Opinión

MORELIA
¿Qué es un intelectual?
El término intelectual está dotado socialmente de un valor de prestigio. Se entiende que esa actividad dedicada al pensamiento tiene una dimensión y una repercusión públicas que se consideran muy valiosas
Alejandro Vázquez Cárdenas Miércoles 26 de Abril de 2006
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Si iniciamos nuestro recorrido por el DRAE, publicado por la Real Academia Española, en su vigésima segunda edición, encontramos que viene del latín
intellectualis y que es un adjetivo con tres acepciones: «Perteneciente o relativo al entendimiento», «espiritual, incorporal» y «dedicado preferentemente al cultivo de las ciencias y las letras».
La popular encarta menciona concretamente tres acepciones:
1. Relativo al entendimiento. 2. Espiritual o sin cuerpo. 3. Dedicado preferentemente al trabajo intelectual.
Otra: Un individuo intelectual es aquel que elabora pensamiento de relevante impacto social, valiéndose para ello del conocimiento sobre ciencias y letras.
Ya entre serio y broma encontramos estas otras: Señor que piensa mucho y gana poco. Individuo capaz de pensar por más de dos horas en algo que no sea sexo.
El término intelectual está dotado socialmente de un valor de prestigio. Se entiende que esa actividad dedicada al pensamiento tiene una dimensión y una repercusión públicas que se consideran muy valiosas. El problema que se deriva de ello es que, en muchas ocasiones, la aplicación del término depende del grado de afinidad ideológica, política, etcétera que tenga quien lo aplica con respecto de la persona que se esté considerando.
No existen, por tanto, criterios absolutamente objetivos para identificar como intelectual a nadie. Se trata de una palabra cuyo significado está matizado por percepciones sociales, lo que la convierten en inestable e imprecisa.
Para un ciudadano «de a pie», consumidor de programas televisivos de horario triple A y lector superficial de revistas de espectáculos y periódicos deportivos, al hablar de «intelectuales» imaginan a aquellos individuos que suponen cultos, expertos en letras y en arte, generalmente de lentes, habitualmente vestidos con estudiado descuido, que suelen participar en las mesas redondas, paneles, foros etcétera televisivos y radiofónicos, y que además con frecuencia tienen una columna en algún periódico o en alguna revista semanal.
Podemos concluir que no existe un criterio uniforme para definir con total exactitud y en forma inequívoca quién es y quién no es un «intelectual». Lo que para un grupo respetable de ciudadanos es un arquetipo de intelectual, para otro grupo de ciudadanos, igual de respetable, es simplemente un hábil charlatán. La escritora que para muchos es una maravilla literaria, para otros es simplemente una mediocre pergeñadora de historietas, pero eso sí, con buenas relaciones sociales.
¿Se equivocan a veces los intelectuales? Contundentemente podemos afirmar que sí. Y vaya que bastante. Unos cuantos ejemplos: Carl G. Jung, uno de los padres de la psiquiatra, en 1939, durante una entrevista, se confesó impresionado por «la mirada soñadora» de Hitler. Decía que en los ojos del Führer «se encuentra la mirada de un vidente. Hitler es el altavoz que amplifica el murmullo inaudible del alma alemana». En esa misma entrevista admitió también sus simpatías hacia Mussolini. Werner Karl Heisenberg, Premio Nobel como creador de la física cuántica y del principio de incertidumbre que tanto ha influido en la filosofía, nazi convencido, durante la Segunda Guerra Mundial. Heisenberg trabajó para el Heereswaffenamt (HWA), el Departamento de Armas del Ejército junto al también físico y químico Otto Hahn (descubridor de la fisión nuclear, Premio Nobel también), y su labor tenía como objetivo conseguir la fabricación de la bomba atómica, la Wundeswaffe. Poco les faltó. Otro, Knut Hamsun, Premio Nobel de Literatura, admirador hasta el fin de su vida de Hitler y la Alemania nazi. Nunca se arrepintió. Menciono otros de similar calibre, todos fervientes defensores de la doctrina nazi: Celine, D’anunnzio, Heidegger, Ezra Pound. Todos de primerísima línea, no de medio pelo como algunos que se autonombran «intelectuales» en México. Y lo más triste, todos equivocados.
Quizá lo más coherente y descriptivo sobre el hacer y el pensar de un intelectual lo menciona Savater en el siguiente texto: «Cuando se me pregunta qué es un intelectual sólo se me ocurre una respuesta: considero intelectual a todo aquel que trata a los demás como si fueran intelectuales o para que lleguen a serlo. Es decir, quien se dirige a la capacidad de razonamiento abstracto que hay en los otros y la reclama frente a las urgencias sociales o políticas del momento. Será así intelectual el que no pretende hipnotizar a su público, ni intimidarlo, ni reconvenirle o exaltarle, ni meramente entretenerle, ni chocarle o desconcertarle, sino que aspira a hacerle pensar. Los que se comportan de este modo son intelectuales, aunque su profesión habitual sea la de payaso de circo, albañil o bombero. Y quienes sólo magnetizan o deslumbran no merecen ese nombre, por muchos títulos académicos que posean...»
Fue lo más sensato que encontré.
PS. Un saludo al señor Gabriel Mendoza, uno de los pocos funcionarios rescatables de este gobierno, y cuyo error fue no haber enviado unos enérgicos ramos de gladiolos y otros de rosas para invitar al diálogo a los muy enterados y juiciosos huelguistas seguidores del honesto Napoleón.