Opinión

MORELIA
Pena de muerte: Algunas consideraciones
¿Sirve de algo la pena de muerte? ¿O, como afirman algunos de sus detractores, es sólo simplemente el ejercicio de una venganza?
Alejandro Vázquez Cárdenas Miércoles 10 de Enero de 2007
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La reciente ejecución de Saddam Hussein, condenado por un tribunal iraquí a morir en la horca al haber sido encontrado culpable, más allá de toda duda,
de un gran número de asesinatos, ha desatado la antigua polémica entre partidarios y enemigos de la pena de muerte. Pero en el presente caso, más que en ningún otro, las opiniones se matizan, más bien diría se radicalizan, al ser los Estados Unidos de Norteamérica un factor de peso en el juicio llevado al ex dictador.
Vale la pena aclarar que a Saddam no se le juzgó por varios de sus crímenes más sonados y conocidos, tales como la muerte por gaseamiento de toda una población kurda en Halajba, donde, en menos de una hora, fallecieron más de cinco mil personas, entre hombres, mujeres y niños, cuyo único delito era pertenecer a una etnia enemiga de Hussein. Por cierto, muchos materiales usados entonces por Hussein fueron proporcionados no por Estados Unidos, sino por las alemanas AG Hoechst, Shoot Glasswerke, la francesa Proctet y la holandesa KBS. Tampoco fueron motivo de juicio las ejecuciones y los horrores descritos por los escasos supervivientes de las cárceles iraquíes y el exterminio sistemático de todos sus oponentes.
Los diversos medios y analistas han exteriorizado sus puntos de vista, los más de ellos totalmente previsibles de acuerdo con su orientación, otros son apegados a la ortodoxia legal, otros, bastantes en realidad, son de una pobreza intelectual desoladora y no faltan los que sostienen una línea «humanitaria» a ultranza que viste mucho por estas épocas. Algunos, como el «periódico objetivo» vocero oficioso de López Obrador, llevan la defensa de Hussein demasiado lejos con tal de insultar a su particular Satán, George Bush, merecedor, ése sí, de 20 penas de muerte, no juntas, sino consecutivas, según su particular óptica.
¿Sirve de algo la pena de muerte? ¿O, como afirman algunos de sus detractores, es sólo simplemente el ejercicio de una venganza? Las opiniones se dividen y si nos ponemos a buscar encontraremos una gran cantidad de argumentos tanto de un lado como del otro. Encontraremos razonamientos religiosos, filosóficos, económicos, psicológicos, psiquiátricos, políticos, más un largo etcétera. Tal parece que casi todas las disciplinas tienen algo que decir de la pena de muerte.
Los que rechazan la pena de muerte alegan fundamentalmente desde razones religiosas hasta argumentos económicos de que sale muy caro ejecutarlos por lo largo de estos juicios y los inacabables recursos de apelación, otros dicen que al ser una pena irreversible no hay manera de corregirla si ha existido un error en el juicio, otros porque piensan que es lo más parecido a una venganza y para ellos la venganza es inaceptable, otros porque afirman que diversos estudios muestran que la existencia de la pena de muerte no inhibe la futura conducta delictiva de otros criminales, otros porque consideran el derecho a la vida como algo supremo e incuestionable, así sea el mayor criminal que haya existido. Los más candorosos argumentan que si el Estado se lo propone estas personas pueden ser reeducadas y redimidas hasta convertirse en seres útiles a la sociedad.
Los que apoyan la pena de muerte afirman con igual convicción que, similar a un contrato social básico, uno pierde su derecho elemental a la vida propia cuando incumple su deber humano elemental de respetar la existencia ajena. Estas personas están muy de acuerdo con la pena de muerte para todos aquellos (violadores de niños, homicidas, terroristas, cabecillas del narcotráfico y secuestradores) que atacan con violencia atroz los valores que más se deben proteger en la sociedad (integridad del niño, vida del prójimo, tranquilidad, salud pública y libertad individual). Apoyan sus afirmaciones también con estadísticas que muestran que por cada criminal ejecutado se salvan en promedio siete vidas humanas. También sostienen su posición recordándonos algo evidente: muchos criminales son absolutamente irrecuperables, totalmente irredimibles y si por algún azar del destino son liberados inevitablemente volverán a delinquir. También tienen razones económicas, pues a este grupo de personas les repugna la idea de que con sus impuestos se esté financiando la manutención de los grandes criminales por el resto de su vida.
Ponerse de acuerdo en este tema es francamente difícil. Discutir racionalmente en un grupo multidisciplinario haciendo a un lado anteojeras ideológicas, religiosas y políticas es utópico. En el caso concreto de México quizá a lo único que lleguemos a ponernos de acuerdo es que aquí la justicia no es confiable. La tradición de fabricar culpables por parte de nuestras limitadas autoridades nos imposibilita confiar en ellas. Simplemente no les creemos a los jueces (ni a los ministerios públicos, ni a la policía, ni al cuico de la esquina); sólo los diputados tienen peor imagen que ellos. En México una pena de muerte siempre contará con la sombra de un gran margen de error (o dolo) por los juzgadores.
Ni modo, esa justicia tenemos.