Opinión

MORELIA
Hacia dónde va el PRD
El PRD dista de encontrarse a la altura de las tareas históricas que la más importante formación de izquierda enfrenta
Eduardo Nava Hernández Jueves 23 de Agosto de 2007
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El Partido de la Revolución Democrática llegó a su X Congreso Nacional la semana anterior enfrentado a una de las coyunturas más difíciles de su breve pero intensa
vida, y atravesado por la tensión y confusión que generó la amarga experiencia de una derrota electoral sustentada en la violación sistemática de la legalidad por los poderes públicos y en la decisión de las clases dominantes de utilizar la democracia sólo para refrendar y fortalecer la senda ya trazada con anterioridad para el país.
Pero dicho congreso evidenció también que ese partido -un protagonista central de la lucha democrática en el país durante las últimas dos décadas- dista de encontrarse a la altura de las tareas históricas que la más importante formación de izquierda en el país enfrenta. Al menos hacia el exterior, la imagen que el PRD ha proyectado es la de encontrarse al borde de la ruptura y en donde pesan más las posiciones de las diversas corrientes que lo habitan que el debate político e ideológico acerca de los temas nacionales más importantes. La salida de un amplio grupo de delegados del Frente Político de Izquierda después de que en el documento de línea política se aprobara por mayoría la propuesta de Nueva Izquierda de impulsar en el Congreso la «sustitución del llamado informe presidencial por un debate parlamentario y republicano entre poderes sobre el estado de la nación, en el marco de un nuevo régimen político», y la amenaza, ya conjurada, de recurrir esa votación inclusive ante las instancias judiciales, envían una inequívoca señal de profunda división que puede desembocar en la crisis del proyecto partidario.
Y es que el desarrollo del congreso se centró en dos grandes temas: la reforma estatutaria y la definición de la mencionada línea política, temas relacionados pero en los que no se logró conciliar las propuestas. En cuanto a la reforma de los estatutos partidarios, lo más destacado es el haber cerrado la participación en la elección del presidente del partido tan sólo a los militantes y no a los ciudadanos en general, como se ha hecho en otras ocasiones. Esta resolución inclina la balanza para la próxima elección a favor de Jesús Ortega, jefe real de Nueva Izquierda, como la corriente que controla el mayor número de espacios dentro de la estructura del partido, y reduce las posibilidades de Alejandro Encinas como candidato del bloque partidario y social de Andrés Manuel López Obrador.
En el aspecto de línea política, el mencionado párrafo se convirtió en la manzana de la discordia al plantear por primera vez la posibilidad de establecer en el ámbito parlamentario la interlocución con Felipe Calderón y por tanto, su implícito reconocimiento como presidente de la República. Lo era necesariamente, porque con anterioridad se había aprobado, dentro del mismo documento y por unanimidad, la afirmación de que el partido, bajo ninguna circunstancia, entablaría un diálogo con quien ocupa ilegítimamente la Presidencia.
De esa manera, se sancionó oficialmente el alejamiento de los legisladores perredistas, diputados y senadores, con respecto de la línea que los llevó a ocupar un lugar en el Congreso de la Unión. Podrán los parlamentarios decidir con autonomía frente al partido los acuerdos que los lleven a pactar acuerdos con otras fracciones en las cámaras dentro del mencionado «debate parlamentario y republicano entre poderes».
Los antecedentes más visibles de esa bifurcación de caminos entre distintos segmentos del partido se encuentran en la aprobación de la Ley de Derechos Indígenas en el Senado, en el 2001, y de la Ley de Telecomunicaciones (conocida coloquialmente como Ley Televisa) en la Cámara de Diputados, pero no se limitan a ellos. La inconsecuencia ha marcado en muy diversos momentos a un partido, al postular como sus abanderados a recién desempacados ex priístas que coyunturalmente hacen suya la causa del perredismo (entre los casos más resonantes está, por supuesto el del gobernador chiapaneco Juan Sabines, que sigue cogobernando con el PRI, más que con su nuevo partido). Hace tiempo que el discurrir partidario da cuenta de la burocratización de sus cuadros, que se ubican en posiciones de poder dentro del propio partido o en cargos de elección popular y generan intereses propios, individuales y de grupo. Gobernadores como Zeferino Torreblanca, en Guerrero, o Narciso Agúndez, en Baja California Sur, se distancian crecientemente de la plataforma con la que llegaron al cargo, lo mismo que muchos legisladores en el Congreso de la Unión o en los congresos locales, donde llegan a apoyar a sus respectivos gobernadores, como en el grotesco caso de los diputados oaxaqueños.
