automático en un paciente terminal con muerte cerebral. Tomando en cuenta todo lo anterior, y obligadamente armados con un sólido bagaje académico y cultural, podremos entonces discutir el espinoso tema de la eutanasia.
Temas como éste jamás se deben legislar «al vapor» ni obedeciendo a situaciones meramente electoreras. Deben integrarse diversos grupos de trabajo con médicos, abogados y psicólogos. Pueden agregarse sociólogos, historiadores y algún otro representante de las áreas de humanidades. Pero sinceramente no encuentro razones para agregar disciplinas tales como arquitectura o astrofísica. Y, a riego de desatar las furias de los fundamentalistas tampoco veo la conveniencia de meter en esta discusión a un sacerdote y menos del rito católico, ¿por qué?, muy sencillo, ellos deben obedecer y acatar una serie de dogmas y reglas que no admiten discusión, para ellos esos dogmas son verdades absolutas y no están sujetas a discusión alguna. Su posición es previsible e irreductible y la posibilidad de acuerdos con ellos es inexistente.
Ahora bien, entendamos que no se trata de legislar un suicidio asistido, y que de ninguna manera se dejaría la decisión a la pura voluntad del paciente, pues es más que sabido que en una depresión mayor, originada por lo que sea, el impulso suicida del paciente es grande. Tampoco sería por la simple voluntad de un solo médico, así sea un especialista altamente calificado, mucho menos si se trata de un médico general de discutible capacidad académica y mortecino currículum. Una decisión de este calibre debe ser tomada por un comité adecuado y estar sólidamente fundamentada.
Se trata de legislar para casos de pacientes terminales, con daños irreversibles, con dolores intratables mediante el arsenal terapéutico habitual. Pacientes que, con plena conciencia de su situación, debidamente informados de su padecimiento y enterados de sus nulas alternativas para un tratamiento útil, decidan que la vida que les queda, habitualmente semanas, ya no tiene ni va a tener una calidad aceptable para ellos. Pacientes que prefieren abandonar este mundo conservando un mínimo de dignidad y no con bolsas de colostomía, sondas en varios lados, con pestilentes y terribles ulceras de decúbito con los huesos expuestos, observando la angustia de sus familiares que miran cómo su paciente se consume día a día. Valorar la familia junto con un comité si tiene alguna utilidad el sacrificio del paciente, la agresión emocional a los familiares, el uso de complejos, costosos y para colmo muy escasos recursos en un paciente que fatalmente morirá, prevenir el encarnizamiento terapéutico de algunos metalizados profesionales de la medicina de hipertrofiado ego (y cartera) pues en el caso de la medicina privada, un paciente de estas características invariablemente mandará a la ruina a casi cualquier economía familiar.
Un paciente con un cáncer en etapa terminal, con siembras en pulmones, hígado, huesos, consumido, esquelético, sin control de esfínteres, sufriendo constantemente por las dolorosas metástasis en columna y la invasión neural, y que para colmo está plenamente consciente de su situación, debe, a mi juicio, poder escoger, por elemental humanidad, la posibilidad de acortar y terminar su agonía en el momento que él lo desee. Sostener lo contrario, exigir que se prolongue el sufrimiento por semanas, sin esperanza alguna, muestra una crueldad y un desprecio absoluto por la dignidad del paciente. Solamente una mentalidad tipo Torquemada, que aceptaba las peores torturas con tal de que se salvara el alma del desdichado es capaz de pensar así.
Como el ejemplo anterior puede haber otros, un SIDA en todo su esplendor, un cuadripléjico que no acepte su situación y le valgan gorro las pláticas de resignación que quieran darle y muchos otros casos.
El tema es apasionante y debe abordarse con detenimiento, seriedad y sobre todo, conocimiento de lo que se discute. Para oír tonterías ya hay bastantes espacios radiofónicos y televisivos.
drvazquez4810@yahoo.com