Opinión

MORELIA
Suicidio por culpabilidad
La revista Bohemia, de Cuba, supo anticiparse a la era de mentiras de Fidel Castro
Alejandro Vázquez Cárdenas Miércoles 24 de Mayo de 2006
A- A A+

Los que lo conocieron, afirman que Miguel Ángel Quevedo fue el mejor director que tuvo la revista cubana Bohemia. Una revista de «oposición». Imagine
mos algo así como La Jornada y Proceso, pero a diferencia de éstos, con credibilidad y escritores de calidad. Dicha revista contribuyó en parte al triunfo de Fidel Castro, y cuando se convenció de las mentiras del dictador y viendo convertirse a Cuba en un lacayo de la URSS, huyó de su país, pero nunca se perdonó el papel que jugó en el ascenso de Fidel. Jamás se repuso de su error y el sentimiento de culpa lo llevó al suicidio el 12 de agosto de 1969.
Por considerarlo un documento histórico de interés, sobre todo por el momento electoral que atravesamos en México, transcribo una parte de su carta.

«Sr. Ernesto Montaner.

Cuando recibas esta carta, ya te habrás enterado por la radio de la noticia de mi muerte.
Sé que después de muerto lloverán sobre mi tumba montañas de inculpaciones. Que querrán presentarme como «el único culpable» de la desgracia en Cuba. Yo no niego mis errores ni mi culpabilidad, lo que sí niego es que fuera «el único culpable». Culpables fuimos todos, en mayor o menor grado.
Culpables fuimos todos. Los periodistas, que llenaban mi mesa de artículos demoledores contra todos los gobernantes, y vestían el uniforme de «oposicionistas sistemáticos». No importa quién fuera el presidente. Ni las cosas buenas que estuviera realizando a favor de Cuba. Había que atacarlos, y había que destruirlos. El pueblo también fue culpable. El pueblo que compraba Bohemia, porque Bohemia era el vocero de ese pueblo.
Fidel no es más que el resultado del estallido de la demagogia y de la insensatez. Todos contribuimos a crearlo. Y todos, por resentidos, por demagogos, por estúpidos, o por malvados, somos culpables de que llegara al poder. Los periodistas que conocieron la hoja penal de Fidel, su participación en el Bogotazo comunista, el asesinato de Manolo Castro, y su conducta gangsteril en la Universidad de La Habana, y pedíamos una amnistía para él y sus cómplices en el asalto al Cuartel Moncada, cuando se encontraba en prisión.
Fue culpable el Congreso que aprobó le Ley de Amnistía. Y los comentaristas de radio y de televisión que lo colmaron de elogios.
Fueron culpables los millonarios que llenaron de dinero a Fidel para que derribara al régimen. Los miles de traidores que se vendieron al barbudo criminal.
Fueron culpables los curas de sotana roja que mandaban a los jóvenes para la Sierra Maestra a servir a Castro y sus guerrilleros. Y el clero, oficialmente, que respalda a la revolución comunista con aquellas pastorales encendidas, conminando al gobierno a entregar el poder.
Fue culpable Estados Unidos de América, que incautó las armas destinadas a las Fuerzas Armadas de Cuba en su lucha contra los guerrilleros. Y fue culpable el State Department, que apoyó la conjura internacional dirigida por los comunistas para adueñarse de Cuba.
Todos fuimos culpables. Todos. Por acción u omisión. Viejos y jóvenes. Ricos y pobres. Blancos y negros. Honrados y ladrones. Virtuosos y pecadores.
Ojalá mi muerte sea fecunda. Y obligue a la meditación. Para que los que pueden aprendan la lección. Y los periódicos y los periodistas no vuelvan a decir jamás lo que las turbas incultas y desenfrenadas quieran que ellos digan. Para que la prensa no sea más un eco de la calle, sino un faro de orientación para esa propia calle. Para que los millonarios no den más sus dineros a quienes después les despojan de todo. Para que los anunciantes no llenen de poderío con sus anuncios a publicaciones tendenciosas, sembradas de odio y de infamia, capaces de destruir hasta la integridad física y moral de una nación. Y para que el pueblo recapacite y repudie a esos voceros del odio, cuyas frutas hemos visto que no podían ser más amargas.
Fuimos un pueblo cegado por el odio. Y todos éramos víctimas de esa ceguera.
Adiós, perdono con los brazos en cruz sobre mi pecho, para que me perdonen todo el mal que yo he hecho.
Miguel Ángel Quevedo».
Impresionante ejemplo de dignidad llevada hasta sus últimas consecuencias. «Dignidad», cualidad que considero inexistente en la fauna editorial que medra en algunos de los llamados «periódicos de circulación nacional» y en ese hebdomadario que vivió sus mejores épocas en sexenios pasados.
Cuánta diferencia con Fidel y sus 900 millones de fortuna personal.