Opinión

Aborto, verdadero problema
Alejandro Vázquez Cárdenas Miércoles 4 de Abril de 2007
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Pocos temas tienen la virtud de generar una discusión como el aborto; cualquier intento de confrontar las disímbolas posiciones generará un alegato que, casi invariablemente terminará en una polarización de las opiniones. Y con poco que se descuiden la discusión terminará entre gritos y manotazos.

Para fines prácticos entendemos que aborto es la expulsión del producto de la concepción cuando no es viable. En el tercer trimestre del embarazo no existen abortos, en esos casos se habla de parto prematuro y el producto, con mayores o menores cuidados, ya es viable.

Ahora bien, sin ser una clase de obstetricia debemos recordar que existen abortos espontáneos, en los cuales la mujer, por vaya usted a saber qué razón médica simplemente expulsa el producto. En estos casos no hay problema o confusión alguna, la paciente que ha sufrido un aborto espontáneo simplemente acude a un hospital donde se le realizará un legrado uterino. El procedimiento dura minutos y es bastante seguro en manos competentes.

El problema es el llamado aborto inducido o «aborto criminal», que es cuando la mujer, por así convenir a sus intereses, decide, con la ayuda de «X» personaje, abortar el producto de la concepción. Aquí es donde entran todos los «asegunes».

En México es legal el abortar cuando el embarazo es a causa de una violación y en algunas situaciones muy concretas y precisas de orden médico.

Pero el problema no es ese. El problema, y grande, es el aborto como método de control natal. Cuando por la razón que sea, buena, mala o malísima, la mujer decide no tener ese hijo. Puede ser porque sea soltera y no quiera tener esa responsabilidad, porque ya tiene muchos hijos y no los puede mantener, porque es producto de una infidelidad cuando el marido anda trabajando de bracero, porque tiene un determinado status en la sociedad y el embarazo lo arruinaría todo y mil razones más. Aquí es donde entra la verdadera discusión. ¿Tiene o no derecho la mujer a solicitar la interrupción de un embarazo no deseado?

La Iglesia no se complica la vida, la respuesta es un rotundo no. Simplemente no y basta; en el caso de un aborto inducido no se admiten discusiones, razones, motivos, causas, condicionantes, argumentos ni nada. Todo es blanco y negro, no hay matices. Es un dogma y como todo dogma no está sujeto a interpretación ni a razonamiento alguno. Y como todo dogma se debe obedecer y basta. Si no está uno de acuerdo es nuestro problema, no el de ellos.

Evidentemente con personajes que representan esa posición resulta ocioso cualquier intento de discusión. Un sacerdote o ministro de cualquier rito cristiano debe forzosamente defender ese dogma. No puede ni debe cambiar de punto de vista. Utilizará los argumentos de que la vida está desde la unión del óvulo con el espermatozoide, de que es un acto divino, de que hay un alma y que es la voluntad de Dios... Y de ahí no lo sacaremos.

Pero, ¿qué tan importante es el problema del aborto en México? En México se practican, según las no muy confiables estimaciones oficiales, un millón de abortos clandestinos por año, de los cuales también se estima que mueren por lo menos diez por ciento de las mujeres que se lo practican, en un mercado negro de abortos que se realizan en condiciones de salubridad buenas sólo para aquellas personas capaces de pagar cifras impresionantes, mientras que las personas de escasos recursos lo hacen en las peores condiciones imaginables.

Para la mayor parte de las mujeres abortar es un trauma, mayor o menor, pero trauma al fin, recurren a él sencillamente porque no ven o no tienen otra alternativa, se ven en un callejón sin salida y el debate es si deben o no ser castigadas por haber recurrido al aborto.

Ahora bien, el hecho de que el aborto sea legal no implica que una mujer necesariamente tomará esta ruta. En este sentido, una cosa es el aborto y otra muy diferente es quién tiene el derecho de resolver si lo hace o no. Si es el Estado el que lo prohíbe o es el individuo el que lo decide de acuerdo a su libre albedrío.

Muy difícil ponerse de acuerdo, pero me parece que el criterio que usa la Suprema Corte de Justicia de los Estados Unidos equilibra los dos valores en cuestión. Determinaron que, durante el primer trimestre, la intimidad de la madre prevalece sobre la vida potencial del feto. Por eso declararon legal al aborto durante los primeros 90 días de embarazo sin que el gobierno pueda inmiscuirse en la decisión de la madre. Durante el segundo trimestre, el aborto es aceptable siempre y cuando la vida de la madre no corra peligro y, ya en el tercero, únicamente se permite para preservar la vida o la salud de la madre.

En los países donde la sociedad optó por legalizar el aborto, en un margen que va de 12 a 14 semanas de gestación, se concluyó que suspender o no un embarazo no deseado es una decisión íntima, individual, que compete sólo a la conciencia de la potencial madre. Penalizar esa decisión, como ocurre en México, o sujetarla a reglas morales o religiosas significa cancelar el derecho de las mujeres de seguir o no con un embarazo, además de que coartan libertades fundamentales como la de credo (la embarazada puede ser atea o agnóstica) y la de actuar conforme a la conciencia, más allá de presiones legales, morales o religiosas.

En la presente discusión del aborto no debemos perder de vista que México es un Estado laico con una democracia representativa. Es decir, una organización política y social en la que los ciudadanos depositan su representación en el Congreso. Y si no están de acuerdo con esas reglas del juego, entonces deberán trabajar para lograr una mayoría legislativa capaz de cambiarlas... Y de paso fijarse mejor la próxima vez a la hora de votar.