Opinión

MORELIA
El estado torpe
Alejandro Vázquez Cárdenas Miércoles 28 de Febrero de 2007
A- A A+

Para desgracia de los michoacanos, desde hace mucho tiempo ha sido una constante el escuchar en cualquier reunión en que se hable del avance, poco o
mucho, que otros estados tienen, que al referirse concretamente a Michoacán se agrega el adjetivo «torpe». «Michoacán, el estado torpe», sentencian con un dejo de desprecio. Fuera de que eso puede resultarnos incómodo y que en primera instancia nuestra reacción es negarlo, la triste realidad es que si ejercemos un poco de la siempre difícil y dolorosa autocrítica tendremos que admitir que ese calificativo no es del todo gratuito.
Michoacán ha recibido de la naturaleza una gran cantidad de ventajas, desde su situación geográfica cercana al centro de la República en un país irracionalmente centralista, una gran diversidad climática, costas, puertos naturales, grandes recursos forestales, mineros, agua en abundancia, paisajes hermosos, lagos, árboles frutales y un muy largo etcétera, todas estas características, eso sí, muy independientes de nuestra voluntad y que no requirieron de nuestro esfuerzo. Simplemente así se nos dio y ya.
Entonces, ¿por qué estamos a la cola de casi todo lo que suponga y exija iniciativa, trabajo, honestidad, esfuerzo, capacidad y dedicación? ¿Por qué somos uno de los estados más pobres de la Federación, el último lugar en educación, uno de los estados parásito con menor industrialización, con una red carretera y de comunicaciones insuficiente y deficiente, con una universidad mediocre y una infraestructura básica deplorable? Cualquier lector de más de 40 años recordará los duros calificativos que se utilizaban para referirse a Morelia, ciudad que tradicionalmente ha sobrevivido por ser el asiento del gobierno del estado y de su universidad, situación parcialmente corregida recientemente con el turismo. Nada tenemos que ver con el crecimiento y poderío de ese villorrio que era Monterrey hasta hace unas décadas, nada que ver con el explosivo crecimiento de Guadalajara, no nos contamina el empuje de Guanajuato. Para nada. Simplemente, por obra y gracia de nuestros gobernantes y de muchos de nuestros paisanos hemos sido el «estado torpe».
Encuentro un artículo publicado en El Universal el 27 de mayo del ya lejano 1949. Transcribo una parte para ejemplificar una realidad que poco ha cambiado en más de medio siglo.
«Michoacán está a un paso de México, empero, si observamos de cerca nos quedamos pasmados al comprobar que a pesar de encontrarse a escasas cinco horas de la metrópoli, para ciertos efectos está situado en una remota isla del Pacífico...». «La economía está casi paralizada y a pesar de su condición de letrado el señor gobernador procede en forma dictatorial y antiprogresista».
A continuación relata
un hecho concreto:
«El gobierno de Michoacán se ha negado sistemáticamente a dar facilidades a los industriales que han pretendido establecerse ahí. Sobre el particular la H. Cámara de Comercio puede dar amplios informes pero el último caso conocido es el del señor Evaristo Andrade, quien hizo gestiones ante el gobernador para que le dieran facilidades, con el fin de instalar una fábrica de hilados y tejidos en Morelia, con 100 telares, pidiendo únicamente la exención de impuestos por cinco años. El gobernador Mendoza Pardo le contestó que el gobierno no estaba en condiciones de conceder eso y que antes, al contrario, si quería establecerse en Michoacán tenía que adelantar diez años de contribuciones.
El resultado: El señor Andrade se fue a Guanajuato y el gobierno de ese estado le concedió quince años de exención de impuestos, le facilitó una casa del gobierno para que instalara la fábrica y lo recomendó a los bancos para que le otorgaran amplios créditos.
Muchos de los funcionarios subalternos del gobernador han sido escogidos, tal parece, entre delincuentes a quienes todo Michoacán conoce, pero donde culmina el desastre gubernamental del señor licenciado Mendoza Pardo es en la educación pública de su ínsula».
Hasta ahí le paro a la transcripción.
¿Cuánto hemos cambiado? Usted, amable lector, tiene la respuesta.