Opinión

MORELIA
Discurriendo sobre ética y política, o la tela de Penélope
Eduardo Nava Hernández Viernes 15 de Junio de 2007
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ras la derrota de las insurrecciones de 1848 en Francia y Alemania, Carlos Marx y su ya entonces coadjutor y cómplice Federico Engels emigraron
a Inglaterra, convencidos de que se abría una larga etapa de reflujo para el movimiento revolucionario y que, durante ella, se afianzaría el poder de la burguesía por doquier en Europa. Marx se refugió en la biblioteca de Londres para engendrar en los años subsiguientes lo que sería, a la postre, su aportación más trascendente al movimiento revolucionario: la crítica de la economía política y de la estructura económica de la sociedad capitalista, mientras su amigo lo apoyaba desde su nuevo papel como administrador de una fábrica de Manchester. Algo semejante sucedió en Rusia, después de la insurrección popular de 1905 que impuso a la monarquía zarista el régimen parlamentario pero no eliminó la persecución feroz contra quienes habían protagonizado las jornadas callejeras de ese año. Lenin, líder ya para entonces del ala mayoritaria e izquierdista del Partido Socialdemócrata, tomó la decisión de llamar a su partido a participar en elecciones para tratar de ganar posiciones en el Parlamento, pero asumió su propio exilio intelectual con una tarea inaudita: la crítica feroz de la filosofía idealista en boga, conocida como empiriocriticismo, en la que creía reconocer una amenaza contra el pensamiento materialista y la ideología proletaria.
Los periodos de reflujo del movimiento revolucionario generan nuevas formas de reflexión acerca del propio flujo social, o bien la abdicación temporal o definitiva que resulta de la falta de cauces y alternativas para la lucha anticapitalista. A medida que se aleja del horizonte inmediato el problema del poder -porque de ello se trata siempre que de política se habla: de quién ejerce el poder y cómo y para quién lo hace-, la lucha social parece diluirse para dar paso a actitudes y posiciones más introspectivas y desenfocadas de los objetivos estratégicos de la lucha social.
En la actual situación de repliegue del movimiento social en México, después de la imposición de Calderón, la represión en Atenco y Oaxaca, el desmoronamiento de La otra campaña como alternativa al proceso electoral de 2006 y la militarización creciente del país, el subcomandante Marcos concibió la idea de plantear como tema de debate en sendos paneles en la UNAM, la Universidad Michoacana y la Universidad de Guadalajara, el de la ética y la política. El lunes 11 de junio participó en el Centro Cultural Universitario en la mesa redonda convocada con ese tema por el Colectivo Utopía y los simpatizantes del EZLN en Morelia, en la que también tomaron parte Fernanda Navarro, Roberto Briceño y Sergio Rodríguez Lascano. Siempre pertinente como tema de reflexión, en este caso el punto permitió a los panelistas hacer una densa digresión a propósito de la situación de la política nacional, pero en la que predominó la toma de posición moral por sobre el análisis objetivo de la ardua situación y las alternativas para el movimiento social y la oposición de izquierda al gobierno calderonista.
A partir de la temática planteada, una verdadera fuga hacia adelante con respecto de los problemas nacionales, pudimos escuchar en el recinto universitario la recuperación de la visión ética como una dimensión necesaria de la política, pero sobre todo como instrumento para la diferenciación entre la corriente encabezada por el sub y prácticamente todas las otras vertientes de la izquierda nacional. Mucha ética y poca política capaz de convocar a los sectores amplios a la movilización en función de objetivos concretos, y de buscar puntos de convergencia con las variopintas expresiones de la izquierda nacional, a las que se les niega inclusive ese carácter en función de, precisamente, posturas de corte moral y no político.
El debate ético permite, sí, establecer deslindes personales o grupales claros y necesarios -como lo hicieron en este caso los ponentes por medio de escritos a los que no hubo posibilidad de réplica- frente al pragmatismo reinante en las élites e instituciones políticas del país; pero no necesariamente fortalecer un proyecto democrático acorde con las necesidades actuales del país. Un ejemplo: la acre descalificación del veterano militante troskista Sergio Rodríguez, converso al zapatismo, a Javier Corral, Manuel Bartlett y Dulce María Sauri, los ex legisladores que impugnaron la Ley Televisa y lograron, con recursos jurídicos, poner un dique a la completa privatización de las telecomunicaciones que ésta implicaba. Para el ponente, se trata, sin analizar la acción concreta sino sus antecedentes personales, de hechos acaso irrelevantes frente al negro pasado de esos personajes, implicados por ejemplo en el fraude electoral o en la votación de la ley indígena de Vicente Fox y Diego Fernández de Cevallos.
