Opinión

MORELIA
Mentir, ¿ignorancia o mala fe?
Alejandro Vázquez Cárdenas Miércoles 7 de Marzo de 2007
A- A A+

Nadie está obligado a saberlo todo, o a no equivocarse nunca. Eso es algo que no ocupa mayor explicación. Pero también es una realidad que el humano
es capaz de aprender a distinguir lo bueno de lo malo, lo que sirve de lo inútil, lo cierto de lo falso y a partir de esto obtener una conclusión y emitir un juicio, que puede ser bueno, malo, regular o pésimo. Ésa es una de las muchas características que se le otorgan a eso que llamamos «inteligencia» y a mayor abundamiento entendemos que ésta depende por completo de la particular capacidad que tiene cada individuo, matizado por sus circunstancias.
Mentir es inherente a la naturaleza humana, no podemos negarlo; se miente por muchas razones, tantas que escapan a la extensión de este artículo, pero en esta ocasión me interesa analizar la mentira por ignorancia y la mentira deliberada, esa mentira que oculta una verdad conocida y no aceptada y que se usa como mecanismo de supervivencia, de engaño y dominación.
La primera, la mentira por simple ignorancia puede entenderse y hasta cierto punto justificarse, sobre todo si la persona actúa sin dolo, sin mala fe, por simple deseo de opinar o emitir un comentario que se piensa válido pero que está insuficientemente o mal fundado. Incluso en muchos casos este tipo de mentira es producto de una deficiente información, de una criba informativa muy laxa o de plano por la simple ingenuidad o candor de quien recibe las noticias de cualquier fuente y las da por buenas. Un ejemplo sencillo es el de aquella persona que da por buena toda la información que viene en el calificado como el único «Periódico objetivo» por el «Presidente Legítimo», tanto en su versión nacional como su edición estatal. Este periódico, y eso lo sabe cualquiera que tenga dos dedos de frente, no se lee para informarse, sino para confirmar los prejuicios que ya tiene su lector habitual. En este periódico Cuba sigue siendo una democracia y mantiene un buen nivel de vida, su periódico Granma dice invariablemente la verdad, la ETA es una organización que lucha justificadamente por los valores y la dignidad de su país, los palestinos son los buenos y los judíos son los malos del cuento, López Obrador fue despojado vilmente de su triunfo por medio de un criminal fraude (cibernético o a la antigüita, eso da igual) orquestado por Fox, la ultraderecha, las transnacionales, el Yunque y el Opus Dei, la «derecha» conspira para destruir el país, la APPO representa el sentir de todo el pueblo de Oaxaca, los alimentos transgénicos son criminalmente nocivos y la educación en México es poco menos que de excelencia. Parece de risa, pero efectivamente el lector devoto de esta publicación, en mayor o menor grado se cree todos estos disparates.
Mal negocio es la existencia de un lector tan mal informado como él, pero peor es el caso del individuo, grupo, estructura o partido que por su propia convicción y por así convenir a sus particulares intereses o fobias deliberadamente miente o sesga la información. Él sí que tiene una conducta altamente criticable. En estos casos el ideal periodístico de objetividad es arrojado a la basura en aras de presentar el aspecto que más favorece al grupo interesado y más mal parado deja al enemigo político.
Para completar el ejemplo de la desinformación y la mentira recordemos a un egregio representante de la «izquierda» nacional, al señor Jesús Ortega cuando rebuznó: «Echeverría es un niño de pecho comparado con Fox». Comparación absurda y mendaz como pocas. Comparar a la persona responsable del 2 de octubre y del halconazo del 10 de junio con un boquiflojo como Fox es verdaderamente idiota.
Hace pocos días encontré una pequeña joya del humorismo involuntario en que suele caer este tipo de personas. En medio de un sesudo artículo de opinión en un periódico local me encuentro de improviso la frase: «La izquierda y su profunda vocación humanitaria». ¡Genial!, si algo ha caracterizado a los regímenes de izquierda (la izquierda que conocemos) es precisamente su vocación autoritaria, dictatorial, profundamente intolerante, monopólica y antidemocrática, tanto o más que los regímenes militaristas sudamericanos. Quien lo niegue miente deliberadamente o de plano vive en una realidad alterna (la pejematrix). Pensar que la extinta URSS o la actual Cuba o Corea del Norte son ejemplos a seguir amerita una seria y profunda introspección. Pensar que el payaso de Hugo Chávez o ese títere de Evo Morales son el modelo de estadista que necesita México es definitivamente demencial.
Lo que México necesita son políticos honestos y capaces, empresarios y trabajadores competentes y comprometidos con su tarea, eliminar el nocivo sindicalismo protector de la ineficiencia y erradicar la corrupción. Está fácil, ¿no?