Opinión

MORELIA
La imposible autocrítica
AMLO pretende arrastrar al PRD a una aventura ilegal que terminará en desastre
Alejandro Vázquez Cárdenas Miércoles 13 de Septiembre de 2006
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Cuando algo sale mal, la primera reacción del común de los mortales no es investigar qué hicimos mal, sino buscar a quién echarle la culpa. Jamás se le
ocurrirá pensar que la culpa puede ser suya. Nunca. Imposible. Esto sucede igual si es un negocio que ha fracasado, un examen reprobado, una relación destruida, o una elección perdida. Por un elaborado mecanismo de autodefensa bloqueamos toda información que puede resultarnos dolorosa y que no se ajuste a nuestra particular manera de ver las cosas.
Por eso escuchamos las más peregrinas razones para intentar justificar un fracaso escolar, mismo que invariablemente es culpa del maestro, o de la escuela, o de los horarios o de lo que sea, menos del estudiante. Igual un fracaso en un negocio, que siempre es por la mala suerte o la envidia de alguien, y nunca por una mala planeación, deficiente o nulo estudio de mercado, inadecuada administración, mal servicio, etcétera. Si el fracaso es en una relación de pareja, la culpa invariablemente la tiene la otra persona, que nunca nos comprendió ni nos entendió. Nosotros nunca tenemos la culpa.
En el caso del reciente y ahora ya irremediable fracaso del ciudadano López O. que intentó ganar la Presidencia de la República, hemos escuchado a partir de la noche del 2 de julio todo un catálogo de justificaciones, excusas y pretextos, para explicar la inesperada y muy dolorosa derrota; dolorosa porque nunca se pensó en ella, dolorosa aún más por el estrecho margen en que se dio. A partir de esa noche quedaron muy lejos los triunfalismos que acompañaron toda la campaña de AMLO: «Tenemos 10 puntos de ventaja», «nuestra campaña es a ras de tierra y es la mejor», «los pirruris no quieren ensuciarse los zapatos», «la derecha no puede ganar» y sobre todo su candoroso «Sonríe, vamos a ganar».
En ese preciso momento la lista de integrantes del compló para detener a AMLO creció impresionantemente. El IFE pasó de ser institución confiable a ser una cueva de rateros vendidos, su presidente Ugalde concentró todos los epítetos insultantes que existen en tres diccionarios juntos. Posteriormente el turno fue de un espectral grupo de personas que manejó misteriosos algoritmos para descarrilar electrónicamente el «triunfo» de AMLO, Después fue el turno de los representantes vendidos, del fraude a la «antigüita». En algún momento de este desvarío loprezobradorista se le agregó al compló Sabritas, el árbol de Jumex, Wal Mart, el CCE, Maribel Guardia, Angélica Vale, los medios y los periodistas vendidos, la Iglesia Católica, el Yunque y un inacabable etcétera que fueron a sumarse a los ya conocidos Diego Fernández de Cevallos, Marta Sahagún, Santiago Creel, Banamex y El Innombrable.
Aparece entonces el dogma: Ellos y sólo ellos tuvieron la culpa, ellos y sólo ellos fueron los causantes de la derrota. ¿Autocrítica? ¿Qué es eso?, ¿con qué se come? Absurdo, si «todo mundo» sabía que el triunfo de AMLO estaba asegurado; es más, las elecciones serían un mero trámite. Sonríe, vamos a ganar... Y que no van ganando.
Razones, la verdad hay muchas, pero no las desean ver: la soberbia de considerarse ganador antes de iniciar la batalla, el desprecio por los adversarios, su descalificación antes que cualquier argumento, su furiosa campaña contra la clase media, los ricos y el presidente Fox. En nombre de los pobres, condujo una espectacular confrontación con sectores que ejercen una influencia crítica en la sociedad. El clímax del desprecio por la clase media ocurrió en junio de 2004, cuando descalificó con términos insultantes a los cientos de miles de personas que marcharon para exigir seguridad. La recolección de la peor basura del PRI en un afán de «amarrar» votos (Guadarrama, Vega Galina, Gandarilla, Camacho, Durazo, Núñez, etcétera). El discurso incendiario, agresivo y por momentos de verdadero iluminado contra la clase media le hizo perder millones de votos. Por si eso fuera poco su demencial «cállese chachalaca» que tantos aplausos le redituaba en sus mítines se tradujo en una irrecuperable caída en las preferencias del electorado. López nunca entendió que, con todo y sus limitaciones Vicente Fox es para la mayoría de los mexicanos el símbolo de la transición democrática y representa la fuerza que derrotó el autoritarismo priísta.
Entonces ya no fueron suficientes sus grandes recursos extraoficiales, el descarado apoyo de Alejandro Encinas, convirtiendo al gobierno del Distrito Federal en matraquero del PRD, los desvíos de la Tesorería a cargo de Ponce, las colectas de Bejarano, las bolsas de Ímaz, las corruptas redes clientelares, la bárbara transferencia de dinero del Sindicato del IMSS, el uso de mentiras como el caso Hildebrando, Banorte y Fobaproa. Vamos, ni siquiera le sirvió el haber sido el candidato que más gastó y más presencia tuvo en los medios.
Ahora, en un callejón sin salida, víctima de su torpeza y su cerrazón, pretende arrastrar al PRD en una ya ilegal aventura que fatalmente terminará en desastre.
Ojalá actúen pronto los verdaderos perredistas y puedan rescatar lo que sobra del partido, antes de que termine de destruirlo.
Add. Leo en la versión local del Pravda la petición de retirarle el carácter de michoacano a Felipe Calderón. De inmediato recuerdo casos similares, Letelier, Baruch, Rostropovich, a quienes se les retiró la nacionalidad por parte de Pinochet, Fujimori y Brezhnev, respectivamente. Las enseñanzas quedan.