Sin embargo, los temas que ahora dividen al perredismo nacional no dejan de ser definiciones coyunturales, más que grandes líneas de estrategia política. El tema del diálogo o no con la Presidencia ilegítima, con ser significativo, no resuelve en sí mismo los problemas de fondo de la estrategia de un partido de izquierda frente a los grandes desafíos de la coyuntura política y del periodo histórico. El rechazo al debate con Felipe Calderón aparece como un mero punto de partida o como un corolario de la lucha librada en 2006 contra el fraude electoral, pero que no constituye una respuesta al problema de la construcción de una fuerza popular para enfrentar la consolidación de la derecha panista en el poder o el resurgimiento del PRI como alternativa electoral en diversas entidades de la República. Tampoco lo es para frenar la violación constante de los derechos humanos y la militarización del país como un estilo institucional de gobernar, o la creciente e ineludible sumisión del gobierno calderonista ante los Estados Unidos. Al parecer, la formación de ese bloque popular es una tarea que el partido ha delegado en la figura de López Obrador como dirigente carismático, en la CND y en el pequeño equipo del gobierno legítimo, sin comprometer en serio la propia estructura partidaria. El dilema del diálogo con el Ejecutivo es un tema juzgado para el movimiento popular, que los grupos parlamentarios lograron colocar en el centro del debate partidista.
Desde su IV Congreso, de 1998, el PRD decidió abandonar su inicial definición de centro-izquierda para optar por la de partido de izquierda. Ahora, casi una década después, adopta el carácter de partido de izquierda socialista, justamente cuando la transformación radical de las relaciones económicas y sociales se ve más distante de las preocupaciones inmediatas de la estructura de dirección perredista y de sus grupos parlamentarios.
La nueva definición corresponde a las tradiciones ideológicas de los grupos que han asumido la dirección de las principales corrientes perredistas, todos ellos provenientes de las distintas manifestaciones de la antigua izquierda socialista. La gran paradoja es el divorcio entre el partido y el movimiento social, para el que el PRD no parece tener propuestas claras. En tanto que desde el sur del continente soplan vientos de renovación y está en el orden del día la discusión del tipo de socialismo para el siglo XXI, y en el mundo se extienden los movimientos anticapitalistas, en México la organización más amplia de la izquierda se debate en dilemas domésticos.
Al PRD se le abren a partir del momento actual tres senderos, no todos ellos de destino cierto, que ilustran las posibles rutas de su desarrollo futuro. Puede profundizar, en primer lugar, su integración al sistema político formal a partir de la dinámica parlamentaria, siguiendo el modelo socialdemócrata clásico y las pretensiones de la derecha de contar con una oposición a modo como la que sentenciara el viejo Reyes Heroles: «Lo que resiste apoya». Puede, en segundo lugar, constituirse en un complemento de y mimetizarse con el movimiento social que encabeza López Obrador como respuesta al fraude del 2006. O puede -lo que se aprecia más difícil en el momento actual y tras la frustración del reciente congreso nacional- renovarse para intentar recuperar la conducción de ese movimiento y convertirse efectivamente en su expresión política. Esto último supone que el partido y el movimiento tengan la capacidad suficiente para clarificar sus objetivos estratégicos para el presente periodo y logren armonizarse en la acción. Sólo entonces se verá con claridad, más allá del nebuloso resultado de su reciente congreso, hacia dónde va realmente el partido.