Del mismo modo, menudearon en la sarcástica intervención del también llamado delegado Zero las críticas a políticos y gobiernos perredistas, mucho más que a las manifestaciones de autoritarismo del gobierno federal de Felipe Calderón o a lo que representó el fraude electoral de 2006 como recurso para la continuidad del neoconservadurismo panista. Sin descalificar sus aportaciones a la problemática, los ponentes en la mesa del 11 de junio no supieron eludir la celada que la política le plantea a la ética cuando es interpelada por ésta, y nos llevaron a tener que elegir entre una y otra, aparentemente sin conciliación posible. ¿Son la moral y la política entre sí totalmente ajenas, de suerte que la buena política es la que no repara en medios morales, como lo plantean los maquiavélicos? ¿O deben prevalecer los valores éticos aun si éstos no se corresponden con la eficacia y el logro de determinados objetivos?
Segunda y última parte
No lo creo así. La crítica moralizante ha sido el reducto en el que se han refugiado quienes, por otra vía, no han logrado eficacia en la lucha contra el
sistema, un instintivo consuelo y un acto de autoafirmación del débil frente al poderoso. El problema para el movimiento social es no enclaustrarse en una política de principios pero estéril, ni caer en el pragmatismo absoluto que implica la renuncia principios y valores.
Quien participa en la política entra portando no sólo un bagaje de definiciones ideológicas sino también actitudes morales determinadas. Especialmente, quien hace política para la transformación del sistema vigente, asume necesariamente una posición moralmente crítica que lo confronta con la que prevalece en el orden reinante. Más aún, es un imperativo para el político transformador el regirse por principios morales y serles fiel si ha de tener credibilidad. Pero esto no significa ni que la moralidad que pone en juego asegure por sí misma la eficacia ni que sea válido anteponer la moral como un argumento de la lucha política.
Por ejemplo, cuando el Ejército Zapatista enarbola principios generales y abstractos como democracia, justicia y dignidad, asume sin duda una posición moral determinada, válida en sus propios términos y en su contexto ideológico, pero que es del todo insuficiente para la lucha política. Tales principios tienen que concretarse o traducirse, si han de ser eficaces, en propuestas de corte político, asimilables por grupos sociales mucho más amplios, incluidos aquellos que no comparten (o no conocen) ese contexto ideológico. No es el regirse por fundamentos morales lo que resulta contrario a la política -es decir, a la eficacia-, sino el pretender juzgar al adversario -y ni siquiera al aliado- con base en esos fundamentos, o combatirlo sólo con la denuncia moral. No le puedo exigir a mi enemigo que se comporte de acuerdo con mi propio código de ética; tengo más bien que demostrar, en la propia lucha política, la superioridad del mío, y en eso estriba la eficacia. Gran parte de los errores de la desdibujada izquierda mexicana consiste en suponer que la lucha política se entabla en el terreno de la moral y no, precisamente, en el de la política. De ahí que resulte completamente estéril, en las sociedades modernas signadas por la pluralidad de ideologías y sistemas de valores, aquel discurso que se apoya única o principalmente en la condenación moral del oponente, como parece ocurrir cada más con el neozapatismo.
La política contemporánea, es decir la de una sociedad profundamente escindida por la desigualdad, tiene que ver no con la unificación en torno a un solo código de valores éticos sino con el juego de distintos sistemas de valores, es decir de intereses. No existe una forma única de relación entre moral y política, válida para todos los actores, sino una contraposición social en la que se ponen en juego las morales diferenciadas de los grupos que luchan por el poder. A diferencia de la ética, sustentada en principios rígidos, a veces invariables, la política, como la ciencia, ha de avanzar por senderos a veces tortuosos, haciendo camino, como escribiera el poeta Machado, al andar, o tejiéndose y destejiéndose una y otra vez, como la tela de Penélope. Desde la perspectiva ética dominante en la mesa del 11 de junio se eludió o se despachó prácticamente sin debate, por ejemplo, un tema clásico de la ética política, particularmente pertinente para el México actual: en qué medida ha contribuido a la afirmación del proyecto reaccionario la descalificación de la opción progresista por quienes reclaman para sí el monopolio de la izquierda y de la puridad ideológica. O si es una conducta ética el que la sangre de chiapanecos y otros mexicanos desde enero de 1994 se convierta en el recuadro para que alguien tenga más posibilidades de éxito comercial al incursionar en el ámbito de la literatura erótica.
Ubicar adecuadamente el debate en las condiciones actuales, que apremian precisamente a un cambio en la correlación social de fuerzas y al cambio del poder, implica, como alguna vez lo propuso Carlos Marx, desarrollar una moral crítica, no una crítica moralizante.