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Tata Talí, un multi reconocido artesano de ayer y de hoy

Domingo 11 de Noviembre de 2012
José Perales Mendoza, Francisco Ayungua
Cambio de Michoacán


Patamban-Tangancícuaro, Michoacán.-Las tradicionales ollitas de barro, sentiditas como ellas solas, los coloridos y muy famosos tapetes que engalanan las fiestas patronales de Cristo Rey el último domingo de octubre, son junto con Neftalí Ayungua Suárez (Tatá Talí), parte de lo que da identidad a la tenencia de Patamban, una comunidad indígena enclavada allí al pie del cerro que lleva el mismo nombre, en la sierra del municipio de Tangancícuaro, donde a pesar del abandono oficial y la intromisión de elementos ajenos, la lengua purépecha se niega a morir y las tradiciones autóctonas se aferran a seguir vigentes.

Fue allí en el lugar de carrizos donde el 27 de abril de 1936, vio la luz primera de la vida un infante al que pusieron por nombre Neftalí; ese día no cantaron los ruiseñores ni el sol brilló con diferente intensidad, fue un día primaveral cualquiera.

Pero sería el paso de los años y las ganas de ser alguien diferente lo que llevaría a ese infante a ser no solamente un artesano, sino un convencido luchador social que ha procurado siempre mejoras para su comunidad.

“Si me vas a entrevistar, saca la grabadora y préndela”, me dijo una de las primeras veces que lo entrevisté allá por 1998, “porque lo que quiero decir debe transmitirse así, como yo lo digo…”, y desde entonces me quedó claro que aquel hombre de sobra entendía su papel en medio de la comunidad indígena.

Ahora ya con otros años encima y algunas dolencias propias de la edad, Tatá Talí accede de nueva cuenta a una conversación desenfadada y un tanto familiar, porque de este lado, del lado de los entrevistadores, está también uno de sus hijos, pieza fundamental que mucho nos ayuda a la hora de ordenar y dar forma a los datos y toda la información aquí plasmada.

Algo de su vida

Hace poco más de 76 años, que en la Comunidad indígena de Patamban, Michoacán, municipio de Tangancícuaro, los ojos de Neftalí, ahora conocido como Tatá Talí, abrieron por primera vez a la luz de la vida, la vida que se construye día a día, paso a paso.

El bosque, que entonces sí lo había, su atención al cuidado de los animales de trabajo, la siembra de maíz, trigo, frijol y calabaza, eran sus actividades en esa edad temprana cuando el ser humano se encuentra ávido de conocimientos e inquietudes, pero con pocas oportunidades, pues no concluyó ni el segundo año de primaria en la escuela federal Benito Juárez de su natal T’ambani Anápu.

Contacto con las artesanías y la lectura

Tras dos décadas de vida dedicada al campo y a la siembra, a los 21 años contrae matrimonio con Ana Ramírez Cuevas. Fue ella quien le enseñó a hacer ollas, platos y cazuelas y se dedican a ese trabajo desde 1974; desde entonces inician una nueva etapa, la etapa de la alfarería y juntos caminan por el sendero del barro, de los moldes y de los hornos.

Sus productos, faltos de cuidados de calidad, los transportaban a lomo de caballo a las comunidades cercanas, saliendo de casa con la luz del lucero para llegar a su destino para la venta, cuando los tiernos rayos del sol empiezan a calentar el ambiente y con una enorme desesperación por conseguir alimento.

La kóstatarakua es el espacio propicio para la creación artística de Neftalí y en esa gruesa tabla de madera, poco a poco, sin prisa, va transformando los platos, las ollas y cazuelas, en piezas decorativas, cuidando todos los detalles de calidad en el pintado y esmalte, con o sin plomo.

Cuando trabajamos con las ollitas, era necesario anotar o registrar los diferentes tipos de ollas y materiales utilizados; durante los viajes a los pueblos y ciudades cercanas aprendí a escribir mis primeras oraciones, explica Tatá Talí, quien agrega que era necesario hacer cuentas para vender mis ollitas, así aprendí a sumar, restar, multiplicar y dividir.

Cuando salíamos caminando a otros pueblos para vender ollas, tenía que entender los letreros de los camiones, de los anuncios y eso me obligó a esforzarme para aprender a leer, pues en el pueblo no había muchas formas de practicar la lectura.

La práctica constante me sacó adelante hasta poder leer. Algo que me llamó mucho la atención fueron las convocatorias a los concursos, eso me motivaba a la lectura, revela el hombre de tez morena y pelo blanco.

En un intento de viajar a los Estados Unidos de Norteamérica y al no lograr pasar la frontera, se dirigió a Tonalá, donde trabajó por unos meses. Ahí aprendió a distribuir y a acomodar las piezas dentro del horno y evitar así que se pegaran unas con otras. Esto permitiría que se lograran piezas más limpias.

Al regresar a Patamban, no solamente lo puso en práctica, sino que lo compartió con mis familiares y paisanos del pueblo.

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