Opinión

MORELIA
La angustia de López
Alejandro Vázquez Cárdenas Miércoles 12 de Julio de 2006
A- A A+

Su proyecto lleva años, ¿cuántos?, indudablemente desde su llegada a la jefatura del Distrito Federal, pero quizá mucho antes. Desde ese puesto se dedicó a diseñar
una estrategia que lo llevaría a la candidatura por la Presidencia de la República usando el partido que lo recibió, el PRD. A partir de entonces se dedicó a construir sus redes, sus contactos, sus ligas, a formar grupos, eliminar adversarios y rodearse de incondicionales. No podía fallar, no podía perder, estaba predestinado a cumplir una misión: redimir a los pobres y cambiar el sistema económico de México, aunque nunca supiera bien a bien cómo funcionaba este sistema.
Para lograr lo anterior usó todos los recursos disponibles a su alcance, fortaleció los grupos de invasores, taxis piratas, cuotas a funcionarios, compromisos con cualquiera que realizara un trabajo para el Gobierno del Distrito Federal, de aquí vienen las relaciones con Ahumada, los maletines llenos de dólares que recogían Bejarano, Ímaz y sabe cuántos más. Por esto la salvaguarda de la información sobre cuánto costaron en realidad los segundos pisos. Se afirma también sobre la extorsión a múltiples negocios, sobre todo de los llamados giros negros. Todo un catálogo de transas con el único fin de financiar una costosa campaña hacia la Presidencia.
Estaba convencido de ganar, disponía del tiempo y cobertura que le daban los medios por sus conferencias mañaneras, las cuales manejaba a su antojo, se allegó un periódico vocero La Jornada, se rodeó de plumíferos a modo como Ricardo Rocha, Granados Chapa y Federico Arreola, las encuestas lo mostraban como solitario puntero durante años. Quedó convencido, no podía perder, era, como decían los trasnochados izquierdistas de los 60, «moralmente imposible» el triunfo de otros candidatos. Era la reencarnación de Juárez. Hasta repartió una caricatura, que más que a AMLO se parecía al personaje de MAD, pidiendo sonreír ante la inevitable victoria.
Al arranque de su campaña, endiosado con su propia mitología, se le hizo fácil insultar a todos los que no pensaban como él. No merecían ni su nombre siquiera, eran «pirruris», eran «señoritingos» eran «chachalacas». Y cuando las encuestas lo colocaron igual o incluso abajo de su competidor «de la derecha» simplemente las descalificó. Sólo eran reales sus propias encuestas, ¿cuáles? nunca dijo, ¿qué metodología tenían?, no lo dijo.
Ahora que la votación no lo favorece se enoja, grita, amenaza, levanta el dedo admonitoriamente, su cara revela angustia, incredulidad, ira contenida. Pero lo más preocupante ha sido corroborar lo que muchos analistas habían previsto: Andrés López simplemente no puede asimilar su derrota. Grita él y sus corifeos: ¡Fraude!, aunque sepan que es una afirmación insostenible.
Por eso ha decidido seguir la peor de las estrategias, agredir a las instituciones electorales, sembrar la sospecha con afirmaciones de duda y llevar el proceso hasta el Tribunal Federal Electoral del Poder Judicial de la Federación. Y ante la posible declaración del TEPJF en su contra, entonces señalar que no perdió, sino que lo despojaron de la Presidencia de la República.
La triste realidad es que la angustia de López Obrador radica en que tiene demasiados pasivos que pagar. A lo largo de su campaña de cinco años con cargo a las finanzas del Gobierno del Distrito Federal, el perredista fue sumando compromisos con políticos, funcionarios y arribistas que dejaron empleos para sumarse a una candidatura supuestamente ganadora. Muchos priístas fueron atraídos a la campaña con el señuelo de posiciones en el gobierno. Y en el colmo de las fantasías, antes de ganar las elecciones, el gabinete presidencial de López Obrador fue repartido como tres veces.
López Obrador nunca aceptó la posibilidad de la derrota. Por tanto, no está preparado para perder. En las entrevistas de radio y televisión se percibían con claridad las dificultades de los entrevistadores para que respondiera a la pregunta de que reconocería su derrota si las cifras así lo demostraban. El candidato perredista le daba vueltas y más vueltas al asunto, repetía hasta el cansancio que no iba a perder y que ganaría con diez puntos de ventaja. A veces todo quedaba en un murmullo sacado a fuerzas.
Agobiado por compromisos de cargos ya asignados, arrinconado por su discurso de victoria que no incluyó la posibilidad de la derrota y creyéndose el cuento de ser la esperanza de millones de mexicanos, es obvio que López Obrador sólo está programado para la victoria. Por eso los primeros datos de su conteo debajo de Calderón lo desquiciaron, por eso vio un «compló» en los mensajes de Luis Carlos Ugalde y Vicente Fox y por eso ha convertido a las instituciones electorales en objeto de sus descalificaciones.
Así ahora, al más puro estilo fascista, y con el apoyo del pestilente cadáver de un periódico que hace años dejó de ser confiable, miente descaradamente al país con argumentos que no resisten él más superficial de los análisis. López Obrador invoca el incendio, la división, la polarización de México para compensar su fracaso. Sacar a la gente a las plazas y calles no es difícil para un demagogo como él, el problema va a ser regresarla a sus casas. Pero la sociedad mexicana no tiene por qué pagar los desequilibrios emocionales de este Mesías con delirios de grandeza. Definitivamente la personalidad de López Obrador es un estupendo material de estudio psiquiátrico. Ya tenemos a Mussolini, a Perón, Chávez, falta López.