Escenarios

Recuerdan los inicios de la Escuela Superior de Música de Morelia
Manuel Ponce Rangel recordó sus tiempos como alumno e interno del hoy llamado Conservatorio de las Rosas
Ivonne Monreal Vázquez Lunes 13 de Enero de 2014
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  • Manuel Ponce Rangel ingresó a la Escuela Superior de Música sagrada a los siete años de edad.

Morelia, Michoacán.- Niños o jóvenes en potencia con todo el ímpetu de su mocedad, en sus breves y fugaces ratos libres entre clase y clase, obligación y obligación, en la Escuela Superior de Música Sagrada, ahora Conservatorio de las Rosas, gustaban de jugar futbol y gastar bromas pesadas a los alumnos de nuevo ingreso.
Junto a sus amigos y compañeros de estudios de esa escuela que fue internado, el entonces niño Manuel Ponce Rangel descubrió un cuarto contiguo a la torre del Templo de Santa Rosa de Lima (mejor conocido como Templo de las Rosas), donde los sacerdotes guardaban los cosas y los santos rotos, descarapelados, sin cabeza o brazos a los que ataban hilos. Cuando oscurecía llevaban ahí a los niños de nuevo ingreso y jalaban los hilos: “¡Se llevaban unos sustos…! -sonríe-, fueron de las bromas más divertidas y graciosas que hacíamos”.
También les gustaba echar tierra o bichos al tinaco del agua que nutría las duchas y meter la cabeza en la pila del patio central de la escuela para ver quién aguantaba más la respiración, y pasados los doce años de edad se salían a hurtadillas en busca de novias, relata Ponce Rangel, quien en la actualidad vive en Texas, Estados Unidos, donde alterna su trabajo en la música religiosa con grupos de música clásica y popular.
Con motivo del Centenario de la Escuela Superior de Música Sagrada, el director de coros, cantor, organista y compositor visitó la ciudad de Morelia a fin de asistir a las actividades organizadas por la Asociación de Ex Alumnos de esa institución, mismas que concluyeron el domingo por la noche con un concierto en el Templo de San José.
Procedente del municipio de Quiroga, de 1957 a 1966 vivió Manuel Ponce Rangel en el histórico inmueble que data del siglo XVIII y que en la actualidad alberga al Conservatorio de las Rosas, y por un par de años vivió en Santa María, en casa del maestro y segundo director del Coro de los Niños Cantores de Morelia, Luis Berber debido a que “me puse enfermo y su familia me atendió”.
De retorno y entre los muros de lo que fue su escuela desde la primaria, señala de un rincón a otro dónde se encontraba cada cosa, sus dormitorios a los que accedían por unas escaleras -ahora desaparecidas- a las que llegaban apenas al entrar por la puerta principal del inmueble; el Salón Rosa, donde los Niños Cantores de Morelia ensayaban y en ocasiones se presentaban (ahora ese salón alberga la biblioteca del Conservatorio); las cajoneras con llave donde los alumnos guardaban sus pertenencias, las duchas, y por fuera, en torno al Jardín de las Rosas, las casonas donde se encontraban el comedor, el archivo de la escuela, los pianos y la oficina del fundador de la escuela, José María Villaseñor.
De lo que esa escuela le dio, dice: “Todo, aquí me formé, llegué chico y lo que después he conseguido fue por este lugar”, donde estuvo becado ya que su familia carecía de recursos. Lo que le diferenciaba de sus compañeros que no sólo tenían para comprarse algún libro o irse en tiempo de vacaciones con su familia, sino para pagar sus estudios ya que, dice, sí cobraban.
A eso de los doce años de edad recuerda que “daba clases en la Casa de Jesús, me pagaban 200 pesos y aquí daba 100 de esos para la escuela”, y en los primeros tiempos en que permaneció becado (ya que entró a los siete años de edad) recuerda que reportaba sus calificaciones al padre José María Villaseñor, fundador de la institución:
“Tenía su oficina en la casa de enfrente (ubicada ahora entre el corredor de cafés del Jardín de las Rosas) y me decía ‘a ver mi Manuel M. Ponce’, yo no sabía por qué me decía así ni tenía idea en ese tiempo de a quién se refería. La verdad es que fui buen estudiante y después de ver las calificaciones abría su cajón y me regalaba una bolsa de canicas, o dulces o camotes de Puebla que le traía el maestro Jesús Carreño”.
El “señor Villita -describe- era una persona de la que da gusto hablar, era un hombre humilde, noble, ingenuo e inocente. Todas las mañanas se iba a los oficios a Catedral y también en la tarde, nos visitaba en el patio donde jugábamos futbol o en el salón de clases, nos daba golpecitos suaves con su bastón, nos decía ‘aquí es un zoológico, nadie se habla por su nombre, puros lobos, gatos o ratones’, y al final nos llamaba ‘a ver tú, ratón’, porque olvidaba los nombres”.
De sus amigos y compañeros de travesuras menciona a Jesús Carrillo, a quien le decían La Cheta, y Bernardo Bautista; se acuerda de Antonio Ugalde y otros que de noche le encargaban que no se durmiera y les abriera la puerta cuando terminaban de echar novia; recuerda cómo cazaban él y otros alumnos de escasos recursos la ducha tibia que dejaban tras de sí los estudiantes que sí tenían para comprarse el combustible con qué calentar el boiler; rememora los partidos “de futbol en las canchas de María Auxiliadora, donde pagábamos cinco centavos”; la tienda de don Chuy, donde compraban dulces y que estaba cerca del ahora Museo del Estado y de sus entonces comedores.
Recuerda además sus refugios favoritos cuando llegaban vacaciones y todos salvo él se iban a sus casas con su familia: “Agarré la maña de abrir las cajoneras de Ugalde, Arriaga y otros compañeros para sacar los libros que yo no tenía para aprovechar su ausencia y leerlos, me metía a un salón que no se usaba en la parte de atrás de la escuela donde había un piano abandonado y me dedicaba a estudiar, era mi lugar preferido”.
Otro refugio era el archivo empolvado de la escuela que se encontraba en el edificio exterior, ubicado en el Jardín de las Rosas: “Arriba del salón de los pianos estaba un tapanco donde entrabas por una puerta pequeña, ahí leía los libros de música”, y sobre eso y más detalla de forma amplia en el libro que escribió con sus memorias sobre esa escuela y, en particular, sobre la gira de tres meses que realizó siendo integrante de los Niños Cantores de Morelia, cuando su director era Luis Berber:
“Nos dieron a cada uno durante la gira por Estados Unidos una libreta con nuestro nombre para que escribiéramos todo lo que hacíamos en el día y aún la conservo, de ahí saco parte de la historia y añoranzas del libro de 300 páginas que escribí” y que espera presentar este año ya que está en gestiones para su publicación.