CAMBIO DE MICHOACÁN
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Sociedad
La entrevista de la semana
Manuel Mireles, bracero de prosapia

Sábado 8 de Septiembre de 2007
Samuel Ponce Morales
Cambio de Michoacán


En México aunque no tengas trabajo comes

Una charla casual sobre la diferencia del pago de impuestos en Estados Unidos y en México, mínimos allá y excesivos de este lado de la frontera, se transforma de pronto en paradigma del flujo migratorio que hace años sangra al país, llevándose a lo mejor de nuestra población para beneficio de los vecinos del norte.
«Jodidos los que viven en Estados Unidos, que tienen que trabajar para comer, porque en Estados Unidos el que no trabaja no come; es lo diferente de la pobreza que se vive en México, que aunque no tengas trabajo comes, es algo raro y estando allá es diferente. Lo que no nos explicamos es cómo le hacen: nosotros ganamos cien dólares al día, ustedes ganan cinco y pagan impuestos, ¿cómo le hacen?», cuestiona Manuel Mireles Valverde, médico cirujano egresado de la Facultad de Medicina de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo (UMSNH).
Nativo de Tepalcatepec, evoca a pregunta su niñez:
«Recuerdo cuando mi padre nos llevaba a deshijar el algodón. Era un ambiente demasiado duro, pobre, para toda la región, no sólo en lo familiar o en lo particular… Era una situación en la que no teníamos qué comer y no había dónde comprar tampoco, o sea la pobreza era general, no era de un lugar o de una familia», relata.
Sigue: «Cuando ya tenía diez años de edad junto a mí, en el algodón, con el azadón en la mano, había gente que tenía 80 años. Yo me veía en ellos, pensando que si ese iba a ser mi futuro y no quería.
«Iba a tener que hacer algo, inventarme algo para poder salirme del medio.
«Decidí salirme, con todo el dolor en el corazón de mi padre, porque como soy el hijo mayor el sueño de mi padre era que yo me hiciera cargo del rancho cuando yo estuviera en condiciones».
-¿Cómo se llama el rancho?
«Ejido Catarino Torres, en Tepalcatepec. Ese ejido lo fundó mi abuelo paterno, Leobardo Mireles, con el señor Catarino Torres y otras personas. A Catarino Torres lo mataron los fanáticos del pueblo, en un movimiento vamos a decir cristero, porque les habían dicho que ya estaban excomulgados todos lo que hicieran movimiento de toma de tierras y de ejidos y de todo eso. Mi abuelo y otra gente no se asustaron, siguieron adelante, pero aquel señor sí lo mataron», cuenta Mireles Valverde.
Bracero de prosapia

Habla del tema central de la entrevista: «Mi abuelo fue uno de los primeros migrantes que tuvo el estado de Michoacán. Yo soy migrante de tercera generación, pero migrantes braceros verdad, porque se iban y regresaban. Me acuerdo que mi padre la última vez que se fue duró siete años en regresar a México; yo la primera vez que me fui fue en 1972, hace 35 años».

-¿Cuántos años tenías?
«Doce, catorce años. Mi padre se desilusionó de mí porque yo dejé el rancho para salirme. Quería progresar, me puse a estudiar».
-¿Qué te jaló a irte para allá?
«Pues veíamos que la gente que venía de Estados Unidos, cuando menos traía ropa, traía cosas… Era una situación que yo la veía muy pobre, muy difícil; mi padre, mi madre, no saben leer ni escribir, sin embargo los cinco hijos que tuvieron somos profesionistas, con muchísimo esfuerzo, con muchísimo sacrificio. Yo tuve que abandonar la secundaria para irme a los Estados Unidos, andar trabajando de lavatrastes en el Sheraton de Chicago, Illinois, con papeles de otra persona…».
-¿Cómo cruzaste?
«Nos cruzamos por los cañones en la Mesa de Otay, en el estado de California. Debo decir que nunca ha sido fácil. Es mentira cualquier migrante que venga y diga que ha sido fácil cruzar a los Estados Unidos. Es fácil para los turistas, personas que van y llevan su visa y pasaporte, agarran un avión aquí y están en tres o cuatro horas allá… Para uno que va a trabajar no.
«La primera vez tuve que intentarlo más de tres veces».
Al impulso de sus recuerdos explica algunas de las muchas dificultades de la migración en plan de bracero: en la frontera mexicana acosado por la Policía Judicial no para impedirte entrar a Estados Unidos, «sino para quitarte el dinero que llevas»; ya en el desierto, «te sale una bolita de vagos, unos batos muy catrines que se llamaban pachuchos», también para robarte; las deportaciones de migración sin lograr el contacto con la persona que te espera «del otro lado», y la consecuente pérdida del dinero de un contrato no escrito hecho desde tu pueblo.
«Obviamente, cuando logras pasar, después de todo ese sacrificio, ya estando adentro ves un mundo cien por ciento diferente: claro que hay que trabajar porque en Estados Unidos el que no trabaja no come, es lo diferente de la pobreza que se vive en México que aunque no tengas trabajo comes. Los migrantes, los mojados que podemos llegar allá con un familiar de mucha confianza, pero a los tres días, lo mismo que dice el dicho, el muerto y el arrimado huele mal, y llega el momento en que el familiar o el paisano te dice que hay que cooperar para la renta, para la comida», dice.
«Afortunadamente mi padre estaba bien relacionado con gente del mismo pueblo de nosotros y por ahí me prestaron unos documentos de un señor que se llamaba Flores, no se me olvida, el señor tenía 75 años de edad, yo tenía doce, pero ya medía casi uno 80 de altura. Realmente cuando los gringos necesitan al obrero no les importa la documentación, que les lleve uno cualquier documento que para ellos sea válido, no le hace que sea falso, nos da trabajo, así fue como llegué yo a Chicago, Illinois, en invierno del 72», añade.
Carrera de migrante

