Opinión

MORELIA
Ahumada, el rencor
Alejandro Vázquez Cárdenas Miércoles 23 de Mayo de 2007
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Martes 8 de mayo del 2007; ese día, a las 22:00 horas, debía quedar libre el que por años fue empresario favorito del PRD, Carlos Ahumada Kurtzpreso por obra y gracia de las autoridades del Distrito Federal desde hacía más de tres años. El juez Alberto Ruvalcaba no encontró elementos para sostener la culpabilidad del acusado. A la hora esperada, la familia, prensa, guardaespaldas y hasta personal de Derechos Humanos esperaban fuera del reclusorio y por fin, cerca de las 3:00 de la mañana, salió un demacrado Ahumada. Poco le duró la libertad, escasamente un minuto, pues agentes de la Procuraduría del Distrito Federal arremetieron contra periodistas, familiares y custodios del empresario y, como en los mejores tiempos de Díaz Ordaz, sin mostrar orden alguna, a golpes, metieron al señor Ahumada en una patrulla. Nadie se molestó en dar una explicación hasta horas después, cuando el procurador del Distrito Federal, Rodolfo Félix Cárdenas, salió a decir que en realidad Ahumada había sido llevado a rendir declaración ante el MP por una nueva causa abierta en su contra, pero que, cuando terminara su declaración, podría quedar en libertad. Para los que vimos la escena, la ira y la brutalidad de los policías capitalinos vestidos de civiles contra el empresario Carlos Ahumada, evidenciaron en toda su magnitud el odio de quienes ordenaron detenerlo el mismo día de su liberación. Sadismo, insultos y golpes, dieron fe en cadena nacional del rencor que anida en ese perredismo primitivo, autoritario, incapaz de entender su derrota del 2 de julio de 2006.
Acusado de fraude por las autoridades perredistas beneficiarias del fraude, pasó más de tres años no sólo encarcelado, sino incomunicado, con dificultad hasta para ver a sus defensores. Para que no hubiera duda del ensañamiento cada que un proceso comenzaba a derrumbarse, sus carceleros inventaban otro proceso. Luego de más de tres años acusado de delitos que no ameritaban cárcel, un juez declara que «fue víctima de una injusticia» y lo pone en libertad. Pero más que injusticia lo que hicieron fue el ejercicio de una venganza, de un sadismo cuyo último pataleo fue permitirle 58 segundos de libertad antes de arrastrarlo a otro juzgado y someterlo a nueve horas de interrogatorio.
Carlos Ahumada no es ninguna alma de Dios, y honrado, lo que se dice honrado parece que tampoco. Podrá generar simpatías o antipatías, podrá ser acusado de haber traicionado al perredismo secuestrado por AMLO, pero que en realidad fue desde 2004 un preso político del Gobierno del Distrito Federal es innegable, todo por haber difundido los videos que exhibieron la corrupción de los principales operadores de AMLO: Ponce jugando en Las Vegas un dinero que no era suyo, Bejarano, el hombre de confianza de López Obrador, recibiendo cientos de miles dólares y retacándolos en cuanta bolsa tenía, Ímaz, otro de sus favoritos y esposo de Claudia Sheinbaum, recibiendo dinero producto de una compleja extorsión.
En realidad no había, desde el inicio, ninguna justificación para detenerlo, todas las causas podían haber sido tratadas como faltas administrativas e incluso las obras que se argumentó que no había realizado podrían, como se hace en innumerables casos, agotarse extendiendo plazos o cobrando la fianza que cada licitante para una obra pública debe presentar como condición en cada concurso. No fue así. Ahumada fue detenido en Cuba, incomunicado e interrogado durante días sin que se permitiera la presencia de un abogado, expulsado a México sin pasar por el trámite legal de la extradición, entregado al gobierno de López Obrador, que actuó cual policía soviética contra el detenido, porque Bejarano, cuando fue aprehendido, tuvo horas para prepararse y buscar su ropa, sus alimentos, mientras la esposa, Dolores Padierna, iba cada día a visitarlo e ingresaba con una camioneta con víveres y enseres por el área de funcionarios del reclusorio, Bejarano tenía a su disposición cuatro celdas con todas las comodidades posibles durante los pocos meses en que estuvo detenido. En cambio, Ahumada fue aislado, humillado, las autoridades permitieron el ingreso de objetivos fotógrafos a los baños y lo retrataron en paños menores y así se publicó en el periódico objetivo.
Mientras Ahumada permaneció tres años en la cárcel, Bejarano salió libre rápidamente. La maniobra judicial fue instrumentada por Bernardo Bátiz, entonces procurador y hoy «ministro de Justicia» del gobierno patito del Mesías. El expediente de solicitud de desafuero contra Bejarano sólo consignó los delitos leves. Y como todo desaforado sólo puede ser juzgado por ese expediente, la Procuraduría de Bátiz le facilitó la libertad. Hoy Bejarano ya opera en el PRD. Y para que no hubiera dudas, colocó a su esposa Dolores Padierna como secretaria de Planeación del Comité Ejecutivo Nacional perredista.
La ofensiva contra Ahumada reveló dos hechos graves: la politización de la justicia en el Distrito Federal y la orden terminante de López Obrador de que Ahumada no debía salir de la cárcel. Otro dato: después del video donde aparecía llenándose los bolsillos de dinero, Bejarano confesó que López Obrador sabía de sus operaciones para obtener dinero secreto. En plena campaña presidencial, López Obrador, a su vez, confesó que el dinero de Ahumada había servido para las campañas perredistas en el Distrito Federal. Imposible negarlo, López mostró, durante su gobierno, no sólo su desprecio por las leyes, sino su carácter vengativo, rencoroso y un trato diferenciado para amigos o enemigos (no hay nada intermedio), conducta seguida luego fielmente por su escudero Encinas.
Ahora falta únicamente esperar a ver si el señor Ahumada decide ventilar públicamente todos sus secretos con la corrupta cúpula del PRD capitalino. Pero por lo pronto, como dice González de Alba al conocer la derrota de AMLO: «De la que nos salvamos».