Opinión

MORELIA
Repercusiones
Andrés Manuel y la educación pública
Como en 1875, más escuelas, más educación, más escuelas y más educación puede ser una mejor solución que la de balas y más balas
Samuel Maldonado B. Martes 14 de Febrero de 2006
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Conocí a Andrés Manuel a finales de 1987. Tal vez del grupo del ingeniero Cárdenas fui el primero que hizo contacto con él.
Lo visité en su domicilio particular de Villahermosa, Tabasco, justo cuando llegaba con los zapatos en la mano y enlodado de pies a cabeza como resultado de una de sus giras proselitistas.
Meses más tarde, me tocó organizar la visita del candidato presidencial y durante la gira, después de visitar Tamaulté de la Sabana, comimos «peje» en un restaurante cercano a Villahermosa, por cierto ya muy tarde, lo que provocó que algunos de los acompañantes del ex gobernador de Michoacán expresaran que no convenía que yo me encargara de otra «gira» porque no programaba las comidas. En 1992 coincidimos en la República de San Salvador, en el Encuentro Internacional sobre Política Municipal dirigido a los miembros del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional, que estaban siendo postulados como candidatos a alcaldes.
Lo conozco bien, por eso he considerado conveniente escribir este artículo sobre educación, porque puede serle de utilidad ya en su papel de presidente de México.
Siendo diputado constituyente, Ignacio Ramírez afirmaba que «mediante la educación el indio podría adquirir nociones científicas. Mediante la lectura y la escritura, podría allegarse los verdaderos elementos del progreso».
Pero el Nigromante no solamente estaba cierto de lo anterior, pues junto con su discípulo, Ignacio Manuel Altamirano, en un debate sobre educación, llegaron a la conclusión de que «el estudio que se les permite a los indios está reducido a las primeras letras y sufren un trato tan riguroso e insoportable que apenas permanece la mitad del número que se recibieron». Agregaban que lo que el país necesitaba era abrir «escuelas de enseñanza primaria, por todas partes, en todos los ámbitos del país, con profusión, con impaciencia, casi con exageración», no obstante que en 1875 había ya cinco mil 600 escuelas más que en 1857, año de la promulgación de la Constitución (para esa fecha se tenían sólo dos mil 503 escuelas) con una población escolar de 350 mil educandos contra los 164 mil habidos en 1857.
Las razones argumentadas por los gobiernos de Lerdo de Tejada y Porfirio Díaz para no incrementar los fondos para la educación se basaban en que en el país la prioridad mayor que se tenía era el sostenimiento de la paz, como condición indispensable para alcanzar un progreso sostenido; pero además, porque «la paz implicaba que se combatiera las asonadas o pronunciamientos, la lucha contra el abigeato y porque se tenía que reducir, a sangre y fuego, los movimientos indígenas, nuevos o residuales en la República».
En la actualidad, aun cuando para la educación pública se destinan miles de millones de pesos, éstos no son suficientes para que México alcance el desarrollo que requiere. La vida educativa nacional se complica aún más porque no se tiene ni dirección, por quienes administran la educación, ni subordinación por los que imparten la educación, lo que privilegia finalmente una educación de élite a los que pueden pagar por ella. Los problemas que se tienen son enormes y seguramente Andrés Manuel los conoce.
La desviación de recursos económicos, la prevalencia de sindicatos y de personal que, independientemente de la razón que aduzcan, adolecen de mística, de convicción de servicio y de un compromiso que se agrava por la falta de solidaridad social.
El actual gobierno de la República, no conociendo de historia, repite los errores del pasado y, como en 1875, destina muchos más recursos económicos para mantener el orden y encontrar la paz, condición indispensable para el progreso (Porfirio Díaz dixit). ¡Va con todo contra los bandidos! Tiene cinco años combatiéndolos. Ha involucrado a estados y municipios en esta lucha que debiera ser solamente federal y no ha podido convencer ni vencer. Pareciera que los ataca con levadura, pues cada día crecen más y más los conflictos del narcocrimen. Además las instituciones que deben prevenir y combatir el crimen han arrastrado fuertemente tanto al Ejército como a la Marina, en una guerra que de antemano, siento, está perdida.
Andrés Manuel debería pensar en otros métodos como pudiera ser la despenalización a la producción y consumo de drogas acompañada de una intensísima campaña preventiva para educar. Lograría su objetivo sin más muertes y dispendio inútil en armas y cartuchos.
Como en 1875, más escuelas, más educación, más escuelas y más educación puede ser una mejor solución que la de balas y más balas.