Opinión

MORELIA
Política de apaciguamiento
Alejandro Vázquez Cárdenas Miércoles 18 de Octubre de 2006
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En épocas como esta es conveniente recordar a Arthur Neville Chamberlain, político inglés que desafortunadamente para él, pero sobre todo
para el mundo entero, llegó a su nivel de incompetencia en los peores momentos y circunstancias en toda la historia de la Humanidad, al desempeñarse como primer ministro británico entre 1937 y 1940.
Hombre tranquilo y de buena educación, pasó a la historia como promotor de la llamada «política de apaciguamiento». Desde el momento en que sustituyó a Stanley Baldwin como primer ministro, su principal objetivo fue evitar una guerra europea por encima de todo y con esta idea obsesiva gobernó esos años; paz y diálogo a como diera lugar. Tardíamente reconoció el fracaso de su política y cuando Alemania invadió a Polonia, Chamberlain, en nombre de Gran Bretaña, declaró la guerra al agresor. Tras el desastre de los primeros meses de contienda, Chamberlain se vio obligado a dimitir en mayo de 1940 y fue sustituido nada menos que por Winston Churchill. Murió un mes después, incapaz de soportar su costosa equivocación.
Pero la llamada «política de apaciguamiento» no apareció por generación espontánea en la Inglaterra de 1937 ni es responsabilidad única de Chamberlain. Es posible rastrear su origen en casi toda Europa desde un poco antes. La «política de apaciguamiento» fue desarrollada y llevada a cabo durante casi toda la década de 1930 por los gobiernos democráticos de Europa occidental, en torpe respuesta a la política agresiva y expansionista de Alemania e Italia, gobernadas respectivamente por Adolfo Hitler y Benito Mussolini.
El primer error de aquellos países fue su pasiva actitud ante la conquista de Abisinia (la actual Etiopía) emprendida por Mussolini en 1935, error ratificado poco después al tolerar la ocupación de la zona desmilitarizada de Renania en marzo de 1936 por las tropas de Hitler.
Dos años después tampoco se adoptaron las medidas necesarias que impidieran a Hitler acometer el Anschluss (la anexión de Austria a Alemania), tal y como hizo definitivamente el 13 de marzo de ese año de 1938. Ya para entonces el rearme y el poderío alemán estaban en todo su apogeo bajo la indolente mirada de Inglaterra y Francia.
Hitler, al observar la pasividad y benevolencia de sus pares en Europa, reclamó más tarde el derecho a incorporar a Alemania la región checa de Los Sudetes, en la cual más de tres millones de sus habitantes eran de habla alemana. Chamberlain se trasladó a Alemania para tratar este tema con Hitler en varias ocasiones (diálogos y más diálogos), la última de las cuales tuvo lugar el 29 de septiembre de 1938, fecha en la que él y el primer ministro francés, Édouard Daladier, viajaron a la ciudad de Munich. Ese mismo día acordaron los tres, junto a Mussolini, el llamado Pacto de Munich. Cuando Chamberlain regresó a Gran Bretaña tras ese encuentro, agitó el famoso documento que recogía el pacto aceptado por Hitler y proclamó que se había alcanzado la «paz en nuestra época», «paz con honor». El primer ministro británico y Daladier habían acordado con el dictador nazi que Checoslovaquia debería ceder a Alemania los territorios de Los Sudetes, tal y como quedaran delimitados por una comisión internacional, a condición de que Hitler prometiera que ésta sería su última reclamación territorial en Europa. Previsiblemente para todos, menos para los pacifistas, el Ejército alemán invadió gran parte de Checoslovaquia en marzo de 1939 y estableció el denominado Protectorado de Bohemia-Moravia.
El periodo de la política de apaciguamiento concluyó el 31 de marzo de 1939, cuando el gobierno británico, en respuesta a las nuevas demandas alemanas, y tardíamente convencido de la inutilidad de cualquier diálogo con Hitler, garantizó la seguridad de Polonia en forma unilateral. Pero ya era muy tarde para disuadir a Hitler de invadir este país, operación que tuvo lugar el 1 de septiembre de este mismo año y que marca el inicio de la II Guerra Mundial.
La política de apaciguamiento se reveló como un costoso y rotundo fracaso; lejos de satisfacer a Hitler, la actitud de Chamberlain persuadió a Alemania de que Francia y Gran Bretaña permanecerían inactivas si atacaba a Polonia. De hecho, facilitó el estallido de un conflicto que iba a superar con creces los horrores de la Primera Guerra Mundial.
¿Cuál fue el costo de este pacifismo? El más alto pagado en la historia del mundo: más de 40 millones de muertos, prácticamente toda Europa destruida, el Holocausto, Auschwitz-Birkenau, Treblinka, las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki conocieron la devastación nuclear y aún hay cicatrices que no terminan de borrarse.
Neville Chamberlain junto con Édouard Daladier esperan en el noveno círculo del infierno a los actuales cobardes.
Evidentemente el pacifismo y la cobardía no son buenos caminos. Conflicto que se soslaya, estalla.