Opinión

MORELIA
Repercusiones
Un sexenio de locuras
Para Fox, sus derrotas constantes son triunfos singulares; sus singulares mentiras son verdades completas
Samuel Maldonado B. Martes 6 de Junio de 2006
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A un mes de las elecciones constitucionales el panorama electoral no le es favorable a la derecha conservadora ni menos al candidato que ahora se dice de centro. Finalmente, las aguas recuperan el nivel natural y el caballo que decía iba muy ligero, se tropieza con la realidad nacional que no es otra cosa que el desencanto en un gobierno inculto, superficial, de locura, que en cinco años y medio dilapidó las esperanzas del cambio.

En México, generalmente la locura presidencial les «llegaba» a los titulares del Poder Ejecutivo después del tercer año de su gestión administrativa, pero lo que es a Vicente, se le adelantó y desde el instante mismo de cruzarse la banda presidencial al pecho, el poder lo comenzó a enloquecer y, en los últimos, pero sobre todo en este último año, su trastorno es superior al tenido por sus antecesores.

Desde luego, la locura no satisface a nadie, excepto la que sufriera el gran Manco de Lepanto, que expresaba, cito: «La razón de la sinrazón que a su razón se hace, con tal manera mi razón enflaquece, que con razón que quejo...».

De ninguna manera nos debiera llamar el desequilibrio que sufren los presidentes de la República; en cierta forma es entendible su desvarío, pues están sujetos a un cortesanismo indigno, a una adulación constante y a un enorme poder que los transforma y los hace creer que son infalibles, lo que los orilla a desviaciones como la actual de querer sentar a Felipón en una silla que dejará vacía (si es que alguna vez la ha ocupado).

Los mexicanos, tal vez por la herencia de los conquistadores, nos hemos acostumbrado a la soberbia de los poderosos y a hacerles pensar que creemos en su palabrería y en su autoridad moral; poco nos llama la tención su conducta, que la soportamos porque tenemos siempre una «válvula de escape» en los muy buenos moneros que nos hacen reír a diario con las tonterías que dicen y cometen, en este caso, el propio Fox y su familia.

Locura como la de Cervantes, la soportamos y entendemos y la recibimos con beneplácito porque nos deleita tantas veces como releemos la más grande historia de caballería hasta el momento escrita, pero si soportamos la de los presidentes es en función de la risa que nos provocan y tal vez porque sabemos que la de éstos sólo dura un sexenio.

Pero la exaltación de logros ajenos como si fueran propios, su manía de ver en sus actos maravillosas acciones y sus mentiras constantes nos exacerban, nos irritan, nos enfadan.

El ataque peligroso que sufre de grandilocuencia lo hace perder el sentido de la realidad y creer que puede, como en los mejores tiempos del priísmo, dejar a Felipe como heredero y sucesor. Su paroxismo le exalta violentamente su verborrea que nos llena de terror, principalmente cuando sale al extranjero y hace el ridículo. Con su actitud insulta nuestra inteligencia y su estadía como presidente se nos hace eterna, porque además de la burla hacia los ciudadanos, mantiene en una constante humillación la política internacional de nuestro país.

Para fortuna de los mortales, entendemos la disparatada conducta del creador de El ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha y aceptamos con gratitud que ésta comenzara a generarse como producto de la herida sufrida en 1571, en la batalla de Lepanto (donde Don Juan de Austria luchaba contra los turcos), pues dio como resultado la creación de esa novela catalogada como un monumento de la literatura universal, pero la que sufre el actual titular del Poder Ejecutivo, ni la entendemos, menos la aceptamos y ya casi ni podemos creer tanta estulticia presidencial.

Para Fox, sus derrotas constantes son triunfos singulares; sus singulares mentiras son verdades completas. Ya no entendemos ni comprendemos lo que ha sido su gobierno, o lo que él está haciendo como jefe de gobierno.

En fin, sea pues su locura y la sinrazón de sus eufóricos pronunciamientos las que finalmente nos hagan entender a los mexicanos la urgencia de que se repita el voto útil, pues con éste podemos evitar que llegue la derecha o el centro, que son y han sido lo mismo y «¡para bien de todos!», que gane nuestro país.