«Empecé a limpiar platos en el Sheraton de Chicago; después fuimos progresando, me hice ayudante de cocinero. En los subterráneos de esos grandísimos hoteles se mueve el trabajo de los mexicanos, son los que hacen las mejores comidas, son los mejores cocineros, los mejores jardineros que tiene Estados Unidos, los mejores campesinos para la cosecha del jitomate, de la col, del brócoli, de la uva, de la manzana… no pueden prescindir de nosotros…
«En cuanto un mexicano se siente con la residencia, inmediatamente deja de buscar trabajo lavando platos o picando naranjas, va a buscar una posición un poquito mejor, un lugar en los restaurantes, o en la construcción, que es el empleo que hasta este momento más dinero nos deja a nosotros los mexicanos en Estados Unidos», comenta Manuel.
Además de su trabajo en hotel, se ocupaba como deshollinador los fines de semana, comenzó a estudiar inglés y un día le dijo a su papá que quería ser doctor. Y decía mi padre: «Hijo, los mexicanos nada más venimos a trabajar a los Estados Unidos, aquí no hay escuelas para nosotros».
Trabajo y estudio
Manuel Mireles terminó la primaria en la Escuela Ignacio Allende, la secundaria en la Escuela Tecnológica Agropecuaria, y volvió a Estados Unidos aprovechando que su padre todavía estaba allá:
«Primero no quisieron que me fuera y después no querían que me regresara, pues a él le costó mucho dinero mi traslado y no quería que desperdiciara yo los pocos ingresos que ellos tenían para la familia».
Continúa: «Después me fui al estado de California, llegué trabajando a un pueblo que se llama Notario, había un capataz de ahí de mi pueblo, de Tepalcatepec, en una procesadora de carne de pollo sin hueso, un alimento para el Ejército de los Estados Unidos. Ahí estuve trabajando de noche, ese fue el año que más trabajé en Estados Unidos: trabajaba 20 horas diarias, nomás descansaba cuatro. Trabajaba diez horas en la enlatadora y en el día trabajaba en una fábrica de rines cromados».
Su buena fortuna fue su relación con «un gran señor, un viejito veterano de la Segunda Guerra Mundial, don José Méndez Sánchez. Este señor al principio no me creyó que yo quería ser doctor, pero él me dio departamento, me llevaba y me traía de los dos trabajos. Cuando despertaba ya tenía yo mi lonche caliente, y le daba a guardar todos mis cheques al señor. Al terminar el año le dije: Don José, quiero ir a la universidad: hágame cuentas, dígame cuánto le debo’. ¿Cuánto se imagina usted que me cobró?».
-Nada.
«Sí me cobró: cinco dólares».
-¿O sea , los cheques los depositaba o que?
«Los guardó y todo me lo regresó. Regresé con el dinero que me juntó. Me sirvió para estudiar cuatro años, y ya para el final mis papás como pudieron nos completaron y salimos. Por ciento, don José sí supo que me gradué.
«Me gradúe aquí, en la Escuela de Medicina de Morelia, en la Universidad Michoacana, aquí estuve trabajando un tiempo. Me mandaron de jefe de Control Sanitario a Uruapan; fui médico del hospital de Apatzingán, de Tepalcatepec y de aquí de Morelia, y después por necesidad, ya se casa uno, ya tiene familia, como jefe de la Jurisdicción», explica.
Pero el camino hacia el norte ya estaba transitado y Manuel Mireles siguió yendo y viviendo, hasta que en
1998 se estableció por fin allá, al servicio de la Cruz Roja Americana, cuya tarea no es de primeros auxilios como en nuestro país, sino de conseguir albergue y comida para los damnificados de diversos siniestros, como huracanes e incendios.
«Hace diez años me junté con Salvador Andrade, de Aguililla, con Luis Rivera, de Coalcomán, y con Gabriel Ruiz, de El Tigre de Zináparo, y junto con otros michoacanos formamos primero un club y ya ahorita somos una federación de clubes: Casa Michoacán en el estado de California. De diez años para acá hemos participado en el desarrollo económico, hemos hecho la lucha: ya pavimentamos el pueblo de Zináparo, hicimos la iglesia, la plazuela principal. Se pavimentó el pueblo de Limón, de Aguililla; y se hizo el pavimento de la carretera que va de El Limón a Aguililla. Acabamos de donar un autobús a los estudiantes de Aguililla. En Coalcomán, me tocó traer todo el equipo de bomberos», entre otras cosas.
Apunta finalmente que entre la comunidad michoacana que radica en Estados Unidos hay gran interés por el voto migrante, pero reclaman que su representante no sea designado por motivos políticos y de posicionamiento de partidos, sino por su trabajo como bracero, y exigen que sea precisamente un diputado migrante.

