Opinión

MORELIA
Populismo, receta para el desastre
Alejandro Vázquez Cárdenas Miércoles 28 de Junio de 2006
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Usted amable lector, con toda seguridad conoce no una, sino varias definiciones de populismo, una palabra que define la época del echeverria-
to y puesta de moda ahora con la candidatura del Sr. López O. En los últimos meses un día sí y otro también más de dos columnistas y analistas políticos endilgan este calificativo al abanderado del PRD.
Pero, en realidad ¿López O. es populista?, ¿o simplemente un Mesías? Recordemos una definición más o menos concreta de lo que se considera populismo: El populismo con una significación peyorativa es el uso de medidas de gobierno populares, destinadas a ganar la simpatía de la población aún a costa de tomar medidas contrarias al estado democrático. Se diferencia de la demagogia porque se refiere no sólo a discursos, sino también a acciones.
Algo que forma parte de la idiosincrasia del mexicano es su eterna espera de un líder, de un Mesías, de esa persona que rápidamente acabe con los problemas socioeconómicos del país. Cada seis años esta esperanza renace, para morir unos cuantos meses después. Conocedores de esto, hábiles políticos entonan discursos, reflejo de lo que quieren oír las clases menos favorecidas (las cuales son la mayoría), pero muy alejados de lo que realmente necesitan para salir de las estadísticas de pobreza. A esta manera de hacer política se le denomina populismo. Es la errónea concepción de que se ataca la pobreza redistribuyendo los ingresos y la riqueza, sin tomar en cuenta que la variable clave es el crecimiento económico (y las inmensas trabas a la inversión privada, su principal motor).
La prédica del populismo es la lucha contra la injusticia que mantiene pobres a la mayoría de la población, la culpa, se dice, es de los ricos y los privilegiados que viven bien a costa de la miseria del pueblo. Por ignorancia o por dolo no se habla de la productividad, la inversión y la estructura de la economía.
El líder, casi siempre de origen humilde, apela a los resentimientos de los pobres y amenaza a los privilegiados. Siempre se gana a una fracción de éstos que por alguna causa están inconformes o tienen ideologías contra el sistema vigente. Se apoya además en sentimientos que han sido bien estudiados por los psicólogos sociales: la atracción de una figura paternal protectora y salvadora, y la tendencia humana a afiliarse a uno de dos bandos antagónicos. Apela más a los símbolos que al discurso racional para convencer: actos masivos ruidosos, discursos emotivos y amenazantes y con desplantes en relaciones internacionales. Apela al patriotismo y a las tradiciones culturales para unir a los que lo apoyan y acusa a los que se oponen de antipatrióticos (maximilianos).
Invariablemente el discurso del caudillo de turno de cualquier país del hemisferio es incendiario, apocalíptico en lo que respecta a la sociedad presente y absolutamente promisorio a la sociedad del futuro. Machaca hasta el cansancio que la pobreza terminará cuando se redistribuya la riqueza.
Parte de la misión redentora de los nuevos iluminados es el ataque sistemático a todas las estructuras del Estado y del gobierno, la aniquilación moral de todas las figuras públicas representativas del orden establecido y la destrucción de los partidos políticos y entidades de la sociedad civil que no sean compatibles.
Estos líderes populistas, que indudablemente son «políticamente correctos» y que actúan atendiendo a las normas de los tiempos, no son remisos en cambiar las formas de gobierno existentes para asumir en un nuevo marco constitucional el poder que consideran les pertenece por completo.
Adalides del populismo latinoamericano fueron en el siglo pasado el argentino Juan Domingo Perón y el brasileño Getulio Vargas, también hay antecedentes de militares populistas como Juan Velasco Alvarado, en Perú y Omar Torrijos, en Panamá. Actualmente el más representativo de estos especímenes es el venezolano Hugo Chávez.
Concluyo: el populismo es una de las herramientas preferidas de cualquier proyecto político que se fundamente en el autoritarismo o el totalitarismo. El populismo es intrínsecamente antidemocrático, no entiende de división de poderes ni de relevo de mando, aunque haya utilizado los procesos electorales como método para llegar al poder con legitimidad.
¿Resuelve los problemas el populismo? Definitivamente no; al contrario, puede fácilmente mandar a la ruina a un país entero y crea solamente una nueva comalada de millonarios. Después de un siglo de capitalismo, comunismo, fascismo y populismo seguimos sin una solución perfecta. Paradójicamente todos ellos se han presentado como la única solución. Tal vez la vía más promisoria sea un sistema de amplias libertades, administración honesta y transparente, sin líderes ni ideologías preconcebidas, que permita una evaluación crítica de los resultados.