Opinión

MORELIA
¿Quién manda en Michoacán?
En Michoacán hay tolerancia absoluta para quienes intentan desestabilizar al gobierno
Alejandro Vázquez Cárdenas Miércoles 18 de Abril de 2007
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Se necesita ser muy, pero muy optimista para pensar que en el sufrido y atrasado Michoacán todas las cosas han mejorado en este sexenio que finaliza. Cla-
ro que también lo pueden afirmar todos aquellos que ni se preocupan ni les interesa informarse sobre el estado que guarda la educación, la economía, la seguridad, los servicios, la generación de empleos, el combate al narcotráfico, en fin, todos los parámetros que permiten evaluar la calidad de vida de una población. Estos individuos, que los hay, y muchos, si acaso nos darán información de cómo anda el equipo de futbol local. Evidentemente también puede afirmarlo, eso sí, sabiendo que lo que dice es una mentira, todo aquel que hable a sueldo o por encargo de los poderosos, de los mandatarios y de esa comalada sexenal de nuevos millonarios. O simplemente también puede ser que hable, escriba y mienta por ser parte del sistema responsable del mal funcionamiento del estado.
Muchos, muchísimos diría yo, hemos sufrido y padecido un día sí y otro también las arbitrariedades y prepotencia de esas lacras que por alguna no tan oculta razón no han querido eliminar del Estado. Concretamente me refiero a los zares del transporte, que al menor intento de tocarlos o hacerlos cumplir la ley paralizan la ciudad y ponen de rodillas a las autoridades. Me refiero a los «padrinos» de la delincuencia y el narcotráfico, imparables durante años y que sólo hasta la intervención federal fueron parcialmente contenidos pero ya regresan por sus fueros. Me refiero a los agresivos e intolerantes caciques del magisterio «democrático» y sus hordas de golpeadores, varios de ellos señalados como probables responsables de actos delictivos, y que por conocidas razones de afinidad (o conveniencia) no han sido molestados en este sexenio. Me refiero también a ese petate del muerto que es la Coordinadora Universitaria de Lucha, la desacreditada CUL, siniestra organización que ha derivado en una venal estructura porril. Me refiero a las «casas del estudiante», lugares que han perdido su primordial utilidad y se han convertido en refugio de fósiles, porros y desechable carne de cañón para uso de diversos personajes de la política, pero eso sí, con cargo a nuestros impuestos. Me refiero a las incompetentes autoridades universitarias, personajes con más miedo que vergüenza, individuos que soportan lo insoportable y tragan lo intragable con tal de seguir pegados al presupuesto sin que les importe el decadente nivel académico de una universidad que sólo lo es en el papel. Me refiero también al poder de esa nomenklatura, conjunto de poderosos que nos imponen sus particulares intereses con el apoyo de la obsecuente clase política del estado, supuestamente representante de todos los ciudadanos, pero que actúa más en función de grupos y partidos.
En estos días observamos la disputa y el acomodo de los diversos candidatos, con sus grupos y corrientes en su lucha para obtener las candidaturas a los puestos de elección en el Estado. Sabemos que sólo hay posibilidades reales para dos partidos, el PRD que intentará repetir y el PAN con renovados bríos al tener de su lado en la Presidencia de la República nada menos que a un michoacano. El otrora invencible PRI no ha logrado asumirse como partido (la verdad nunca lo ha sido) y sigue víctima de sus propias contradicciones.
Y si bien no hemos tirado por la borda el sexenio entero, sí podemos afirmar que los avances, descontando el indiscutible impulso al turismo, han sido magros, el balance general no es bueno y en algunas áreas más bien hemos retrocedido. Ha sido un sexenio marcado por el «dejar pasar, dejar hacer», con una política interior timorata, caracterizada por la inoperancia, la mediocridad y sobre todo por el miedo, muchísimo miedo para tomar decisiones. Se dejaron crecer los problemas y se permitió la sobrevida (y el crecimiento) de calamitosos personajes con tormentoso pasado, incrustados en el gobierno, el transporte, la universidad y el magisterio. Rápidamente le tomaron la medida al sol amarillo del «gobierno del cambio» y las consecuencias de este miedo y parálisis las estamos pagando hoy: paros frecuentes e injustificados por parte del «magisterio democrático», Michoacán último lugar nacional en educación, tolerancia absoluta para quienes desestabilizan el estado, incapacidad para controlar a quienes secuestran camiones y patrullas y bloquean vialidades, una ciudadanía humillada y exasperada, una universidad hundida en la mediocridad y un largo y doloroso etcétera.
La duda es: ¿Queremos otro sexenio igual? Yo no.