Trabajo y estudio

Manuel Mireles terminó la primaria en la Escuela Ignacio Allende, la secundaria en la Escuela Tecnológica Agropecuaria, y volvió a Estados Unidos aprovechando que su padre todavía estaba allá:
«Primero no quisieron que me fuera y después no querían que me regresara, pues a él le costó mucho dinero mi traslado y no quería que desperdiciara yo los pocos ingresos que ellos tenían para la familia».
Continúa: «Después me fui al estado de California, llegué trabajando a un pueblo que se llama Notario, había un capataz de ahí de mi pueblo, de Tepalcatepec, en una procesadora de carne de pollo sin hueso, un alimento para el Ejército de los Estados Unidos. Ahí estuve trabajando de noche, ese fue el año que más trabajé en Estados Unidos: trabajaba 20 horas diarias, nomás descansaba cuatro. Trabajaba diez horas en la enlatadora y en el día trabajaba en una fábrica de rines cromados».
Su buena fortuna fue su relación con «un gran señor, un viejito veterano de la Segunda Guerra Mundial, don José Méndez Sánchez. Este señor al principio no me creyó que yo quería ser doctor, pero él me dio departamento, me llevaba y me traía de los dos trabajos. Cuando despertaba ya tenía yo mi lonche caliente, y le daba a guardar todos mis cheques al señor. Al terminar el año le dije: Don José, quiero ir a la universidad: hágame cuentas, dígame cuánto le debo’. ¿Cuánto se imagina usted que me cobró?».
-Nada.
«Sí me cobró: cinco dólares».
-¿O sea , los cheques los depositaba o que?
«Los guardó y todo me lo regresó. Regresé con el dinero que me juntó. Me sirvió para estudiar cuatro años, y ya para el final mis papás como pudieron nos completaron y salimos. Por ciento, don José sí supo que me gradué.
«Me gradúe aquí, en la Escuela de Medicina de Morelia, en la Universidad Michoacana, aquí estuve trabajando un tiempo. Me mandaron de jefe de Control Sanitario a Uruapan; fui médico del hospital de Apatzingán, de Tepalcatepec y de aquí de Morelia, y después por necesidad, ya se casa uno, ya tiene familia, como jefe de la Jurisdicción», explica.
Pero el camino hacia el norte ya estaba transitado y Manuel Mireles siguió yendo y viviendo, hasta que en 1998 se estableció por fin allá, al servicio de la Cruz Roja Americana, cuya tarea no es de primeros auxilios como en nuestro país, sino de conseguir albergue y comida para los damnificados de diversos siniestros, como huracanes e incendios.
«Hace diez años me junté con Salvador Andrade, de Aguililla, con Luis Rivera, de Coalcomán, y con Gabriel Ruiz, de El Tigre de Zináparo, y junto con otros michoacanos formamos primero un club y ya ahorita somos una federación de clubes: Casa Michoacán en el estado de California. De diez años para acá hemos participado en el desarrollo económico, hemos hecho la lucha: ya pavimentamos el pueblo de Zináparo, hicimos la iglesia, la plazuela principal. Se pavimentó el pueblo de Limón, de Aguililla; y se hizo el pavimento de la carretera que va de El Limón a Aguililla. Acabamos de donar un autobús a los estudiantes de Aguililla. En Coalcomán, me tocó traer todo el equipo de bomberos», entre otras cosas.
Apunta finalmente que entre la comunidad michoacana que radica en Estados Unidos hay gran interés por el voto migrante, pero reclaman que su representante no sea designado por motivos políticos y de posicionamiento de partidos, sino por su trabajo como bracero, y exigen que sea precisamente un diputado migrante.


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