Política

MORELIA
Lucha política y terrorismo electoral
La tónica de la disputa electoral ya ha dejado constancia de lo mucho que está en juego y de la obcecación del campo derechista de ganar a toda costa pese a que se sabe que está en gran desventaja
Eduardo Nava Hernández Jueves 8 de Noviembre de 2007
A- A A+

En 1981 se disputaba en Francia la Presidencia de la República entre el entonces mandatario Valéry Giscard D’Estaing y su opositor François Mitterrand,
fundador y líder del Partido Socialista. Cerca del final de la campaña las encuestas registraban el ascenso del candidato izquierdista y la reducción de la amplia ventaja que inicialmente habían dado al gobernante de origen gaulista. Cuando las preferencias aparecían ya en un empate técnico, salió a la luz el escándalo de la estrecha relación del presidente galo con Jean Bedel Bokassa, primero presidente y luego autoproclamado emperador de la República Centroafricana, que fue convertida por él en Imperio, y quien había sido depuesto en 1979 por un golpe militar. Durante el tiempo que el llamado Bokassa I estuvo en el poder, cometió toda suerte de crímenes, pero abastecía de uranio a Francia y cultivaba una estrecha amistad con el mandatario francés, a quien invitaba a safaris y a quien en diversas ocasiones regaló diamantes.
Por eso, en las elecciones cruciales del 81, los jóvenes socialistas colocaron sobre la propaganda de Giscard una pega que cubría los ojos a su fotografía con dos diamantes alusivos a los nefandos obsequios del déspota centroafricano. Finalmente, en aquel memorable mayo, el candidato socialista se levantó con un triunfo que expresaba al mismo tiempo la reprobación de los electores a la corrupción y escandaloso patrimonialismo de su gobernante. ¿Era ilícito o ilegítimo que el PSF utilizara como tema de campaña un hecho que estaba plenamente acreditado y que avergonzaba a propios y extraños? No lo era, porque no se hacía sino poner de relieve la dudosa calidad moral de quien aspiraba, desde el poder que ostentaba, a ser reelegido, en un proceso del que dependía el futuro político de la nación.
Refiero lo anterior porque la tónica que adquirió la campaña mexicana de 2006, y que ahora se ha reproducido en los comicios locales de Michoacán, ha puesto en el debate a la llamada propaganda negativa, también llamada por algunos guerra sucia. Como se sabe, ésta ha consistido en que el Partido de Acción Nacional y sus aliados lanzan, generalmente de manera anónima, descalificaciones basadas en falsedades y medias verdades para infamar y descalificar a sus adversarios, ante el fundado temor de que éstos ganen la elección. Habiéndoles rendido un apreciable servicio para reducir la ventaja que llevaba Andrés Manuel López Obrador el año anterior con respecto de su candidato, esa táctica ha sido reproducida con papel carbón en la presente campaña michoacana. De spots de televisión, inserciones periodísticas y correos electrónicos se han servido los panistas para lanzar a sus adversarios acusaciones de endeble fundamento o descalificaciones genéricas, no sustentadas en hechos concretos No podía faltar, por supuesto, el señalamiento: «Godoy es un peligro para Michoacán», que al reproducir la divisa que el año anterior constituyó el eje de la campaña contra AMLO, se va convirtiendo en distintivo de la propaganda panista y en su tema favorito contra los candidatos perredistas.
El artículo 35 del Código Electoral del Estado, en su fracción XVII, obliga a los partidos a «abstenerse de cualquier expresión que implique diatriba, calumnia, infamia, injuria, difamación o que denigre a los ciudadanos, a las instituciones públicas o a otros partidos y sus candidatos, particularmente durante las campañas electorales y en la propaganda política que utilice durante las mismas». Sin embargo, esa disposición es burlada constantemente, con la complacencia e inacción del Instituto Electoral del Michoacán, que dilata su intervención dejando pasar la ilegal propaganda que el campo blanquiazul viene haciendo durante las últimas semanas.
Lo importante es, en todo caso, contrastar entre una campaña que utiliza -como en el referido caso francés- hechos plenamente documentados para señalar las incongruencias políticas o morales del adversario y la que se centra en la manipulación de la información para mover no el razonamiento sino los temores de los ciudadanos. Por esa vía se abona el terreno para la irracionalidad que, de prosperar, lleva a la pasividad de los electores y a que éstos endosen a los gobernantes, en aras de la seguridad y el orden elevados a valores supremos de la estructura social, las decisiones fundamentales del quehacer político. Se busca establecer un trueque perverso, ajeno a la política racional que pretendidamente debiera regir en la democracia moderna: dame el poder y yo te defenderé y protegeré de las amenazas de las que yo mismo te estoy alertando (aunque sean falsas o exageradas, siempre con el mismo propósito de alcanzar o conservar el poder). No de otra forma se han edificado las doctrinas de seguridad nacional, la lucha contra el terrorismo y, en su forma más extrema, el fascismo, apoyado precisamente en la angustia inducida o provocada y la oferta de energía para combatirla. Los nazis ordenaron el incendio del Parlamento alemán en 1933 para generar la imagen de caos que los llevaría a ganar las elecciones e instalarse definitivamente en el poder. No se trata, en rigor de guerra sucia, sino de verdadero terrorismo político frente al que el IEM ha mostrado absoluta incapacidad o desidia. El proceso se ha salido de su control.
La lucha electoral no sólo se ha llenado en Michoacán, contrariamente a lo que los candidatos y partidos ofrecieron en el inicio de la campaña, de propaganda infame; las denuncias de intervención de operadores externos del PAN y, sobre todo, de su aliado Nueva Alianza, en calidad de capacitadotes electorales, han tendido sobre el proceso amenazas que necesariamente remiten al fraude y al atraco electoral del 2006, que ahora proyecta su densa sombra sobre el estado de Michoacán.
Y ahora, los signos más ominosos han hecho presencia en la coyuntura local. Una emboscada en Tzitzio, que costó la vida a por lo menos tres simpatizantes del PRD y dejó a varios más heridos podría estar relacionada con el proceso electoral. Si bien se trata de una zona donde es sabido que operan bandas de delincuencia organizada, resulta significativo que no hubiera en este caso intento de robo a la familia que, a bordo de una camioneta regresaba a su lugar de residencia después de asistir en Tafetán al cierre de campaña del candidato del PRD a la Presidencia Municipal. Sería aventurado asegurar, pero tampoco debiera ser descartado, que los sangrientos hechos estén relacionados con la lucha política en la región. Y en Sahuayo, el director del semanario La Verdad, Jorge Martínez Martínez, denuncia ante el Ministerio Público haber sufrido dos atentados en la pasada semana cuando se trasladaba a bordo de su vehículo.
En cualquier circunstancia, el inmediato esclarecimiento de los atentados y la identificación de los responsables son indispensables para despejar el ambiente de cara a los comicios. La tónica de la disputa electoral ya ha dejado constancia de lo mucho que está en juego y de la obcecación del campo derechista de ganar a toda costa pese a que se sabe, por diversas razones que tienen que ver con la cultura local y hasta con la selección de sus candidatos, en gran desventaja. La amarga experiencia de 2006 ha mostrado hasta dónde los intereses económicos y políticos que esa ala del espectro político representa pueden conducir la elección. La alianza de fuerzas que ilegítimamente llevó a Calderón a ocupar la Presidencia de la República está actuante también en Michoacán. Dependerá de la participación y, en su caso, la movilización social impedir a escala local un despojo semejante al que los mexicanos ya vivimos.