Opinión

MORELIA
La intolerancia
Alejandro Vázquez Cárdenas Miércoles 14 de Marzo de 2007
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Hombres, no celebréis todavía la derrota de lo que nos amenazaba hasta hace poco. Aunque el mundo se alzó y detuvo al bastardo, la perra que lo parió está otra vez en celo.
B. Brecht, La irresistible
ascensión de Arturo Uí


Una de las muchas definiciones que existen de la tolerancia es la que afirma que es la actitud y el comportamiento, individual, social o institucional, caracteri-
zado por la consciente permisividad hacia los pensamientos y acciones de otros individuos, sociedades o instituciones, pese a que los valores morales o éticos de aquéllos no coincidan, o incluso desaprueben, los de éstos.
Esta tolerancia, si bien aplica en muchas actividades humanas es más evidente cuando se trata de situaciones que atañen a la religión, la política, la cultura y las relaciones de género.
Esencialmente es un concepto ligado en forma absoluta al de la libertad, al grado de no poderse entender una sin la otra. Los principales actores y receptores son el individuo y el estado atendiendo a la voluntad de tolerar y ser tolerado. Esto es muy evidente en los llamados regímenes democráticos, donde normalmente existe legalmente la protección a las opiniones diversas y los estados totalitarios de corte nazi-fascista-comunista donde la única voluntad válida es la del Estado y nadie puede ni debe disentir de ella. Ejemplos sobran aquí cerca en Cuba o más lejos en Corea del Norte, y en el pasado reciente en la URSS y sus satélites.
¿Vivimos en un país tolerante? Francamente lo dudo, quizá si nos atenemos a sus leyes escritas sí lo seamos, pero resulta que en México en muchísimos casos las leyes simplemente son poco menos que letra muerta, a menos que dispongamos de poder o dinero para hacerlas funcionar. Para los simples mortales sólo queda atenerse al santo de su devoción.
El reciente sainete protagonizado por los obtusos y agresivos seguidores del presidente legítimo López Obrador durante la presentación del libro de Carlos Tello sobre el 2 de julio, donde se analiza, paso por paso, la tragedia vivida por los que se creyeron invencibles y resultaron derrotados ese día, sólo es un episodio más de la intolerancia de una buena parte de la antoconsiderada «izquierda» nacional. Los viudos de López, particularmente irritados por la afirmación «perdí», supuestamente externada por el vencido Peje durante la noche del 2 de julio en un arranque de sinceridad, se dieron cita para sabotear la presentación del citado libro. Obligaron mediante amenazas a un cambio de sede, pero con persistencia digna de mejor causa acudieron a la nueva sede para agredir, insultar, empujar, jalonear e impedir la libre discusión de ideas entre el autor, los presentadores y el público. Imposibilitados por definición para razonar, sólo hicieron lo que saben hacer.
La verdad es que si López, al conocer los resultados sobre la votación en la noche del 2 de julio dijo o no dijo «perdí», o si se enojó, o se alegró o bailó un zapateado de puro coraje es totalmente irrelevante ante el desarrollo de su posterior estrategia. Como vimos, decidió irse por la mentira, 500 mil votos que sólo existían en su imaginación, tres millones de votos «perdidos» y sobre eso y un fantasmal fraude construyó su estrategia. Sabía que mentía, tenía la información proporcionada por sus encargados, su representante, Horacio Duarte, ya había consultado los apartados especiales del PREP cuando menos unas 40 veces en el transcurso de la noche y a pesar de eso decidió iniciar la farsa. Ese es el eje de la realidad del 2 de julio.
Ese torpe episodio de la izquierda más cavernaria me hizo recordar otros episodios del pasado reciente que muestran la intolerancia de esta corriente. El primero de ellos, un incidente en la Feria Internacional del Libro, en Guadalajara, donde el grupo de la revista Letras Libres fue agredido e impedido por la fuerza para desarrollar su presentación. Agresión orquestada entre otras personas por el perredista jefe de Seguridad Pública de la Delegación Coyoacán, Jesús Escamilla, conjuntamente con la delegación cubana en la FIL. La agresión contra la revista de E. Krauze fue simplemente una embestida en contra de la libertad de crítica al poder. Una absoluta y acabada muestra del más puro estalinismo que es la característica principal de estos patanes.
El siguiente episodio ocurrió en Michoacán, 17 de septiembre de 2002 en las instalaciones del Canal 11 de televisión por cable, cuando una horda de la Sección XVIII del magisterio democrático agredió e impidió por los golpes y la fuerza bruta la entrevista que se le realizaba a la comisionada del SNTE Sanjuana Cerda. No contentos con esto, los agresivos, llamémoslos integrantes de la Sección XVIII pues no pueden ser llamados maestros, secuestraron, ultrajaron, golpearon y amenazaron a la comisionada y su acompañante Lucino Soriana, hasta llevarlos al centro de la ciudad, todo esto ante la mirada (¿temerosa?, ¿cobarde?, ¿complaciente?) de las autoridades morelianas. Se levantó la averiguación previa 514/2002-VIII y posteriormente para cubrir el expediente se detuvo transitoriamente a ocho «maestros», lo que dio oportunidad para que el ínclito líder de la fracción democrática de apellido Pérez calificara de «ignominia» la detención de los «maestros» y exigiera su «liberación inmediata» amenazando, eso sí, con un paro de labores magisteriales (faltaba más).
Y así desean gobernar. De la que nos salvamos este 2 de julio.