Opinión

MORELIA
El chantaje como política
La historia antigua y reciente del señor López Obrador nos muestra un catálogo de acciones que encuadran perfectamente en la definición de chantaje
Alejandro Vázquez Cárdenas Miércoles 9 de Agosto de 2006
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El Diccionario de la Real Academia Española define como «chantaje» a la presión, que, mediante amenazas, se ejerce sobre alguien para obligarle a
obrar en determinado sentido. Es utilizada también como sinónimo de extorsión.
El mecanismo de la extorsión es bastante sencillo, esencialmente es una amenaza, más o menos velada o más o menos evidente, y la promesa de no ejercerla si se cumple con un determinado requisito.
La historia antigua y reciente del señor López O., abanderado de la coalición «Por el bien de todos» (¿de todos los que?) nos muestra un catálogo de acciones que encuadran perfectamente en la definición de chantaje. Desde su natal Tabasco se ha caracterizado por su decidida apuesta por el chantaje. Veamos algunas: Las presiones a finales de noviembre de 1991. El llamado «Éxodo por la democracia» como protesta por presuntas irregularidades en las elecciones municipales. López Obrador era el presidente estatal del PRD recientemente formado. El éxodo fue una caminata de Villahermosa, Tabasco, al Distrito Federal, con la idea de presionar al presidente Carlos Salinas. El resultado fue la caída del gobernador Salvador Neme Castillo.
En 1993 encabezó López O. la lucha de los barrenderos de Tabasco, los plantó en el Distrito Federal, los llevó a un choque con los granaderos en terrenos de la Comisión Nacional de Derechos Humanos y luego los plantó en el Zócalo por un acuerdo con Manuel Camacho, entonces regente de la ciudad. El plantón se extendió hasta septiembre y amenazó con suspender la ceremonia del Grito de Independencia y el desfile del 16 de septiembre. Camacho negoció con López Obrador y logró levantar el plantón a cambio de «pagarles el desgaste físico». El dinero lo entregó Marcelo Ebrard en efectivo delante de varios testigos. Con el dinero en la bolsa, López Obrador regresó tranquilamente a Villahermosa y abandonó la lucha de los barrenderos municipales.
Posteriormente vinieron las marchas de noviembre de 1994 para protestar por el fraude electoral de Roberto Madrazo. Aprovechó la coyuntura del cambio de gobierno. El plantón se quedó en el Distrito Federal. El IFE acababa de estrenarse, pero aún presidido por el secretario de Gobernación. Zedillo negoció con Porfirio Muñoz Ledo, entonces presidente nacional del PRD, y acordaron la renuncia de Madrazo a la gubernatura. Mas una indiscreción de Muñoz Ledo alertó a Madrazo, que presionado en Los Pinos, había aceptado renunciar. Pero camino a Tabasco habló con Hank González logrando su apoyo y al llegar a Villahermosa, Madrazo no sólo no renunció sino que levantó el plantón a macanazos. López Obrador fracasó.
En 1996 encabezó la lucha de campesinos en contra de Petróleos Mexicanos cerrando pozos petroleros. Lucha que costó a la nación muchos millones de pesos. López Obrador la declaró «lucha pacífica» pero rápidamente los campesinos chocaron con la policía. Finalmente, el gobierno estatal decidió desalojar los pozos con policías y en el enfrentamiento López Obrador recibió un toletazo en la cabeza que le hizo sangrar y manchar la camisa. Con gran sentido de la oportunidad, buscó la foto y lució la herida en una portada de Proceso. Fracasado el movimiento, negoció el fin del conflicto a cambio de la cancelación de las órdenes de aprehensión.
Por fin, en el 2000 se decidió la lucha pacífica. Aceptó la candidatura a jefe de Gobierno del Distrito Federal, pero fiel a su naturaleza, consiguió el registro en las calles y no en el proceso legal porque carecía de residencia en el Distrito Federal. La denuncia fue hecha por los perredistas Pablo Gómez y Demetrio Sodi. Una marcha callejera intimidó al gobierno de Zedillo y autorizó su registro. El negociador de López Obrador con Zedillo fue el inolvidable René Bejarano.
A lo largo de cinco años usó liberalmente los recursos del gobierno del Distrito Federal para su campaña por la Presidencia, logrando en ese tiempo encuestas de aceptación con el 50 por ciento de promedio. En 2004 ocurrió el muy torpe intento de desafuero por haber violado un amparo. No hubo problema, a la primera manifestación Fox, como era de esperar, se intimidó. De nueva cuenta torció la ley.
Ahora tiene de rehén a la Ciudad de México y el Sr. López, llevado por un delirio ya sin frenos y con el apoyo de un grupo de aguerridos fanáticos, incapaces de entender otra opinión que no sea la externada por su Mesías, han desquiciado la vida en el centro de la ciudad, con la absoluta complacencia de los títeres que ofician supuestamente como «autoridades» del Distrito Federal.
Todo a partir de una idea delirante: Yo gané. Todo por no haberse atajado a tiempo a un individuo señalado insistentemente y desde hace tiempo como portador de un severo trastorno psicológico y que ahora, en su locura, ha decidido arrastrar a millones de desamparados ideológicos sin que eso le importe un comino. Definitivamente, aunque les incomode a sus fanáticos, el símil con Adolfo Hitler en sus últimos días en el búnker de Berlín es correcto.