Opinión

MORELIA
Atenco, hipocresía o cinismo
Los sucesos de Atenco merecen otras lecturas, aparte de las que hemos visto reflejadas en los medios
Alejandro Vázquez Cárdenas Miércoles 17 de Mayo de 2006
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El Diccionario de la Real Academia Española define el cinismo como: «Desvergüenza en el mentir o en la defensa y práctica de acciones o doctrinas vitupe-
rables». Hipocresía la define como: «Fingimiento de cualidades o sentimientos contrarios a los que verdaderamente se tienen o experimentan».
Cualquiera, por poco que lea, ha sido testigo en estos días de cómo el reciente episodio de violencia en Atenco ha dado origen a un alud de artículos, crónicas, densos y sesudos análisis escritos por analistas «políticamente correctos» y una gran cantidad de simples relatos más o menos superficiales, escritos por personas, que, quiero imaginar, fueron honestamente impresionadas por las imágenes de violencia difundidas ad nauseam por la televisión (la violencia vende, y vende bien). Sin embargo, una detenida y atenta lectura de varios de ellos nos deja con la incómoda impresión de que algo se les quedó en el tintero, que algo faltó en la información que nos proporcionan, y que, contra toda honestidad, han seleccionado o magnificado aquellas partes que a su juicio resultan más útiles para sus personales intereses.
El problema no es nuevo; el origen de la violencia en la población de San Salvador Atenco se puede rastrear, haciendo caso omiso de los disparates de «luchas de clases», «pueblo oprimido por el gobierno», «reivindicaciones de un pasado indígena» y otras sandeces similares, al inicio del sexenio del presidente Fox, cuando, después de una larga y postergada deliberación, se decidió construir en esos terrenos el muy necesario nuevo aeropuerto de la Ciudad de México, y no en los terrenos de Tizayuca, Hidalgo. La operación, supuestamente avalada y apoyada por el gobierno del Estado de México, después de todo Atenco pertenece al Edomex, fue mal planeada, mal diseñada y pésimamente ejecutada. Todo, absolutamente todo, lo hicieron mal, en una verdadera feria de torpezas a cargo de los tres niveles de gobierno que exhibieron una sublime incompetencia. Lo más llamativo fue algo que todos vimos: un beligerante grupo de habitantes, armados con machetes, apoyados por las escorias del CGH y por diversos grupos de agitadores y «tribus» ligadas a los núcleos «duros» del PRD, que lograron poner de rodillas al flamante gobierno, federal y estatal, Fox, Montiel y sus inútiles empleados.
A partir de ese momento, se constituyó una estructura denominada «Frente de Pueblos en Defensa de la Tierra», grupo de agresivos personajes que durante cinco años se dedicaron a amedrentar, amenazar, secuestrar a funcionarios y mantener una conducta violenta. Todo bajo la temerosa mirada de los que juraron «cumplir y hacer cumplir la Constitución».
Todo estalló en los primeros días de mayo, en una acción que se ha mostrado como concertada entre diversos grupos radicales. A partir de un incidente trivial se desatan las furias en Atenco. Hay un primer intento de imponer el orden y los incompetentes policías, mal pagados y peor entrenados, son rebasados por una horda de descendientes directos del Neanderthal. La imagen de un policía, caído y sin sentido, siendo golpeado con ira por un emisario de las cavernas conmovió a muchos, salvo al subcomediante Rafael Guillén, que muy orondo sentenció que fue válido golpearlo «por lo que representa».
Posteriormente viene la respuesta de los gobiernos federal y estatal, donde, con exceso de fuerza y mostrando una vez más la escasa o nula preparación policiaca pues más parecía que buscaban venganza que imponer el orden, se logró lo que debieron haber hecho hace cinco años, detener a los responsables de transgredir la ley.
Inmediatamente pusieron el grito en el cielo los apologistas de los redentores del machete, los infaltables «abajofirmantes» y otros especímenes ligados a la izquierda más intolerante. Ellos, junto con los infaltables «compañeros de viaje» que pululan en muchos periódicos, se han dedicado a descalificar a las autoridades por su decisión de cumplir y hacer cumplir la ley. Insisten en señalar agresiones, que sí las hubo, violaciones, no demostrables hasta el momento pero que ellos dan por verídicas y sobre todo, insisten en un imposible diálogo con los intolerantes macheteros, diálogo tan imposible como querer convertir a un tigre en vegetariano. Para estos apologistas de la violencia la ley no se debe aplicar a los agitadores de Atenco.
¿Se quejaron estos apóstoles de la corrección cuando durante cinco años los señores del machete se dedicaron a amenazar, amedrentar, quemar vehículos, agredir y secuestrar funcionarios? No recuerdo una sola nota al respecto. ¿Defendieron los derechos humanos de los agredidos por los intolerantes integrantes de las agrupaciones ligadas a los macheteros?, tampoco recuerdo nada. ¿Será porque ellos no son «de izquierda» o no enarbolan «derechos indígenas? No lo sé. Sólo sé que en correcto castellano eso se llama ser hipócritas y cínicos.