Escenarios

Crónica
Rubén, el poeta bucólico, el de la Odisea de Ucareo
Samuel Ponce Morales Lunes 19 de Mayo de 2014
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  • Aspecto del homenaje.

Ucareo, Michoacán.- Fue casi una tertulia familiar, porque la invitación se extendió a todo el pueblo, por eso llegó tanta gente, casi, casi 200…
Y, ahí, en ese enorme espacio del lugar, hubo viejos recuerdos, anécdotas, poesía, música, cantos, emociones encontradas, galletas y café a raudal.
En la espaciosa bodega social, una y otra vez se recorría el nombre de quien fuera un pastorcillo con secuelas de viruela, malquerido por sus pares.
Y, más que pastorcillo, labriego, el que fuera poeta, compositor, profesor y homeópata, fue un hombre que dio su vida porque en su tierra el saber tuviera horizontes.
Afuera, la tarde rayaba en la frescura de estos tiempos de la antesala veraniega, oscilaba su inagotable olor a campiña, su halo provinciano…
Adentro, en todo momento, se seguía honrando la memoria de quien vivió su infancia escondiéndose de la leva, en los tiempos de la Revolución.
Eran esos instantes del insolente empírico que en el campo descubrió, deletreó y jugueteó con el entonces inalcanzable abecedario y hasta con el latín.
Rubén, desde pequeño, hurgó en la lectura de libros, de las letras y las palabras posibles, a veces calladamente, a veces a viva voz, un mundo nuevo.
Y parte de ese bagaje de conocimiento solía esparcirlo en trozos de historias versadas, algunos con dejos de una tristeza infinita, de lamento, de autolamento:
“Silencioso, cabizbajo, retraído, misterioso,
con los ojos siempre huraños y medrosas las miradas,
por los campos solitarios, con los pies siempre desnudos;
en pedazos las ropillas y el sombrero en anchas alas;
con la honda a la cintura
y el capote de zacate colocado a las espaldas,
iba el pobre pastorcillo solitario
tras el mísero rebaño de sus cabras…”.
En el homenaje, al hombre que vivió casi una centuria de años, los pequeños asistentes, mayoritariamente los nietos de sus hijos, daban el toque bullicioso, irreverente.
Rubén, después de conocer a Maclovia, su amor platónico y mucho antes de Sofía, el amor de su vida, encaró al entonces presidente Lázaro Cárdenas del Río.
Era ya, el profesor de la única primaria, pero tuvo que ir a Laguna Larga a plantearle al General las necesidades del pueblo, de su escuela.
No le dirigió unas palabras ni un discurso, el mensaje fue más allá, una extensa declamación que sorprendió a propios y extraños:
“Señor: ignoro yo con qué lenguaje
a los grandes señores se les habla;
pero si sé, lo mejor de todo,
es el decirle como dicta el alma,
y que, siendo estos así, casi no importa
si tiene poco aliño las palabras…”.
El de los apellidos Heredia Bucio, de esa forma, le describió al mandatario “las más desoladoras circunstancias de una sola escuelilla…”.
Le habló de que él solo le daba clases a seis grupos de pequeños estudiantes, aunque a algunos los echó a los corredores y a otros los tenía en el cubo de la entrada.
Y, en un momento, atrajo aún más la atención de un sorprendido General cuando le dijo “y, ahí viene lo bueno, señor mío”:
“Como todos son unos canallas, mientras que con un grupo me entretengo, en otros anda con furor la danza, y hay cánticos, silbidos, pullas, gritos, lloriqueos, moquetes y…mentadas…”.
Ahí, en esa casi tertulia familiar, en el homenaje esperado, en lo alto, aparecían los rostros serios de los últimos hálitos de vida de Rubén y de su Sofía de siempre.
Y, en la última etapa de su vida, con añoranza recorría ese su mundo infantil con el que soñaba saber más y más, traspasar su imaginación andar en Constantinopla, en El Cairo…
“Cuántas noches, en fin, doblegado
a mi dura fatiga, ahí en mi cama,
en medio de mi lección no concluida,
se cerraban mis párpados ¡soñaba!,
soñaba estar en las brillantes aulas,
recibiendo a torrentes, a raudales,
el gran saber en que se cifraba mi ansia;
y desperté agitado, jubiloso
y conmovida, hasta el fondo, el alma;
pero al hallarme con las mismas dudas,
al encontrarme igual, en mi ignorancia,
al conocer mi mismo apartamiento
al comprobar que estaba en mi cabaña,
brotaron de mi pecho los sollozos, rodaron de mis párpados las lágrimas…
Ya abuelo, ya bisabuelo, recorría el campo, los frutales, sus caminos de toda la vida, sus andares de ayer y, a veces, sin más, sollozaba, en un lisiado silencio, casi eterno.
Un recorrido que sus herederos recuerdan paso a paso el viejo abrió el zaguán que da a la huerta; caminaba erguido, apoyado por el bastón.
“…Caminaba como si navegara. Bajo el sombrero le cubría la cabeza un pañuelo que lo preservaba del aire tenue y frío de la sierra”.
Veía el horizonte de la tierra que lo vio nacer y empezaba a decir, “ahí fue mi primer monte”, y con ello la historia del pastorcillo poeta.
El de La iliada, el de La odisea…
En el homenaje, la editorial independiente Jitanjáfora presentó una par de libros en torno a él, sobre todo relatos de su vida.
Ahí, José Mendoza Lara, de Jitanjáfora, repitió lo que unos días antes había visualizado en Cambio de Michoacán sobre la obra de Rubén Heredia:
“Viene a ser La iliada o La odisea y La relación de Michoacán, pero de aquella región escrita por un poeta bucólico”.