Opinión

MORELIA
El sexo y el poder
Las relaciones entre la política y el sexo siempre son sucias y más cuando se dan al amparo de los poderosos
Alejandro Vázquez Cárdenas Miércoles 1 de Febrero de 2006
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El reciente sainete protagonizado por el inefable gobernador de Puebla, un tal señor Marín, ha derivado en un catálogo de equivocaciones y ridículos de
alcance internacional al perseguir y hostilizar a la periodista y defensora de los derechos humanos Lydia Cacho valiéndose de chicanas y argucias legaloides, todo por la publicación de un reportaje, en formato de libro, con el titulo de Los demonios del Edén, donde la periodista aborda el candente problema de la pornografía y prostitución infantil. En este libro, la periodista investiga y da nombres de responsables, sus encumbrados promotores y sus poderosos protectores de una gran red de corrupción y explotación infantil que se encuentran tanto dentro de la industria como de la política de este país.
Este problema, de dolorosa actualidad en México y buena parte del mundo, es estudiado y analizado con valor por la periodista. Salen a relucir los nombres de un millonario hotelero con poderosos intereses en Cancún, Jean Succar Kuri, de 60 años, detenido actualmente en Chandler Arizona, EUA, por agentes de la U.S. Marshall en cumplimiento de una orden de detención generada por la PGR y en proceso de extradición; igual salen nombres de amistades y protectores de este señor, amistades tan efectivas que han logrado torcerle la mano al gobernador de Puebla para que obedezca y con singular presteza mueva los hilos de sus marionetas en el Poder Judicial para virtualmente secuestrar, hostigar y amenazar a la periodista por medio de un kafkiano proceso.
El asunto ya rebasó con mucho la competencia del obsecuente gobernador Marín y ha puesto en el tapete varios problemas que van desde lo anacrónico de algunas leyes mexicanas hasta la conocida y al parecer inacabable corrupción de la justicia con su catálogo de autoridades venales, jueces de consigna, ministerios públicos que más parecen delincuentes etcétera. Succar Kuri, dueño de hoteles y restaurantes de lujo, es el prototipo de un empresario exitoso y admirado en una sociedad de «tanto tienes, tanto vales». Y precisamente su dinero le ha ayudado a comprar la impunidad, comprando o chantajeando a las afectadas para que retiren la demanda. Ese poder le valió también el pitazo desde la Procuraduría de Justicia de Quintana Roo a cargo de Celia Pérez Gordillo. Con él, también están involucrados otros empresarios y ex funcionarios públicos como el ex director de Fonatur en Cancún, Alejandro Góngora Vera, acusado por una menor como solicitante de niñas y niños para sus fiestas y ahora amparado.
Recientemente hemos leído sobre la increíble exoneración de un poderoso (y millonario) líder sindical, Salvador Gámez Martínez, acusado de abuso sexual a una gran cantidad de menores, acusación al parecer debidamente fundamentada pero al que el juzgado 15 del Distrito Federal decidió, contra toda prueba, otorgar la libertad. Este caso ha sido tomado como cosa personal por las autoridades del Distrito Federal y esperemos que en un plazo corto pueda ser llevado ante los tribunales.
Estos deplorables asuntos traen a los primeros planos algo sucio y potencialmente muy peligroso como es la incómoda mezcla de sexo, corrupción, poder y política, y también dentro de este contexto, por derivación, llegamos a una de sus ramificaciones más conflictivas: la homosexualidad y la política.
La orientación homosexual como tal es respetable, lo que ya no es tan respetable es utilizar una supuesta o real homosexualidad como criba o escalera política, como es el caso de incontables personajes convertidos en favoritos de grandes figuras de la política y la industria, tanto del pasado como del presente, mismos que libre y voluntariamente han ingresado a esos herméticos círculos por así convenir a sus intereses. En estos casos, la particular dinámica de estos grupos hacen que tanto los afectos como los desafectos sean verdaderamente de antología y las derivaciones de estos enredos sean realmente complicadas, sufriendo las consecuencias quien menos tiene la culpa, el pueblo.
No se trata de que tanto la política como la industria deban ser territorio exclusivo de santos. Eso es absurdo. Pero sí podemos poner atención en la historia y desempeño de los personajes públicos y exigir que todo se maneje dentro de la ley y respetando los derechos de todos los ciudadanos.