Opinión

MORELIA
Vacío de poder
Pocas veces en la existencia del México moderno vivimos en un vacío de poder como en el ya extinto sexenio del señor Vicente Fox
Alejandro Vázquez Cárdenas Miércoles 6 de Diciembre de 2006
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Desde épocas aristotélicas se dice que la naturaleza aborrece el vacío, expresión destinada a explicar por qué cuando algo falta, de inmediato surge
algo que ocupa el lugar que estaba vacío.
Esta máxima se ha aplicado sobre todo a los fenómenos físicos, por ejemplo, ¿por qué cuando jalamos el émbolo de una jeringa, el líquido sube? La respuesta clásica es que la naturaleza tiende a llenar el vacío producido. Tal explicación, se ha demostrado, es incorrecta, pues el efecto es más bien debido a la presión atmosférica. La naturaleza no aborrece el vacío, la prueba es que, como ya estamos acostumbrados a pensar, el espacio interestelar está aproximadamente vacío y sin embargo es lo que más hay en la naturaleza. De hecho, la naturaleza no aborrece nada, puesto que no tiene propósitos como la gente.
En cambio, pareciera que la naturaleza humana sí «aborrece el vacío», por lo menos en el caso de la política y normas de convivencia. Nunca estamos en una situación en que no tengamos normas, reglas y leyes. Sólo que aquí hay que agregar un pequeño detalle, una ley o una regla tiene tanto peso y valor como la capacidad de hacerla cumplir. Dicho de otra manera, si no hay forma de obligar por la fuerza al cumplimiento de una ley y además un castigo real en caso de incumplimiento, esa ley sencillamente es letra muerta.
Pocas veces en la existencia del México moderno vivimos un vacío de poder como en el ya extinto sexenio del señor Vicente Fox. Personaje bonachón, dicharachero, proclive a las «puntadas» y ocurrencias en cualquier ocasión sin medir las consecuencias, poseedor de una natural capacidad de empatizar con el sufrido ciudadano común, Vicente fue, eso ni como negarlo, un excelente candidato, pero un pésimo presidente. «Gobernó», por así decirlo, pretendiendo quedar bien con todo mundo, con miedo a ser considerado autoritario o represor. Actuó invariablemente con la vista puesta en las encuestas de popularidad, pero quizá su pecado mayor fue su incapacidad para detectar, entender y contrarrestar la malicia, mentiras y mala fe de sus enemigos políticos. Fue engañado por propios y extraños.
Lamentablemente desde el inicio de su sexenio exhibió sus debilidades, le fue tomada la medida desde que dobló las manos ante unos cuantos machetes manipulados por un grupo político. De ahí hacia adelante sólo confirmó su miedo y debilidad. Y en su afán de quedar bien con muchos quedó mal con todos. Se convirtió en un presidente secuestrado por el temor y la indecisión, la más indeseable de las combinaciones en un político. En los múltiples casos de movimientos «sociales» y «laborales» hábilmente manipulados por algunos grupos políticos, sus incompetentes asesores le hicieron creer (o quiso creer) que aplicar la ley era igual a reprimir. Grave error. Si alguien transgrede la ley, individuo o grupo, sin importar color ni filiación, la obligación del Estado, que posee el monopolio de la fuerza, es aplicar la ley y ya. Ante un grupo que actúa delictivamente no hay negociación. Los agresores crecen, se envalentonan y las circunstancias empeoran.
Ejemplo de lo anterior lo tenemos en el reciente sainete protagonizado por nuestros diputados en el Congreso. El grupo de dogmáticos e intolerantes que tiene secuestrado al PRD anunció repetidamente a los cuatro vientos, en todas las frecuencias y a todo color que impediría «a como diera lugar» y «cueste lo que cueste» la toma de protesta del presidente electo Felipe Calderón. Decisión festejada hasta el ridículo por el faccioso Periódico Objetivo y por los segmentos más cavernarios e incultos de este partido, acostumbrados a funcionar con la lógica de El Padrino. Pero resulta que Fox ya había «bajado la cortina» y Calderón, que evidentemente, no se parece en nada a Fox, no podía permitirse iniciar con una muestra de debilidad su sexenio. Por eso, tres días antes de la toma de protesta presidencial, y ante la inminencia de la invasión a la tribuna por las hordas perredistas, los diputados del PAN decidieron adelantarse.
Enfrentados a la fuerza física y la decisión de los panistas, los rijosos perredistas exhibieron sus limitantes, y después de que tres de sus diputados fueron rápidamente enviados a la enfermería con lesiones diversas prudentemente optaron por no seguir la gresca.
Nada refleja mejor la doble moral del PRD que el valeroso artículo escrito por Soledad Loaeza el día 30 de noviembre, transcribo textual: «Ahora, como vírgenes ofendidas los líderes de ese partido se escandalizan ante lo que denuncian como una agresión, y se hacen los disimulados respecto a las amenazas que han estado profiriendo desde el 3 de julio de que impedirán la transmisión constitucional del poder».
El día de la toma, la orden dada al responsable del Estado Mayor Presidencial por el único que les puede dar órdenes, era concreta, tajante e imperativa, había que llegar a la tribuna del Congreso «a como diera lugar».
Y ya se sabe lo que hacen los militares cuando reciben una orden semejante.
La actual estrategia de los «duros» del PRD de actuar como si ellos representaran a México deberá ser replanteada. Si en su momento representaron un 35 por ciento, ahora escasamente llegan a 16 por ciento de las intenciones de voto. Y si no controlan a sus talibanes, en las elecciones intermedias este partido se hundirá en un pequeño tercer lugar.
¿Posibilidad de que el PRD razone? Ninguna mientras siga mandando el mesías de Macuspana.