Opinión

MORELIA
La salud y los políticos
Resulta interesante la iniciativa de reformas legales para conocer el estado de salud de los personajes públicos
Alejandro Vázquez Cárdenas Miércoles 19 de Julio de 2006
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Tradicionalmente el ejercicio de la medicina en casi todos los países ha tenido el privilegio de contar con lo que podríamos llamar «secreto profesio-
nal». Siendo la enfermedad un evento de naturaleza íntima y muy personal, imagino que a nadie le resultaría agradable saber que su historial médico pueda ser ventilado públicamente. Nadie tiene por qué enterarse que el gerente «X» padece hemorroides o que la jefa de departamento «Z» tiene una incontinencia urinaria de esfuerzo y debe usar pañal. Mucho menos deben ventilarse públicamente enfermedades que tienen una carga negativa como sería una enfermedad venérea o si se padece el altamente estigmatizante SIDA.
Dentro del gran catálogo de enfermedades existen unas, que sin representar un peligro de muerte sí tienen una enorme carga negativa ante la sociedad. Me refiero a las patologías mentales. Incluyéndose aquí desde los más simples y tranquilos trastornos de la personalidad hasta las altamente incapacitantes enfermedades que se estudian en el capítulo de las psicosis (locos, en el habla popular).
Pero como todo en esta vida, encontramos que casi cualquier cosa que analicemos tiene varias aristas. Resulta que los humanos no vivimos solos, vivimos e interactuamos en una sociedad con alta movilidad. Por lo tanto lo que hagamos o dejemos de hacer afectará a un determinado grupo de gente. Dentro de esta línea de razonamiento ha surgido recientemente la inquietud para legislar algo que de entrada suena incómodo. Conocer a fondo el estado de salud de un político que aspire a mandar en un país. El soporte histórico para esta petición existe. Hay ejemplos de situaciones médicas que afectaron el destino de países al no conocerse el grado de enfermedad de un candidato o un presidente en funciones. Recordemos algunos: El cáncer prostático de Miterrand, diagnosticado en 1981, al inicio de su primer periodo, fue ocultado hasta 1991, cuando estaba a la mitad de su segundo periodo y ya para entonces las condiciones de salud del mandatario eran francamente malas.
Entre otros casos relevantes tenemos en 1982, la muerte del líder soviético Leonid Brezhnev que permitió la llegada al poder de Yuri Andropov, quien a sólo tres meses de asumir funciones tuvo que someterse a una operación urológica, pasando en el hospital la mitad de los quince meses que estuvo en el poder. A su muerte en febrero de 1984, le sucedería Konstantin Chernenko, quien fue electo a pesar del consejo médico, y duraría en el cargo sólo un año y un mes, permitiendo el arribo al poder de Mijail Gorbachov, con las consecuencias históricas que ya conocemos.
En Latinoamérica tenemos el caso del ecuatoriano Abdalá Bucaram, apodado El Loco, depuesto en febrero de 1997 de la Presidencia que había asumido apenas seis meses antes, por una resolución del Congreso de su país que lo declaró «incapacitado mentalmente para gobernar» en medio de una grave crisis de gobernabilidad.
Más reciente, julio de 2000, fue el caso del presidente nicaragüense Arnoldo Alemán, que enfrentó la intención del Parlamento de esa nación para examinarlo médicamente y determinar su aptitud mental para gobernar, en medio de constantes denuncias de abuso de autoridad.
En marzo del presente año, la senadora Dulce María Sauri, a nombre de ella y otros senadores del PRI, presentaron una iniciativa de reformas a la ley para poder conocer el estado de salud de diversos personajes de la vida pública, concretamente el presidente de la República y todos aquellos que tengan mando en estructuras unipersonales (Banco de México, presidencia del IFE, procurador general de la República, entre otros).
De entrada suena razonable, pues en el caso concreto de México, en los años del máximo esplendor del autoritarismo priísta nos pudimos dar cuenta, en forma dolorosa, que los desórdenes mentales del presidente en turno no tenían contrapeso alguno. Actualmente es menor su poder, pero seguimos sin poder verificar y conocer su estado de salud mental, aunque de ello dependa el destino de más de 100 millones de personas.
Esta iniciativa, innegablemente ha sido diseñada, entre otras cosas, por el probable uso continuo de antidepresivos por parte del presidente Fox, por la sospecha de su personalidad bipolar, pero también, en forma calculada, teniendo en mente al señor Andrés López, individuo que muchos profesionistas han señalado como portador de un trastorno de la personalidad de tipo paranoide. En los actuales momentos y a la luz de sus continuamente contradictorias y amenazantes declaraciones, su diagnóstico psiquiátrico parece estar ya más que confirmado. Sus últimos discursos nos recuerdan la excelente actuación de Bruno Ganz, en La caída, film que recrea los últimos días de Hitler en su búnker de Berlín, con el dictador gritando, amenazando, descalificando a quien lo contradecía, movilizando imaginarios ejércitos, absolutamente convencido de una realidad que sólo él veía.
Interesante iniciativa, pero sospecho que está condenada a dormir el sueño de los justos. Los señores legisladores tienen muchas otras cosas que hacer.