Opinión

Inolvidable Concha Michel
Cambio de Michoacán Domingo 30 de Diciembre de 2007
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«¿De dónde sacas tú, amiga mía,

invencible luchadora,

esa sabiduría, para ponerla

al servicio de tu pasión?...»

Luis Álvarez B. (1966)

Rodeada de un «discreto silencio institucional», un 27 de diciembre de 1990 murió, en la ciudad de Morelia, Michoacán, Concepción Michel, quien entonces contaba con 93 años.

Perteneciente a una generación de comunista que hicieron de la cultura un ejercicio constante de agitación y propaganda de las luchas revolucionarias, escribió diez obras de teatro, publicó diversas investigaciones sobre comunidades indígenas y también compuso numerosas canciones de las que ella misma era intérprete, popularizado «Sol redondo y colorado» como himno comunista mexicano.

El Catálogo bibliográfico de mujeres en México nos dice que Concha Michel nació en 1899 en Villa de Purificación, Jalisco. Su abuelo, Luis Michel, era un señor feudal de la Costa jaliciense, donde nació Concha. Como era una niña ingobernable, la familia decidió recluirla a los siete años de edad en el Convento de San Ignacio de Loyola, que su abuelo había hecho construir en el pueblo de Ejutla, Jalisco. De ahí fue expulsada luego de organizar una fuga de novicias y una quema de santos. A los nueve años de edad empezó a cantar acompañada de su guitarra, cuando trabajó en las misiones culturales y a los catorce años se fue a recorrer el mundo.

Salió de México con 17 dólares y visitó 17 piases, ganándose el viaje interpretando canciones de todos los lugares en que estuvo. Primero en Nueva York, donde permaneció cerca de un año contratada en la Escuela de Ciencias Sociales. Luego viajo a Europa y a la Unión Soviética, donde trató a las grandes dirigentes de la Revolución: Nadiezha Krupskaia, Alexandra Kolontai y a Clara Zetkin, observando la condición de la mujer en un país socialista.

Regresó a los años postrevolucionarios a México y con su guitarra recorrió el país, cantando sus propias canciones, sus corridos revolucionarios y anticlericales y también recopilando un cancionero indígena que llego a contar con cinco mil piezas; cancionero que nunca fue publicado por desinterés oficial.

Militaba en el Partido Comunista en 1918 y casó con Hernán Laborde, secretario general del partido. En 1925 y 1926, estuvo comisionada por la Secretaría de Educación para recorrer el país y recoger ejemplos del folklore.

Fue además, maestra, activista política, conferenciante y dramaturga. A causa de su posición feminista, fue expulsada del Partido Comunista, lo que no hizo mella en su trabajo comprometido, entregando sus bienes, en los años setenta, a la Secretaría de Educación Pública para constribuir con ellos al desarrollo de la enseñanza de los textiles; habiendo participado en la creación de varios talleres campesinos en Michoacán.

Concha Michel, escritora, también se adelanto por varios años a muchas feministas, escribiendo su poema «Dios, nuestra señora», término que incluso ahora está siendo recuperado por la Pastoral Indígena en muchos países. Este poema, escrito a principios de los años sesenta, se basa en la concepción que de la vida se tenía en sociedades o culturales llamadas «primitivas», o sea dentro del matriarcado o comunismo también llamado «primitivo», donde fundamental y sabiamente se tenía el concepto de que el principio de la vida es dual: femenino y masculino. Concha escribió ese poema con indígenas y valentía, con agresividad y sinceridad:

«Mujer, Madre del Hombre.

Humillada hasta lo más profundo de tu ser.

Para el fraile eres la imagen del pecado;

para el político, instrumento de placer;

para el artista, quizás un tema estético

y para el sabio,

un «caso» que no ha podido resolver…»

Y conocí ese libro-poema de Concha Michel en los años setenta, y como muchas mujeres, encontré en él la pauta para reafirmar mi convicción de que la existencia de dos sexos no da razón para que se excluya a uno de ellos. Todo en la vida es dual: masculino y femenino… Por tanto, se debe buscar la colaboración satisfactoria entre ambos, fieles a la integración del ser humano, de ese ser que se forma de dos seres, accidental y transitoriamente separados.

A principio de los ochenta, Concha Michel, junto a otras ocho mujeres, entre las que se encontraban Aurora Reyes, Natalia Moguel y Antonieta Rascón, firmaron un documento denominado La Dualidad, cuya propuesta consistía en un programa de acción mundial para que mujeres y hombres se incorporaran a una permanente lucha ideológica y afirmativa contra el autoritarismo patriarcal.

«Mientras no se integre el concepto de «dualidad», base fundamental de la sociedad, la dirección de la humanidad seguirá equivocada, porque las facultades de la mujer que son básicas para la reproducción y defensa de la vida, no pueden tener una aplicación adecuada y satisfactoria. La mujer actual está a tal grado nulificada, que antes de obtener su participación ideológica en las organizaciones que existen, deberá desarrollarse hasta alcanzar su calidad humana» -mencionan las conclusiones del documento.

El doctor Héctor Solís Quiroga, quien prologó el libro Dios Nuestra Señora, afirmó en 1966: «Tiene razón Concha Michel. Dios no puede ser varón aunque los hombres lo hayamos imaginado así.- Su principio, para ser universal, deberá ser dual, y esa dualidad, por solidaria, es siempre la unidad. Hombre y mujer solidarios representan la unidad en la célula vital».

Aquí en Pátzcuaro hay quien te recuerda Conchita.